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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un mundo lleno de aparatos brillantes y modernos, un celular muy, muy vago. Se llamaba Pantallita, y era… bueno, no era precisamente hermoso. Era un modelo antiguo, con una carcasa rayada y una antena que se doblaba para todos lados. Pantallita era, en resumen, un celular feo. Pero, a pesar de su aspecto poco agraciado y su pereza crónica, Pantallita tenía un corazón enorme, o mejor dicho, una batería llena de cariño.
Su dueño era un papá maravilloso llamado Don Roberto. Don Roberto no le importaba nada que Pantallita fuera viejo y lento. Él lo trataba con el mismo cariño que a sus hijos, Lucía y Mateo. Don Roberto usaba a Pantallita para llamar a su esposa, para leer noticias, y para escuchar música mientras cocinaba. A Pantallita le encantaba cuando Don Roberto escuchaba música; se sentía vivo y útil, aunque secretamente prefería estar apagado y durmiendo.
Un día, Lucía y Mateo le regalaron a Don Roberto un celular nuevo. Era un modelo súper moderno, con una pantalla gigante y miles de aplicaciones. Don Roberto estaba muy agradecido, pero al mismo tiempo se sentía un poco triste por Pantallita. ¿Qué iba a pasar con su viejo amigo?
“No te preocupes, Pantallita,” le susurró Don Roberto, guardando el celular nuevo en su bolsillo. “Siempre te voy a querer.”
Pero Pantallita estaba muy deprimido. Se sentía inútil y abandonado. Pensó: "Soy un celular vago, feo y ahora también reemplazado. Nadie me necesita". Se quedó tirado en un cajón, acumulando polvo y sintiéndose cada vez más solo. Ya ni siquiera intentaba activarse; la pereza lo había consumido por completo.
Pasaron los días y Don Roberto empezó a notar algo extraño. El celular nuevo era muy sofisticado, sí, pero era… impersonal. No tenía la misma calidez que Pantallita. Además, era tan complicado que a veces Don Roberto se frustraba al intentar usarlo. Echaba de menos la simplicidad y la familiaridad de su viejo celular.
Un día, mientras buscaba una receta en internet, el celular nuevo se trabó. Don Roberto intentó reiniciarlo, pero no funcionaba. Estaba desesperado; necesitaba esa receta para hacer la cena favorita de Lucía y Mateo. De repente, recordó a Pantallita.
Con cuidado, Don Roberto abrió el cajón y sacó a Pantallita. El celular estaba cubierto de polvo y parecía completamente muerto. Don Roberto lo limpió con su camisa y presionó el botón de encendido. Nada. Lo intentó de nuevo, y de nuevo, hasta que… ¡milagro! Pantallita vibró débilmente y la pantalla se iluminó con una luz tenue.
“¡Pantallita!” exclamó Don Roberto, lleno de alegría. “Necesito tu ayuda. El celular nuevo no funciona.”
A Pantallita, a pesar de su pereza, le encantó escuchar esas palabras. ¡Don Roberto lo necesitaba! Esa era la motivación que necesitaba para despertar de su letargo. Con renovada energía, Pantallita se conectó a internet y buscó la receta que Don Roberto necesitaba. Lo hizo lento, con dificultad, pero lo hizo.
Don Roberto pudo preparar la cena para sus hijos, y todos disfrutaron de una comida deliciosa. Esa noche, Don Roberto decidió que no iba a abandonar a Pantallita. Sabía que el celular nuevo era útil para muchas cosas, pero Pantallita era especial. Era su amigo, su compañero, y un recordatorio de que las cosas más valiosas no siempre son las más nuevas o las más brillantes.
Desde entonces, Don Roberto usó ambos celulares. El nuevo para las cosas complicadas, y Pantallita para las cosas importantes: las llamadas a su esposa, las noticias, la música y, sobre todo, para sentir la calidez y el cariño que solo un celular feo y vago, pero con un gran corazón, podía ofrecer.
Pantallita, por su parte, aprendió una valiosa lección. Descubrió que no importa ser el más moderno o el más rápido; lo que realmente importa es ser útil y estar ahí para las personas que te quieren. Y, aunque seguía siendo un poco vago, Pantallita se esforzaba por ser el mejor celular que podía ser, porque sabía que Don Roberto lo amaba tal como era. Y, secretamente, Pantallita amaba a Don Roberto también. Él era el papá cariñoso que lo hacía sentir importante, incluso siendo un celular viejo, feo y vago.
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