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Elías era un niño muy normal, con calcetines desparejados y un pelo que siempre se negaba a obedecer al peine. Pero un día, un día muy raro, sus emociones decidieron tomarse unas vacaciones sin avisar.
Todo empezó con una **confusión**. Elías estaba en la cocina, tratando de ayudar a su mamá a hacer galletas. La receta era un lío de números y palabras extrañas. "¿Qué es una cucharadita? ¿Es una cuchara pequeña o una cuchara mini-pequeña?" se preguntó. De repente, sintió como si su cerebro fuera una lavadora llena de calcetines, dando vueltas sin control. Su frente se arrugó, sus ojos se entrecerraron y una nube de confusión se posó sobre su cabeza, haciéndole olvidar si ya había puesto el huevo o no. Terminó echando dos huevos por accidente.
Cuando las galletas salieron del horno, olían… bueno, no olían a galletas. Olían a quemado y a algo indefiniblemente horrible. Elías probó una, solo para ser educado. Inmediatamente sintió **asco**. Su cara se transformó en una mueca de repulsión. "¡Puaj!" exclamó, escupiendo el bocado en una servilleta. La galleta tenía la textura de una piedra y el sabor de calcetines viejos (¡irónicamente!). Elías sintió una ola de asco que le recorrió todo el cuerpo. Imaginó que así debía sentirse una cucaracha al ser pisada.
Después del desastre de las galletas, Elías intentó construir una torre de bloques. Pero los bloques, conspirando en secreto, se caían una y otra vez. Cada vez que Elías llegaba a la cima, ¡pum!, la torre se desplomaba con un estruendo. Después de varios intentos fallidos, una gran **frustración** se apoderó de él. Sus puños se apretaron, sus mejillas se pusieron rojas y sintió ganas de gritar. "¡No puedo hacer nada bien!" gritó, lanzando un bloque al aire. El bloque golpeó el jarrón de flores de su mamá, que se hizo añicos en mil pedazos. Ahora, además de frustrado, se sentía culpable.
Esa tarde, llovió. Llovió a cántaros, un diluvio torrencial que convirtió el jardín en una piscina gigante. Elías miraba por la ventana, viendo las gotas de lluvia resbalar por el cristal. Recordó los días soleados, cuando podía jugar en el parque con sus amigos. Sintió una profunda **melancolía**. Sus hombros se hundieron, sus ojos se llenaron de lágrimas y un nudo se formó en su garganta. Extrañaba el sol, extrañaba el parque, extrañaba a sus amigos. Todo parecía gris y triste.
El resto del día, Elías se sentó en el sofá, viendo la televisión. Pero ningún programa le interesaba. Los dibujos animados eran aburridos, las películas eran lentas y los anuncios eran repetitivos. Elías sentía un **aburrimiento** profundo, un aburrimiento que le pesaba como una losa. Suspiró, bostezó y se rascó la cabeza. No sabía qué hacer. Se sentía como una planta sin agua, marchitándose lentamente.
De repente, escuchó un ruido. Un pequeño "pop!" proveniente de su cabeza. Asustado, se tocó la cabeza. Y entonces las vio: pequeñas criaturas brillantes, cada una representando una emoción: una nube gris para la Confusión, una baba verde para el Asco, un puño rojo para la Frustración, una lágrima azul para la Melancolía y un caracol gris para el Aburrimiento. Estaban saliendo de su cabeza y volando por la habitación.
Elías, sorprendido, las siguió con la mirada. La Confusión tropezó con la lámpara, el Asco se escondió debajo del sofá, la Frustración intentó golpear el ventilador de techo, la Melancolía se sentó en el alféizar de la ventana y el Aburrimiento simplemente se quedó flotando en el aire, sin hacer nada.
Elías se dio cuenta de algo importante. Estas emociones, aunque desagradables, eran parte de él. No podía simplemente deshacerse de ellas. Tenía que aprender a manejarlas.
Con cuidado, Elías tomó una caja vacía. Primero, suavemente, atrajo a la Confusión a la caja, explicándole que era normal sentirse confundido a veces. Luego, con una cuchara, recogió al Asco de debajo del sofá, diciéndole que no todas las comidas eran deliciosas, pero que era importante probar cosas nuevas. A la Frustración le ofreció una almohada para golpear, en lugar del ventilador. A la Melancolía le cantó una canción alegre. Y al Aburrimiento… bueno, al Aburrimiento simplemente lo invitó a observar el cielo con él.
Una vez que todas las emociones estuvieron en la caja, Elías las llevó al jardín. Cavó un pequeño agujero y enterró la caja. No las estaba echando para siempre, simplemente las estaba guardando para cuando las necesitara. Sabía que volverían a aparecer, pero ahora sabía cómo lidiar con ellas.
Esa noche, Elías se durmió con una sonrisa. Había sido un día extraño, un día lleno de emociones descontroladas. Pero también había sido un día de aprendizaje. Había aprendido que sentir es parte de ser humano, y que incluso las emociones más desagradables pueden enseñarnos algo valioso.
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