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Gratis · elegí una vozHabía una vez un conejo bailarín llamado Saltarín. Saltarín no era un conejo cualquiera. Sus patas parecían tener resortes invisibles y su corazón latía al ritmo de la música. Vivía en una madriguera debajo del gran árbol de la plaza del pueblo. Cada mañana, al salir el sol, Saltarín saltaba fuera de su casa y corría hacia la plaza, listo para danzar.
La plaza era su escenario. Las baldosas rojas y amarillas eran su pista de baile. El viento era su orquesta, silbando melodías entre las hojas de los árboles. A Saltarín le encantaba bailar. Bailaba para las palomas que comían migas de pan, para los niños que jugaban a la pelota, y para las ancianas que tejían bufandas en los bancos.
Un día, la plaza amaneció silenciosa. El viento no soplaba, las palomas no cantaban y los niños no reían. La música había desaparecido. Saltarín salió de su madriguera y sintió un vacío en el corazón. La plaza parecía triste y gris. Intentó bailar, pero sus patas no respondían. Sin música, no podía encontrar el ritmo.
Preocupado, Saltarín se acercó a Doña Elena, la anciana que siempre tejía bufandas de colores. "Doña Elena, ¿qué le pasa a la plaza? ¿Dónde está la música?" preguntó Saltarín con un hilo de voz.
Doña Elena suspiró. "Dicen que el Señor Gruñón, que vive en la torre alta, ha robado toda la música del pueblo. No le gusta el ruido ni la alegría. Ahora todos estamos tristes", explicó Doña Elena.
Saltarín sintió un vuelco en el estómago. ¡El Señor Gruñón! Siempre lo había visto asomado a la ventana de la torre, con el ceño fruncido. Decidió que tenía que hacer algo. No podía permitir que el Señor Gruñón robara la alegría de la plaza.
"¡Voy a recuperar la música!" exclamó Saltarín, con determinación. Doña Elena sonrió, animada por la valentía del pequeño conejo. Le dio un ovillo de lana roja brillante. "Toma, Saltarín. Te servirá de buena suerte", le dijo.
Saltarín tomó el ovillo y comenzó su aventura hacia la torre alta. El camino era largo y empinado. Tuvo que saltar sobre piedras, esquivar charcos y subir escaleras estrechas. Pero Saltarín no se rindió. Sabía que la música de la plaza dependía de él.
Finalmente, llegó a la puerta de la torre. Era una puerta enorme, hecha de hierro oscuro. Saltarín golpeó con todas sus fuerzas, pero nadie respondió. Escuchó un ruido dentro, como un susurro apagado. Decidió probar algo diferente. Empezó a bailar.
Bailó con todas sus fuerzas, moviendo sus patas al ritmo de su corazón. Saltaba, giraba y hacía piruetas. A pesar de que no había música, Saltarín encontró el ritmo en su interior. Poco a poco, un hilo de música comenzó a salir de la torre. Era una música triste y apagada, pero era música al fin.
El Señor Gruñón se asomó por la ventana, sorprendido. Vio a Saltarín bailando frente a la puerta y escuchó la música que emanaba de su interior. Nunca había visto a nadie bailar con tanta alegría, a pesar de la tristeza que lo rodeaba.
La música de Saltarín era contagiosa. Poco a poco, la tristeza del Señor Gruñón comenzó a desvanecerse. Recordó cuando era niño y le encantaba bailar al son de la música. Recordó la alegría que sentía al escuchar las melodías del pueblo.
El Señor Gruñón abrió la puerta de la torre. Tenía el rostro arrugado y los ojos brillantes. "¿Qué estás haciendo, pequeño conejo?" preguntó con voz ronca.
"Estoy bailando para recuperar la música de la plaza", respondió Saltarín, sin dejar de bailar. "La música es alegría, es vida. No puedes robarla".
El Señor Gruñón sonrió por primera vez en muchos años. "Tienes razón, pequeño conejo. La música no se puede robar. La música vive en el corazón de cada uno".
El Señor Gruñón llevó a Saltarín a una habitación llena de instrumentos musicales: flautas, tambores, pianos y guitarras. Todos estaban cubiertos de polvo y telarañas. "He guardado estos instrumentos durante años", dijo el Señor Gruñón. "Pensé que la música era ruido, pero ahora veo que es mucho más que eso".
Juntos, Saltarín y el Señor Gruñón desempolvaron los instrumentos y comenzaron a tocar. Al principio, la música era torpe y desafinada. Pero poco a poco, encontraron el ritmo. La música llenó la torre y luego se extendió por toda la plaza.
Las palomas comenzaron a cantar, los niños comenzaron a reír y el viento comenzó a soplar. La plaza volvió a estar llena de alegría y color. Doña Elena sonrió al ver a Saltarín y al Señor Gruñón tocando juntos.
Desde ese día, el Señor Gruñón dejó de ser gruñón. Se convirtió en el músico oficial de la plaza. Y Saltarín, el conejo bailarín, siguió danzando al ritmo de la música, llevando alegría a todos los corazones. El ovillo de lana roja de Doña Elena siempre estuvo cerca, recordándole que la valentía y la alegría pueden vencer incluso al corazón más gruñón.
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