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Gratis · elegí una vozBrunilda era, sin duda alguna, la persona más desafortunada del mundo. Si llovía, le caía un rayo. Si soplaba el viento, su sombrero salía volando directamente a un charco de barro. Y si intentaba hornear un pastel, ¡explotaba el horno! Un día, harta de su mala suerte, decidió que necesitaba un cambio de aires. Empacó una pequeña mochila con un sándwich de pepinillos y una botella de limonada, y se adentró en el Bosque Susurrante.
El Bosque Susurrante era conocido por sus árboles parlanchines y sus senderos caprichosos. Algunos decían que era un bosque mágico, otros que era simplemente un lugar muy, muy raro. Brunilda no le prestó atención a las historias. Solo quería alejarse de su mala suerte.
Caminó durante horas, tropezando con raíces y esquivando ardillas traviesas. De repente, escuchó una risita. Miró a su alrededor y vio… ¡un árbol riéndose! Era un abedul alto y delgado, con hojas temblorosas y una expresión alegre.
"¡Hola!" saludó Brunilda, sorprendida.
El abedul dejó de reír. "¡Hola! ¡Vaya, vaya! ¡Una humana! ¿Qué te trae por mis dominios?"
"Solo quería alejarme de mi mala suerte," respondió Brunilda con un suspiro. "Soy la persona más desafortunada del mundo."
El abedul frunció el ceño. "¡Tonterías! La mala suerte no existe. Solo necesitas un poco de ayuda. Yo puedo ayudarte. Soy Bartolomé, el abedul ayudante."
Brunilda se sintió esperanzada. "¿De verdad? ¿Cómo?"
Bartolomé pensó por un momento. "Necesitas un amuleto. Algo que te proteja de la mala suerte. Sígueme."
Bartolomé guio a Brunilda a través del bosque, sorteando zarzas y cruzando pequeños arroyos. Finalmente, llegaron a un claro donde crecía un árbol muy extraño. Era un roble retorcido y nudoso, con ramas que se extendían en todas direcciones como brazos enojados. El roble tenía una expresión gruñona y sus hojas eran de un color verde oscuro y amenazante.
"¡Cuidado!" advirtió Bartolomé. "¡Ese es Rutilio, el roble rencoroso! Es un cascarrabias y odia a todo el mundo, especialmente a los humanos."
Brunilda sintió un escalofrío. Rutilio la miraba con ojos que parecían dos brasas encendidas.
"¿Qué quieren?" gruñó Rutilio. Su voz sonaba como el crujir de ramas secas.
"Solo necesitamos una de tus bellotas," respondió Bartolomé con valentía. "Brunilda necesita un amuleto para la buena suerte."
Rutilio soltó una carcajada que hizo temblar el suelo. "¿Buena suerte? ¡Ja! ¡La buena suerte es para tontos! ¡Y los humanos son los tontos más grandes de todos!"
"Por favor, Rutilio," suplicó Brunilda. "Realmente necesito ayuda."
Rutilio la ignoró. "¡Lárguense de mi bosque antes de que los convierta en estatuas de musgo!"
De repente, Bartolomé tuvo una idea. Señaló un charco brillante cerca de las raíces de Rutilio. "¡Mira, Rutilio! ¡Alguien ha derramado vino de grosella silvestre! ¡Tu favorito!"
Rutilio era conocido en todo el bosque por su afición al vino de grosella silvestre. Su rostro se iluminó al instante. Se inclinó hacia el charco y empezó a beberlo con avidez.
Mientras Rutilio bebía, Bartolomé le susurró a Brunilda: "¡Ahora! ¡Rápido! ¡Toma una bellota y vámonos!"
Brunilda se acercó con cuidado al roble borracho. Rutilio estaba tan absorto en su bebida que no se dio cuenta de que ella estaba allí. Brunilda recogió una bellota del suelo y corrió de vuelta con Bartolomé.
"¡Vamos!" exclamó Bartolomé. "¡Antes de que se dé cuenta!"
Corrieron tan rápido como pudieron, dejando atrás al roble borracho. Finalmente, llegaron a un lugar seguro, lejos del alcance de Rutilio.
"¡Uf! Eso estuvo cerca," dijo Bartolomé, jadeando. "Ahora, necesitas transformar esa bellota en un amuleto. Cierra los ojos, concéntrate en lo que deseas y susurra: ¡Mala suerte, vete lejos! ¡Buena suerte, ven a jugar!"
Brunilda cerró los ojos, apretó la bellota en su mano y susurró las palabras. Al instante, la bellota se transformó en un pequeño colgante de madera con forma de abedul. Era hermoso.
Brunilda se puso el colgante al cuello. Inmediatamente se sintió diferente. Más segura, más confiada, más… afortunada.
"¡Gracias, Bartolomé!" dijo Brunilda con una sonrisa radiante. "¡Creo que esto realmente funcionará!"
"¡Por supuesto que funcionará!" respondió Bartolomé. "Ahora, regresa a casa y enfréntate a tu mala suerte. ¡Verás que ya no tiene poder sobre ti!"
Brunilda regresó a casa. Esa noche, intentó hornear un pastel. El horno no explotó. El pastel salió perfecto. Al día siguiente, llovió, pero a ella no le cayó un rayo. De hecho, ¡vio un arcoíris doble!
Brunilda se dio cuenta de que la buena suerte no se trataba solo de amuletos, sino también de creer en sí misma. Y gracias a Bartolomé y a la aventura en el Bosque Susurrante, había aprendido a creer en su propia buena suerte, incluso después de su encuentro con el roble borracho. A partir de ese día, Brunilda vivió una vida feliz y, aunque a veces las cosas no salían como ella quería, siempre recordaba que tenía el poder de convertir la mala suerte en buena. Y de vez en cuando, visitaba a Bartolomé en el Bosque Susurrante para agradecerle su ayuda… y para asegurarse de que Rutilio no volviera a emborracharse con vino de grosella silvestre.
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