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Gratis · elegí una vozLila y Tomás eran los mejores amigos. Compartían todo: sus crayones de colores, sus sándwiches de fresa y sus secretos más profundos. Siempre jugaban en el jardín de Lila, construyendo castillos de arena y persiguiendo mariposas amarillas. Un día, mientras jugaban a las escondidas, Tomás, sin querer, pisó la flor favorita de Lila, una margarita blanca que su abuela le había regalado. La margarita se dobló, su pétalo más grande se rompió.
De pronto, el rostro de Lila se puso rojo. Sus cejas se juntaron y sus labios formaron una línea recta. «¡Tomás!» exclamó, con la voz temblorosa. «¡Mira lo que hiciste! ¡Arruinaste mi margarita!» Tomás se sintió muy mal. No lo había hecho a propósito. «Lo siento, Lila,» dijo, bajando la cabeza. «No quería…»
Pero Lila no lo escuchaba. Estaba demasiado enojada. «¡Vete! ¡No quiero jugar contigo ahora!» gritó, señalando la puerta del jardín. Tomás, con el corazón apesadumbrado, se dio la vuelta y caminó lentamente hacia su casa.
De pronto mi corazón entristeció al verte enojada, pero tenía la esperanza de volver a estar contigo. Mientras caminaba, sentía como si una nube gris lo siguiera. Cada paso era más pesado que el anterior. Sabía que había cometido un error, pero el enojo de Lila lo había asustado. Llegó a su casa y se encerró en su habitación. Miró por la ventana y vio el jardín de Lila. La margarita doblada parecía mirarlo con tristeza.
En el jardín, Lila estaba sentada junto a la margarita dañada. Su enojo empezaba a disiparse, dejando paso a la tristeza. Se sentía culpable por haber gritado a Tomás. Él era su mejor amigo y sabía que no lo había hecho a propósito. Recordó todas las veces que Tomás la había ayudado, cuando se había caído del columpio, cuando había perdido su osito de peluche, cuando se había sentido sola. Él siempre estaba ahí para ella.
Lila suspiró. Sabía que tenía que disculparse. Pero, ¿cómo hacerlo? Le daba vergüenza haber actuado de esa manera. Se levantó y fue a buscar a su abuela. Su abuela, una mujer sabia con el cabello blanco como la nieve, siempre tenía las palabras correctas. «Abuela,» dijo Lila, con la voz apagada, «me enojé mucho con Tomás y le grité. Ahora me siento muy mal.»
La abuela de Lila la abrazó con cariño. «El enojo es como una nube oscura, Lila,» dijo suavemente. «Puede nublar nuestro juicio y hacernos decir cosas que no sentimos. Pero también es importante recordar que todos cometemos errores. Lo importante es aprender de ellos y pedir perdón.»
La abuela le sugirió a Lila que le escribiera una carta a Tomás, explicándole cómo se sentía y pidiéndole disculpas. Lila estuvo de acuerdo. Se sentó en su escritorio y comenzó a escribir. Le costó un poco, pero finalmente logró expresar sus sentimientos.
En la carta, Lila le decía a Tomás que lamentaba mucho haberle gritado y que sabía que no había querido dañar la margarita. Le explicaba que la margarita era especial para ella porque se la había regalado su abuela, pero que su amistad era mucho más importante. Le pedía que la perdonara y que volvieran a ser amigos.
Una vez que terminó la carta, Lila la dobló con cuidado y la metió en un sobre. Luego, salió corriendo hacia la casa de Tomás y la dejó en su buzón. Regresó a su jardín y esperó, con el corazón latiendo con fuerza.
Mientras tanto, Tomás seguía en su habitación, sintiéndose muy triste. De repente, escuchó un ruido en el buzón. Bajó corriendo las escaleras y sacó la carta. Al ver el nombre de Lila en el sobre, su corazón dio un vuelco. Abrió la carta con manos temblorosas y comenzó a leer.
A medida que leía las palabras de Lila, la nube gris que lo había estado siguiendo comenzó a disiparse. Sintió un gran alivio y una alegría inmensa. Lila lo perdonaba. Él también la perdonaba a ella. Corrió hacia el jardín de Lila y la vio sentada junto a la margarita doblada.
«¡Lila!» gritó Tomás, con una sonrisa radiante. Lila levantó la vista y al verlo, corrió hacia él. Se abrazaron con fuerza. «Lo siento mucho, Tomás,» dijo Lila. «Yo también,» respondió Tomás.
Juntos, cuidaron la margarita doblada. La regaron con agua y la protegieron del sol. Aunque el pétalo roto nunca volvió a ser igual, la margarita siguió floreciendo, recordándoles que incluso después del enojo, la amistad puede florecer aún más fuerte. Desde ese día, Lila y Tomás aprendieron a comunicarse mejor y a perdonarse mutuamente. Su amistad se hizo aún más fuerte, como dos margaritas unidas en el mismo jardín.
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