Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozCarmela era una niña curiosa que vivía con su familia en las laderas del Cerro Otto, cerca de Bariloche. Su abuelo, Faustino, le contaba historias antiguas de su comunidad mapuche, la Lofche Celestino Quijada, y de cómo siempre habían vivido en esas tierras. Carmela amaba explorar el cerro, recogiendo flores silvestres y observando a los pájaros carpinteros.
Pero últimamente, Carmela notaba que algo andaba mal. El camino que siempre usaban para ir al pueblo estaba bloqueado por una gran cerca nueva, brillante y amenazante. La cerca pertenecía a un barrio privado llamado Arelauquen. Sus hermanos, Monse y Facundo, tenían que caminar mucho más para ir a la escuela, y su abuela se cansaba mucho cuando iban al hospital.
Un día, Carmela escuchó a sus padres hablar preocupados. "Nos están encerrando," dijo su mamá, Luisa. "Quieren que nos vayamos." Carmela no entendía por qué alguien querría que se fueran de su hogar. El abuelo Faustino, con su voz tranquila pero firme, les recordó: "Estas tierras son nuestras por derecho. No nos rendiremos."
La vida se volvió más difícil. A veces, no tenían agua ni luz. Carmela recordaba las historias de su abuelo sobre cómo antes podían ir al lago Gutiérrez sin problemas, pero ahora la cerca lo impedía. Los animales de su familia también sufrían; a veces, los encontraban heridos cerca de la cerca.
Un día, Luisa les contó que habían pedido ayuda a una jueza, la jueza Domínguez. La jueza había visitado su comunidad y había escuchado sus problemas. Carmela sintió una chispa de esperanza.
Pasaron los meses, y la espera se hizo larga. Un día soleado, mientras Carmela jugaba con Monse y Facundo cerca de la cerca, escucharon un ruido. ¡Era una máquina! Estaba derribando la cerca.
Carmela corrió a abrazar a su mamá. Luisa sonreía, con lágrimas en los ojos. "¡Lo logramos!", exclamó. "La jueza nos ha dado la razón. ¡El camino está libre!"
La comunidad entera celebró. El abuelo Faustino organizó una ceremonia, agradeciendo a la tierra y a los antepasados. Carmela, Monse y Facundo corrieron por el camino recién liberado, sintiendo la alegría de la libertad.
Pero la alegría no duró mucho. Los dueños del barrio privado no estaban contentos. Dijeron que si los dejaban pasar, construirían una "villa" allí, y sus casas perderían valor. Carmela no entendía de villas ni de valores, solo sabía que ese era su hogar y que tenían derecho a vivir allí en paz.
Un día, Carmela tuvo una idea. Decidió hacer algo especial para mostrarle a la gente de Arelauquen que no eran una amenaza. Con la ayuda de Monse y Facundo, preparó una canasta llena de flores silvestres, pan casero y miel de sus abejas.
Caminaron hasta la entrada del barrio privado y le pidieron al guardia que le entregara la canasta a los vecinos. El guardia, un poco sorprendido, aceptó.
Al día siguiente, Carmela encontró una nota pegada en su puerta. Decía: "Gracias por el regalo. Nos gustaría hablar con ustedes." La nota estaba firmada por algunos vecinos de Arelauquen.
Luisa, con un poco de temor, aceptó reunirse con ellos. Carmela la acompañó. En la reunión, los vecinos escucharon atentamente las historias de la familia de Carmela. Aprendieron sobre su cultura, sus tradiciones y su amor por la tierra.
Carmela les mostró sus dibujos del cerro Otto, de los cóndores que volaban sobre sus cabezas y de las flores que crecían en sus jardines. Les habló de su sueño de construir una escuela para que todos los niños de la comunidad pudieran aprender su lengua y su cultura.
Los vecinos, al escuchar a Carmela, entendieron que no eran una amenaza. Vieron que eran personas como ellos, con sueños y esperanzas. Decidieron apoyarlos.
Juntos, la comunidad mapuche y los vecinos de Arelauquen comenzaron a trabajar juntos. Arreglaron el camino, construyeron una escuela y crearon un jardín comunitario donde todos podían sembrar sus propios alimentos.
Carmela aprendió que, aunque a veces hay personas que intentan quitarte lo que es tuyo, siempre hay esperanza. Y que, a veces, la mejor manera de vencer el miedo y la incomprensión es con amor, respeto y una canasta llena de flores silvestres. Con el tiempo, Carmela se convirtió en una líder de su comunidad, siguiendo los pasos de su abuelo y defendiendo los derechos de su pueblo. Y siempre recordaba la lección que aprendió en el Cerro Otto: que la unión hace la fuerza y que el camino de la paz siempre es el mejor camino.
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