Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozErnesto era un conejito, pequeño y peludo, con un corazón generalmente lleno de alegría. Le encantaba saltar en el campo, comer zanahorias crujientes y jugar con sus amigos, la ardilla Ana y el ratón Ricardo. Pero hoy, Ernesto no estaba feliz. Hoy, estaba enojado. ¡Muy, muy enojado!
Todo había comenzado esa mañana. Mamá Coneja le había prometido a Ernesto que después de ayudarla a recoger fresas, podrían ir juntos a la Montaña de Caramelos. ¡La Montaña de Caramelos! Era una colina cubierta de flores de colores que, según la leyenda, dejaban caer caramelos mágicos cuando alguien reía lo suficientemente fuerte. Ernesto había estado soñando con esos caramelos toda la noche.
Pero cuando terminaron de recoger las fresas, el cielo se oscureció. Nubes grises y gruesas cubrieron el sol, y empezaron a caer gotas de lluvia. "Lo siento, Ernesto", dijo Mamá Coneja con voz triste. "No podemos ir a la Montaña de Caramelos hoy. Está lloviendo demasiado."
Las orejas de Ernesto se bajaron. Su nariz se arrugó. ¡No era justo! Había trabajado duro recogiendo fresas, y ahora, por culpa de la lluvia, no podría ir a la Montaña de Caramelos. El enojo comenzó a burbujear dentro de él como una olla hirviendo. Cruzó los brazos, pateó una piedra y gritó: "¡No es justo! ¡Odio la lluvia! ¡Odio las fresas! ¡Odio todo!"
Mamá Coneja lo miró con comprensión. "Sé que estás enojado, Ernesto", dijo con suavidad. "Es normal sentirse así a veces. Pero gritar y enojarse no hará que la lluvia pare."
Ernesto se sentó en el escalón de la puerta, con el ceño fruncido. El enojo seguía burbujeando dentro de él. Ana y Ricardo lo vieron desde la distancia y se acercaron cautelosamente.
"¿Qué te pasa, Ernesto?", preguntó Ana.
"¡No podemos ir a la Montaña de Caramelos!", gruñó Ernesto. "¡Está lloviendo! ¡Es la peor cosa que podría pasar!"
Ricardo, siempre el más práctico, dijo: "Bueno, no podemos cambiar la lluvia. Pero podríamos hacer algo divertido aquí. ¿Qué tal si jugamos a las escondidas en el granero?"
Ernesto negó con la cabeza. "No quiero jugar a nada. Quiero ir a la Montaña de Caramelos."
Ana pensó por un momento. "¿Y si hacemos nuestra propia Montaña de Caramelos?", sugirió.
Ernesto la miró con incredulidad. "¿Cómo vamos a hacer eso?"
"Podemos usar almohadas para hacer una colina", explicó Ana. "Y luego podemos usar todos nuestros juguetes de colores para decorarla. ¡Será como una Montaña de Caramelos en miniatura!"
Al principio, Ernesto no estaba convencido. Pero la idea de hacer algo, cualquier cosa, para distraerse de su enojo, le pareció atractiva. Asintió con la cabeza a regañadientes. "Está bien", dijo. "Pero no creo que funcione."
Juntos, los tres amigos empezaron a trabajar. Llevaron almohadas y cojines del salón, creando una pequeña colina en el centro de la habitación. Luego, buscaron todos sus juguetes de colores: coches rojos, ositos azules, muñecas amarillas. Los colocaron cuidadosamente sobre la colina, creando una exhibición brillante y alegre.
Mientras trabajaban, Ernesto empezó a sentirse un poco mejor. La energía de sus amigos era contagiosa, y la actividad lo distraía de su enojo. Incluso empezó a reírse cuando Ricardo tropezó y casi derriba toda la Montaña de Almohadas.
Finalmente, terminaron. La "Montaña de Caramelos" improvisada era pequeña y un poco torcida, pero estaba llena de color y alegría. Los tres amigos se sentaron alrededor, admirando su creación.
"No es lo mismo que la verdadera Montaña de Caramelos", dijo Ernesto, "pero es bastante buena."
En ese momento, Mamá Coneja entró en la habitación. Vio la Montaña de Almohadas y sonrió. "¡Qué idea tan maravillosa!", exclamó. "Veo que encontraron una forma de divertirse a pesar de la lluvia."
Luego, Mamá Coneja sacó un plato lleno de galletas con forma de zanahoria que había horneado. "Tengo una sorpresa para ustedes", dijo. "Aunque no pudimos ir a la Montaña de Caramelos, podemos tener una fiesta de galletas aquí mismo."
Ernesto, Ana y Ricardo comieron galletas, jugaron a las cartas y se rieron hasta que les dolió la barriga. El enojo de Ernesto se había desvanecido por completo. Se dio cuenta de que, aunque no siempre podía controlar lo que sucedía a su alrededor, sí podía controlar cómo reaccionaba ante ello.
Esa noche, mientras se acurrucaba en su cama, Ernesto pensó en la Montaña de Caramelos. Sabía que algún día la visitaría, pero también sabía que la verdadera felicidad no dependía de los caramelos mágicos. La verdadera felicidad estaba en la amistad, la creatividad y la capacidad de encontrar alegría incluso cuando las cosas no salían según lo planeado. Y, por supuesto, en las deliciosas galletas de zanahoria de Mamá Coneja.
Y aunque la lluvia seguía cayendo afuera, Ernesto se durmió con una sonrisa en la cara, soñando con montañas de almohadas y amigos que lo querían tal como era, incluso cuando estaba un poquito enojado.
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