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En un rincón escondido de un bosque donde los árboles susurraban secretos y las flores cambiaban de tono según el viento, vivía un pequeño monstruo llamado Mochi. Mochi no era un monstruo aterrador; al contrario, era una criatura peluda, de grandes ojos curiosos y un corazón inmenso. Sin embargo, una mañana de primavera, Mochi se despertó sintiéndose muy extraño. No era un 'extraño' de los que dan ganas de saltar, ni un 'extraño' de los que dan ganas de dormir. Era un enredo total.
Su pelaje, que normalmente era de un color canela suave, se había convertido en un torbellino caótico de manchas amarillas, azules, rojas y negras que se movían y chocaban entre sí. Mochi caminaba tropezando con sus propios pies porque su mente estaba igual de revuelta que su aspecto. Se sentía pesado, luego ligero, luego caliente y luego frío. ¡Qué lío tan grande!
En ese momento apareció Ana, una niña de ojos brillantes y sonrisa serena que siempre llevaba consigo un cuaderno de dibujos. Al ver a su amigo, Ana se detuvo en seco.
—¡Vaya, Mochi! —exclamó Ana con suavidad—. Pareces un arcoíris que ha pasado por una licuadora. Tus emociones están todas mezcladas y, cuando están así, simplemente no funcionan. Están tan apretadas que no te dejan respirar.
Mochi soltó un pequeño gruñido de confusión. Ana se acercó y le tomó de la garra peluda.
—No te preocupes —le dijo—. Vamos a ordenarlas. Imagina que cada sentimiento es un tesoro que debemos guardar en su propio frasco. Así, cuando necesites uno, sabrás exactamente dónde encontrarlo y cómo entenderlo.
Primero, Ana buscó algo que brillara. Con un gesto delicado, tocó una mancha amarilla que saltaba en el hombro de Mochi. De repente, esa mancha creció y envolvió al monstruo en una luz cálida.
—Esta es la alegría —explicó Ana—. La alegría es amarilla como el sol que calienta las flores por la mañana. Es brillante como las estrellas y ligera como una burbuja de jabón. Cuando estás alegre, ríes, saltas y quieres compartir tu felicidad con todo el mundo.

Mochi cerró los ojos y recordó el día en que aprendió a columpiarse en las lianas del bosque con sus amigos. Una sonrisa gigante se dibujó en su rostro y parte de su pelaje se volvió de un amarillo radiante y puro. Ana guardó simbólicamente esa luz en un frasco imaginario.
Pero pronto, una sombra azul comenzó a deslizarse por las patas de Mochi. El brillo amarillo se desvaneció un poco.
—Ahora mira esto, Mochi. Esta es la tristeza. Es azul como un día de lluvia suave o como el fondo de un océano profundo. La tristeza es tranquila y un poco fría. A veces te dan ganas de estar solo, de no hacer nada o de llorar un poquito.
Mochi recordó cuando perdió su piedra brillante favorita en el río. Sintió un nudo pequeño en la garganta. Pero Ana le dio un abrazo tierno y le dijo:
—Está bien estar triste, Mochi. Llorar es como limpiar el alma, como cuando la lluvia lava las hojas de los árboles. Si hablas de lo que sientes, el azul ya no se siente tan pesado.
De repente, el pelaje de Mochi vibró con un rojo intenso, casi como si echara chispas.
—¡Cuidado, ahí viene la ira! —advirtió Ana con voz firme pero calmada—. La ira es roja como el fuego que arde con fuerza. Es feroz y parece que nos quema por dentro. A veces sentimos que el mundo es injusto y queremos gritar o romper algo.
Mochi recordó la vez que su torre de bloques se cayó y sintió que quería rugir muy fuerte. Ana lo tomó de las manos.

—Cuando el rojo te atrape, intenta esto: respira profundo por la nariz, como si olieras una flor, y suelta el aire despacio, como si soplaras una vela. Uno... dos... tres... cuatro... cinco.
Mochi respiró y el rojo dejó de arder, convirtiéndose en un color suave y controlado.
Finalmente, una mancha negra y espesa comenzó a temblar en la espalda de Mochi. El monstruo se encogió, haciéndose pequeñito.
—Ese es el miedo —susurró Ana—. El miedo es negro como una noche sin luna en el bosque oscuro. Nos hace sentir pequeñitos y pensamos que no podremos lograr nada. Es como una sombra que nos persigue.
Mochi recordó los ruidos extraños que escuchaba a veces bajo su cama. Ana se sentó a su lado.
—Tener miedo no te hace cobarde, Mochi. Todos lo sentimos. Pero si me das la mano y me cuentas qué te asusta, el miedo se vuelve más pequeño y nosotros nos volvemos más valientes.
Al terminar de hablar, Mochi se miró en el reflejo de un charco de agua clara. Ya no era un enredo de colores. Su pelaje estaba suave y cada color ocupaba su lugar. Se sentía ligero, tranquilo y en paz. Comprendió que no hay emociones malas; todas son parte de él y todas tienen un mensaje importante que darle.
—Gracias, Ana —dijo Mochi con una voz clara—. Ahora ya sé quién soy hoy.
Desde aquel día, cada vez que Mochi siente que sus colores empiezan a mezclarse, se sienta bajo su árbol favorito, respira profundo y, con la ayuda de su amiga, pone cada emoción en su lugar.
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