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Tita era una abuelita con el cabello blanco como la nieve y una sonrisa tan cálida como el sol de verano. Tenía dos nietos a los que amaba con todo su corazón: Nate, un niño curioso con ojos brillantes como canicas, y Marifer, una niña soñadora con trenzas largas y castañas. A Tita le encantaba cuando Nate y Marifer venían a visitarla. Su casa, una casita pintada de azul cielo con un jardín lleno de flores, se llenaba de risas y alegría.
"¡Abuelita Tita!" gritaba Nate, corriendo a abrazarla apenas bajaba del coche. Marifer, un poco más tímida, le ofrecía una flor que había recogido en el camino. Tita los recibía con los brazos abiertos, lista para un día lleno de aventuras.
Jugaban al escondite en el jardín, donde las rosas y los jazmines ofrecían escondites perfectos. Nate, siempre el más aventurero, se escondía detrás del gran roble, mientras que Marifer prefería esconderse entre los arbustos de lavanda, dejando que su dulce aroma la delatara. Tita, con una risita, siempre los encontraba, aunque a veces fingía no verlos para prolongar la diversión.
También les encantaba hornear galletas. Tita tenía una receta secreta, transmitida de generación en generación, que las hacía las más deliciosas del mundo. Nate y Marifer se ponían sus delantales pequeños y ayudaban a mezclar la masa, a cortar las galletas con formas de estrellas y corazones, y a decorarlas con chispas de colores. El olor a galletas recién horneadas llenaba la casa, creando un ambiente acogedor y familiar.
Después de jugar y hornear, Tita les contaba historias. Historias de duendes que vivían en el jardín, de hadas que volaban entre las flores, y de animales parlantes que vivían en el bosque cercano. Nate y Marifer escuchaban con atención, imaginando cada detalle de las historias. A veces, Tita cantaba canciones antiguas que su propia abuela le había enseñado, canciones que hablaban de la luna, las estrellas y el amor.
Pero, como todo lo bueno, las visitas llegaban a su fin. El sol comenzaba a ponerse, y era hora de que Nate y Marifer regresaran a casa. Se despedían de Tita con abrazos apretados y besos sonoros. "¡Te queremos, Abuelita Tita!" decían al unísono, antes de subir al coche y desaparecer por el camino.
Cuando la casa volvía a quedar en silencio, Tita sentía un vacío en su corazón. Miraba las galletas que habían horneado juntos, las flores que Marifer le había regalado, y recordaba las risas de Nate. Aunque sabía que pronto volverían a visitarla, los extrañaba mucho.
Para combatir la soledad, Tita hacía cosas que la hacían sentir cerca de sus nietos. Regaba las flores que Marifer le había regalado, imaginando que la niña estaba allí, admirando su belleza. Leía los libros de cuentos que Nate adoraba, imaginando que el niño estaba a su lado, escuchando atentamente. Incluso horneaba una pequeña tanda de galletas solo para ella, recordando las manos pequeñas de sus nietos ayudándola en la cocina.
Un día, mientras Tita regaba las flores, tuvo una idea brillante. Decidió escribirles cartas a Nate y Marifer. Cartas llenas de historias, dibujos y pequeños regalos. Les contaba sobre el jardín, sobre los pájaros que venían a visitarla, y sobre las cosas que estaba haciendo. También les preguntaba sobre sus propias vidas, sobre sus amigos, sus juegos y sus sueños.
Cuando Nate y Marifer recibieron las cartas de Tita, se pusieron muy contentos. Les encantó leer las historias, admirar los dibujos y jugar con los pequeños regalos. Se sintieron más cerca de su abuelita, a pesar de la distancia. Ellos también comenzaron a escribirle cartas a Tita, contándole sobre sus aventuras y enviándole dibujos y poemas.
Así, a través de las cartas, Tita, Nate y Marifer mantuvieron vivo el vínculo que los unía. Aunque no podían estar juntos todo el tiempo, sabían que siempre estaban en el corazón del otro. Y Tita, aunque seguía extrañándolos cuando no los veía, ya no se sentía tan sola. Sabía que el amor, como las semillas en su jardín, podía crecer y florecer incluso a la distancia. La próxima vez que Nate y Marifer visitaron a Tita, la abrazaron aun más fuerte y leyeron juntos todas las cartas que se habían enviado. Sabían que su amor era un lazo fuerte que nada podría romper, ni siquiera la distancia.
La casa de Tita, la casita pintada de azul cielo con un jardín lleno de flores, siempre estaría llena de amor, risas y la dulce melodía de los corazones conectados de una abuela y sus nietos saltarines.
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