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Gratis · elegí una vozEra un martes lluvioso. Un martes tan gris que hasta las ardillas se negaban a salir a buscar nueces. Yo, Sofía, estaba sentada junto a la ventana, suspirando. Los martes siempre me parecían aburridos. Hasta que te vi.
Estabas en la esquina, intentando arreglar tu bicicleta. Tenías el pelo castaño oscuro, empapado por la lluvia, y tus manos estaban cubiertas de grasa. Parecías un pequeño mecánico perdido en un charco gigante. Me reí por lo bajo. Nunca había visto a nadie con tanta determinación para arreglar una bicicleta bajo la lluvia.
Mi abuela, que siempre está tejiendo bufandas de colores brillantes, me vio sonreír. "¿Qué miras, mi pequeña estrella?", preguntó con su voz suave.
"A ese chico", le dije, señalando con el dedo la ventana empañada. "Está intentando arreglar su bicicleta bajo la lluvia."
Mi abuela se acercó y miró. "¡Oh, es Mateo! Es un niño muy amable. Siempre ayuda a la señora Elena con sus compras."
Mateo. Su nombre era Mateo. Lo repetí en mi cabeza. Mateo. Me gustó cómo sonaba.
La lluvia arreciaba. Mateo seguía luchando con la bicicleta. Parecía que la cadena se había atascado. Yo sentía pena por él, pero también admiración. No se rendía.
"Deberías llevarle un paraguas", sugirió mi abuela, sonriendo con picardía. "Y tal vez una taza de chocolate caliente."
Me sonrojé. La idea me daba un poco de vergüenza, pero también mucha ilusión. Nunca le había hablado a Mateo. Apenas lo había visto antes. Pero ese martes gris, bajo la lluvia torrencial, sentí algo diferente.
Tomé el paraguas de lunares rojos que me había regalado mi tía y preparé dos tazas de chocolate caliente. Una para Mateo y otra para mí. Mi corazón latía con fuerza mientras salía a la calle.
"¡Hola!", dije, acercándome a Mateo. Mi voz temblaba un poco. "Veo que estás teniendo problemas con la bicicleta."
Mateo levantó la vista, sorprendido. Sus ojos eran color avellana, y brillaban a pesar de la lluvia. "Hola", respondió, con una sonrisa tímida. "Sí, la cadena está atascada. Gracias por el paraguas, me estaba empapando."
Le ofrecí la taza de chocolate caliente. "Ten, esto te ayudará a calentarte."
Mateo la aceptó con gratitud. "¡Gracias! Esto es justo lo que necesitaba."
Nos quedamos un rato en silencio, bebiendo el chocolate caliente bajo el paraguas. Yo lo observaba mientras intentaba arreglar la bicicleta. Él me contaba sobre su pasión por las bicicletas y cómo soñaba con tener una tienda de reparación de bicicletas cuando fuera grande.
De repente, la cadena se soltó. Mateo gritó de alegría. "¡Lo logré!", exclamó, levantando los brazos en señal de victoria.
Yo me reí. Su entusiasmo era contagioso. "¡Felicidades!", le dije. "Pareces todo un experto."
Mateo se limpió las manos con un trapo sucio. "Gracias a ti por el chocolate caliente y el paraguas. Sin ti, probablemente seguiría luchando con esta cadena hasta la noche."
Me sonrojé de nuevo. "No fue nada", murmuré.
Mateo montó en su bicicleta, ahora reparada. "¿Te gustaría dar una vuelta conmigo?", me preguntó, con una sonrisa aún más grande que antes.
Mi corazón dio un vuelco. "¡Me encantaría!", respondí, con una sonrisa radiante.
Montamos en bicicleta por las calles mojadas, riendo y salpicando charcos. La lluvia había parado y el sol empezaba a salir. El cielo se llenó de colores brillantes. Era como si la lluvia hubiera lavado toda la tristeza y hubiera dejado solo alegría y esperanza.
Ese día, mientras pedaleábamos juntos bajo el sol naciente, sentí algo especial. Algo que nunca había sentido antes. No sé si era amor a primera vista, pero sí sé que fue el día que las estrellas bailaron por ti, Mateo. El día que un martes lluvioso se convirtió en el día más mágico de mi vida. Desde entonces, cada martes, aunque sea gris, lo espero con ilusión, porque sé que podría ocurrir algo maravilloso, como aquel día en que te conocí arreglando tu bicicleta bajo la lluvia.
Unos días después, Mateo me regaló una flor que él mismo había cultivado. Era una margarita blanca, sencilla pero hermosa. La guardé en un libro, como un tesoro. Aún la conservo, para recordarme aquel martes lluvioso y el día que me enamoré de un chico con el pelo mojado y las manos llenas de grasa. Un chico que me enseñó que hasta los días más grises pueden ser llenos de color y magia.
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