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Había una vez, en el corazón del Bosque de los Colores, un conejito llamado Rayo. Rayo era un pequeño muy especial; tenía las orejas más largas del bosque y unas patas traseras que siempre parecían tener un motorcito encendido. Rayo corría cuando los demás caminaban, gritaba cuando los demás susurraban y saltaba justo cuando era el momento de estar sentados.
Todas las mañanas, los animalitos del bosque iban a la Escuela del Roble Viejo. Allí, la Maestra Búho, que era muy sabia y llevaba unas gafas redondas, les enseñaba cosas maravillosas. Pero para Rayo, seguir las reglas era muy difícil. Cuando la Maestra Búho contaba un cuento, Rayo se levantaba de repente y empezaba a dar vueltas. —¡Miren mi súper salto! —gritaba, interrumpiendo la historia del valiente ratón aventurero. Sus amigos, la ardilla Nut y la tortuga Tuga, se ponían tristes porque no podían escuchar el final del cuento.
Un martes por la mañana, los animalitos estaban haciendo una actividad muy especial: pintar con los dedos. Todos estaban concentrados, usando colores brillantes para dibujar flores y mariposas. Rayo estaba tan emocionado que empezó a mover sus patas con mucha fuerza. De repente, ¡pum! Sin querer, Rayo saltó sobre la mesa y tiró el frasco de pintura azul sobre el dibujo de Tuga.
—¡Oh, no! —exclamó Tuga con una lagrimita en el ojo—. Mi dibujo se ha arruinado.
Rayo se sintió muy mal. Su corazón latía rápido, rápido, como un tambor. Él no quería arruinar el dibujo de su amiga, pero su cuerpo simplemente se movía antes de que él pudiera pensar. La Maestra Búho se acercó lentamente y puso una de sus alas suaves sobre el hombro de Rayo.

—Rayo, tienes mucha energía, y eso es algo hermoso —dijo la Maestra Búho con voz dulce—. Pero la energía es como un río; si corre demasiado rápido, puede desbordarse. Necesitamos aprender a ponerle un puentecito.
Esa tarde, la Maestra Búho llevó a Rayo al Jardín de los Suspiros. —Rayo, vamos a aprender el Secreto de la Calma —le dijo—. Cada vez que sientas que tus patas quieren saltar sin permiso o que tu voz quiere gritar cuando otros hablan, vamos a usar 'La Flor y la Vela'.
—¿Cómo es eso? —preguntó Rayo, moviendo sus orejas con curiosidad.
—Imagina que tienes una flor muy perfumada en una mano y una vela encendida en la otra —explicó la maestra—. Primero, huele la flor profundamente por la nariz... siente cómo el aire llena tu barriguita. Ahora, sopla la vela muy despacio por la boca, para que la llama se mueva pero no se apague.
Rayo lo intentó. Olio la flor imaginaria: 'Sssssss'. Luego sopló la vela: 'Ffffff'. Lo hizo una vez, dos veces, tres veces. De repente, sintió que el motorcito de sus patas se apagaba un poco. Su corazón ya no latía como un tambor, sino como una suave canción.

Al día siguiente, en la escuela, ocurrió algo importante. Los animalitos estaban construyendo una torre gigante con bloques de madera. Era la torre más alta que jamás habían hecho. Rayo sintió de repente unas ganas inmensas de correr y derribarla de un salto para ver cómo caían los bloques. ¡Esa energía estaba volviendo!
Pero entonces, Rayo recordó 'La Flor y la Vela'. Se detuvo. Cerró los ojos un momento. Olio la flor... y sopló la vela. Lo hizo tres veces. Cuando abrió los ojos, vio lo mucho que sus amigos se estaban esforzando. En lugar de saltar sobre la torre, Rayo se acercó despacio, tomó un bloque pequeño y lo puso con mucho cuidado en la cima.
—¡Lo lograste, Rayo! —dijo Tuga muy contenta—. ¡Gracias por ayudarnos!
Rayo se sintió más feliz que cuando daba sus saltos más altos. Aprendió que esperar su turno y respetar el espacio de sus amigos hacía que los juegos duraran mucho más tiempo.
Desde ese día, aunque Rayo seguía siendo el conejito más rápido del bosque en el recreo, en la clase era el maestro de la calma. Cada vez que un amigo se sentía inquieto, Rayo se acercaba y le decía: '¿Quieres que te enseñe el secreto de la flor y la vela?'. Y así, la Escuela del Roble Viejo se convirtió en el lugar más armonioso y divertido de todo el Bosque de los Colores.
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