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Había una vez una niña llamada Lucía, que tenía el cabello rizado como los resortes y una sonrisa que iluminaba cualquier habitación. Pero lo que más amaba Lucía en el mundo entero era a su mascota, un pequeño perrito de color canela llamado Pelusa. Pelusa no era un perro cualquiera; tenía las orejas un poco más largas de lo normal y una cola que no dejaba de moverse ni un segundo, pareciendo un pequeño ventilador de alegría.
Un sábado por la mañana, el sol brillaba con una intensidad especial, de esas que invitan a correr por el césped. Lucía tomó la correa azul de Pelusa y juntos caminaron hacia el Parque de los Sueños, el lugar más grande y verde de la ciudad. El parque estaba lleno de vida: niños volando cometas de colores, abuelos leyendo el periódico en bancos de madera y el dulce aroma de los jazmines flotando en el aire.
Al llegar a su rincón favorito, cerca de un enorme roble centenario, Lucía decidió que era un buen momento para jugar a la pelota. —¡Mira, Pelusa, ve por ella!— gritó Lucía mientras lanzaba una pequeña pelota de goma roja. Pelusa corrió con sus patitas cortas, ladrando de felicidad. Sin embargo, en ese preciso instante, una mariposa de color azul eléctrico pasó volando justo frente a la nariz del perrito. Pelusa, que era muy curioso y un poco distraído, olvidó la pelota y comenzó a seguir a la mariposa, adentrándose en unos arbustos muy espesos.
Lucía esperó unos segundos, pensando que su mascota regresaría pronto con la pelota en la boca. Pero los segundos se convirtieron en minutos. —¡Pelusa! ¡Ven aquí, pequeño!— llamó Lucía, primero con voz juguetona y luego con un tono de preocupación. Caminó hacia los arbustos, pero no había rastro del perro. Corrió hacia los columpios, buscó debajo de los bancos y preguntó a un señor que vendía helados, pero nadie había visto a un perrito canela con orejas largas.

El corazón de Lucía empezó a latir muy rápido y sus ojos se llenaron de lágrimas. Se sentó en una piedra cerca del camino principal y comenzó a llorar en silencio. El parque, que antes parecía un lugar mágico, ahora le resultaba inmenso y aterrador. Se sentía muy sola y pequeña. Justo cuando pensaba que nunca volvería a ver a su mejor amigo, sintió una mano suave en su hombro.
—¿Por qué estás triste? —preguntó una voz dulce. Lucía levantó la vista y vio a una niña de su misma edad, con trenzas oscuras y un vestido lleno de bolsillos. Se llamaba Elena. Lucía, entre sollozos, le explicó que Pelusa se había perdido persiguiendo a una mariposa.
Elena no lo dudó ni un segundo. —No llores, Lucía. Yo te ayudaré a encontrarlo. Dos pares de ojos ven mucho mejor que uno, y además, conozco este parque como la palma de mi mano —dijo Elena con una seguridad que calmó a Lucía de inmediato. Elena sacó de uno de sus bolsillos un silbato de madera y le explicó que el sonido viajaba muy lejos.
Comenzaron la búsqueda de manera organizada. Elena sugirió que fueran hacia la zona de los estanques, ya que a los perros suele darles sed después de correr tanto. Mientras caminaban, Elena le contaba historias divertidas a Lucía para que no se desanimara. Buscaron detrás de la fuente de piedra, recorrieron el laberinto de setos y subieron a la colina de las margaritas. En cada paso, Lucía llamaba el nombre de su mascota y Elena soplaba su silbato de madera.

Después de casi una hora de búsqueda, cuando el sol empezaba a bajar un poco, Elena se detuvo de repente. —¡Escucha! —susurró. A lo lejos, cerca de un puesto de flores abandonado en el extremo norte del parque, se oía un ladrido muy agudo y familiar. ¡Era Pelusa! Las dos niñas corrieron lo más rápido que pudieron. Al llegar al puesto de flores, encontraron a Pelusa atrapado entre unas macetas vacías; se había enredado con una vieja red de jardín mientras intentaba alcanzar a la escurridiza mariposa azul.
Lucía se lanzó al suelo y abrazó a su perrito con todas sus fuerzas. Pelusa le lamió la cara, pidiendo perdón por el susto. Lucía lloraba de nuevo, pero esta vez eran lágrimas de pura felicidad. Elena ayudó a desenredar la patita del perro con mucho cuidado.
—Gracias, Elena. No sé qué habría hecho sin ti —dijo Lucía, todavía abrazando a Pelusa. Elena sonrió y le dio un fuerte abrazo a su nueva amiga. —Para eso están los amigos, aunque nos hayamos conocido hoy —respondió ella.
Esa tarde, Lucía no solo regresó a casa con su amada mascota, sino también con una nueva y gran amiga. Aprendió que, aunque a veces el miedo nos haga sentir perdidos, siempre hay alguien dispuesto a tendernos una mano para ayudarnos a encontrar el camino de regreso a la alegría. Desde aquel día, Lucía, Elena y Pelusa se volvieron inseparables, y cada sábado regresaban al parque, pero esta vez, Lucía nunca soltaba la correa de Pelusa cuando había mariposas azules cerca.
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