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Gratis · elegí una vozJavier, un chico de diez años con el cabello como el sol y una sonrisa que podía iluminar una habitación, amaba ir al Parque de las Ardillas. Siempre llevaba consigo su cuaderno de dibujos y un puñado de lápices de colores. Un día, mientras dibujaba un ardilla particularmente traviesa, escuchó una risa melodiosa. Levantó la vista y allí estaba ella.
Valeria, con sus ojos color avellana y una trenza que le llegaba hasta la cintura, se balanceaba en el balancín, riendo con ganas. Javier, tímidamente, se acercó.
"Hola," dijo, con la voz un poco temblorosa. "¿Te gusta el balancín?"
Valeria dejó de balancearse y lo miró con una sonrisa aún más brillante que la de Javier. "¡Me encanta! Pero es más divertido con alguien," respondió.
Así comenzó su amistad. Durante semanas, Javier y Valeria se encontraron en el Parque de las Ardillas. Compartían helados de fresa, se contaban secretos y jugaban a las escondidas entre los árboles centenarios. Javier se sentía como si estuviera viviendo en un sueño. Cada momento con Valeria era mágico. Él, en su corazón infantil, pensaba que este sentimiento era el más puro y verdadero que jamás podría experimentar. Empezó a dibujar a Valeria en cada página de su cuaderno, capturando su risa, sus gestos, su esencia. Se había ilusionado, enamorado quizás, a la manera inocente y profunda en que los niños lo hacen.
Un día soleado, mientras jugaban al voleibol con una pelota desinflada, apareció un chico nuevo en el parque. Se llamaba Gabriel, era un poco mayor que ellos, y tenía una patineta bajo el brazo. Gabriel les sonrió y les preguntó si podía unirse a su juego. Javier, con un poco de recelo, asintió.
Gabriel era bueno en el voleibol. Hacía trucos con la pelota y hacía reír a Valeria con sus chistes. Javier, de repente, se sintió torpe e insignificante. Sus dibujos parecían garabatos sin sentido. Su sonrisa, antes radiante, se había apagado un poco.
Con el pasar de los días, Javier notó que Valeria pasaba más tiempo con Gabriel. Lo veía enseñándole trucos en la patineta, compartiendo sus meriendas y riendo a carcajadas. Javier se sentía como un fantasma, observando desde la distancia cómo su sueño se desvanecía.
Un día, Javier se armó de valor y le preguntó a Valeria si quería dibujar ardillas con él. Valeria lo miró con una expresión que él no supo descifrar.
"Lo siento, Javier," dijo Valeria, con la voz suave. "Gabriel me está enseñando a andar en patineta. Quizás después."
Javier asintió, con el corazón hecho pedazos. Se dio la vuelta y caminó lentamente hacia su casa, con el cuaderno de dibujos apretado contra su pecho. Ya no le parecía tan soleado el día. Las ardillas ya no le parecían tan traviesas.
Al día siguiente, Javier fue al Parque de las Ardillas, pero Valeria no estaba allí. Gabriel tampoco. Se sentó en el balancín, el mismo balancín donde había comenzado todo, y sintió una punzada de tristeza. Entendió, por primera vez, que los sentimientos cambian, que las personas cambian, y que a veces, los sueños se rompen.
Pasaron las semanas. Javier siguió yendo al Parque de las Ardillas, pero ya no buscaba a Valeria. Empezó a dibujar otras cosas: árboles, flores, pájaros. Aprendió a sonreír de nuevo, aunque su sonrisa ya no era tan brillante como antes. Había aprendido una lección importante: la amistad es hermosa, pero el amor (o la ilusión) puede ser fugaz.
Un día, mientras dibujaba un colibrí, sintió que alguien se sentaba a su lado. Levantó la vista y vio a Valeria.
"Hola, Javier," dijo Valeria, con una sonrisa tímida.
"Hola, Valeria," respondió Javier, sin rencor.
"Gabriel y yo ya no somos amigos," dijo Valeria, mirando al suelo. "Él se mudó a otra ciudad."
Javier no supo qué decir.
"¿Te gustaría balancearte?" preguntó Valeria, señalando el balancín.
Javier sonrió, una sonrisa suave y sincera. "Claro," dijo.
Y así, volvieron a balancearse, bajo el sol brillante del Parque de las Ardillas. Ya no eran los mismos niños ilusionados, pero sí dos amigos que habían aprendido una valiosa lección sobre el amor, la pérdida y la importancia de seguir adelante.
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