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Había una vez, en un rincón escondido del bosque donde los rayos del sol jugaban a las escondidas con las hojas de los árboles, un estanque de aguas tranquilas y cristalinas. En este estanque vivía Saltarina, una pequeña rana de color verde esmeralda con ojos grandes y brillantes que siempre miraban más allá del horizonte. Mientras sus hermanas se conformaban con cazar moscas y dormir sobre las hojas de loto, Saltarina pasaba horas imaginando qué habría más allá de los grandes juncos que rodeaban su hogar.
Un buen día, Saltarina decidió que ya era hora de descubrir el mundo. Se preparó una pequeña mochila hecha con un pétalo de rosa y guardó en ella tres moscas secas y una gota de rocío para el camino. Con un gran salto que dejó una estela de burbujas en el agua, se despidió de su familia. —¡Voy a buscar el Gran Azul!— exclamó con valentía, aunque su corazón latía rápido como el aleteo de un colibrí.
Su primera parada fue el Bosque de los Helechos Gigantes. Para una ranita tan pequeña, los helechos parecían edificios que tocaban el cielo. Allí conoció a Zumbido, una libélula de alas plateadas que se movía con la velocidad del pensamiento. Zumbido se sorprendió al ver a una rana tan lejos de su estanque. —¿A dónde vas, pequeña saltadora?— preguntó la libélula. Saltarina, inflando su pecho con orgullo, respondió: —Voy al Gran Azul, el lugar donde el agua no tiene fin. Zumbido, impresionada por su valor, decidió acompañarla un tramo del camino, guiándola desde el aire para que no se perdiera entre las raíces nudosas de los árboles antiguos.
Juntas cruzaron la Pradera de los Mil Colores, un lugar donde las flores eran tan fragantes que Saltarina casi se marea de felicidad. En la pradera, tuvieron que ser muy cuidadosas, pues el viento soplaba con fuerza y las briznas de hierba se movían como olas verdes. Saltarina aprendió que el mundo no solo era grande, sino también ruidoso y lleno de vida. Escuchó el canto de los grillos, el susurro de las hojas y el lejano murmullo de un río que parecía llamarla por su nombre.
Al tercer día de viaje, el aire empezó a oler diferente. Ya no olía a tierra mojada ni a flores dulces, sino a algo fresco y salado. Zumbido se despidió en el límite del bosque, pues sus alas no eran lo suficientemente fuertes para las brisas costeras. Saltarina continuó sola, saltando sobre rocas grises y atravesando dunas de arena fina que se le pegaba a la barriga. El sol calentaba con fuerza, pero ella no se rindió. Sabía que estaba cerca.
De repente, tras subir una última colina de arena, Saltarina se quedó petrificada. Ante sus ojos se extendía una masa de agua tan vasta y profunda que sus ojos no alcanzaban a ver el final. Era el Gran Azul, el mar. Las olas rompían en la orilla con un sonido rítmico y poderoso, dejando una espuma blanca que parecía algodón de azúcar. Saltarina se acercó con cautela y dejó que el agua bañara sus patitas. ¡Estaba fría y sabía a sal! No se parecía en nada a su estanque, pero era la cosa más hermosa que jamás había visto.
Pasó toda la tarde observando a las gaviotas volar y a los pequeños cangrejos correr por la orilla. Sin embargo, mientras el sol comenzaba a esconderse tras el horizonte, pintando el cielo de tonos naranjas y violetas, Saltarina sintió un pequeño vacío en su pecho. El mar era majestuoso, pero también era solitario para una pequeña rana de estanque. Recordó el croar de su familia por las noches y el sabor del agua dulce bajo la sombra de los sauces.
Con una sonrisa de satisfacción, Saltarina comprendió que la verdadera magia del viaje no era solo llegar al destino, sino descubrir de lo que era capaz. Había cruzado bosques, praderas y dunas. Ahora tenía mil historias que contar. Con la mochila vacía de comida pero llena de recuerdos, Saltarina inició el camino de regreso. No volvería siendo la misma rana; ahora era una exploradora. Y aunque su hogar era pequeño, se sentía más grande que nunca porque ahora sabía que, siempre que quisiera, el mundo entero estaba esperando por ella a solo unos saltos de distancia.
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