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Había una vez un niño llamado Lucas. Lucas tenía seis años, un cabello castaño muy rizado y una sonrisa que iluminaba toda la habitación. Lucas era un niño muy curioso, pero a veces sentía cosas dentro de su pecho que no lograba entender. Unas veces sentía un calor fuerte como un sol de verano, otras veces sentía un peso frío como un cubito de hielo, y a veces sentía cosquillas, como si mil mariposas estuvieran bailando en su barriga.
Una mañana, mientras jugaba en el parque, Lucas sintió un gran nudo en su garganta porque no podía armar una torre de madera. De repente, una pequeña luz dorada comenzó a brillar frente a sus ojos. La luz se transformó en una criatura pequeñita, brillante y suave llamada Destello.
—Hola, Lucas —dijo Destello con una voz que sonaba a campanitas—. Soy el guardián de las emociones. He venido porque he visto que tienes un nudo de colores en tu corazón y quiero enseñarte a desenredarlo. ¿Te gustaría viajar conmigo al Jardín de las Emociones?
Lucas, asombrado, asintió con la cabeza. Destello tocó suavemente la mano de Lucas y, en un abrir y cerrar de ojos, el parque desapareció. Ahora se encontraban en un lugar maravilloso donde el suelo parecía de algodón y los árboles tenían hojas de todos los colores imaginables.
—Este es tu mundo interior, Lucas —explicó Destello—. Aquí viven todas tus emociones. Mira hacia allá, ese es el Monte del Fuego.
Lucas miró y vio un pequeño volcán de color rojo intenso que lanzaba chispas al aire. Lucas recordó que así se sentía cuando su hermano le quitaba un juguete sin permiso.
—Eso es el Enojo —dijo Destello—. El enojo nos hace sentir fuertes y calientes, pero si no lo cuidamos, puede quemar cosas.
Lucas se acercó al volcán y sintió mucho calor. Destello le enseñó un truco: —Cuando el volcán quiera estallar, respira profundo, como si estuvieras inflando un globo gigante en tu barriga, y luego suelta el aire muy despacio, como si quisieras apagar una vela sin que se mueva la llama.

Lucas lo intentó. Inhaló aire por la nariz... uno, dos, tres... y lo soltó por la boca... uno, dos, tres. De repente, el volcán rojo dejó de lanzar chispas y se convirtió en una suave colina de color carmesí. Lucas se sintió mucho mejor.
Caminaron un poco más y llegaron a la Laguna de Cristal. El agua era de un azul profundo y tranquilo, pero caían pequeñas gotas de lluvia que hacían ondas suaves.
—Esta es la Tristeza —susurró Destello—. A veces el cielo se nubla y necesitamos llorar para limpiar el jardín. No es malo estar triste, Lucas. Es como una lluvia que ayuda a que las flores crezcan después.
Lucas recordó cuando se le rompió su crayón favorito. Se sentó junto a la laguna y dejó que una pequeña lágrima rodara por su mejilla. Al tocar el agua, la laguna brilló con una luz hermosa. Lucas entendió que hablar de lo que le ponía triste era como abrir un paraguas en la lluvia.
De pronto, el paisaje cambió. El suelo se volvió de un amarillo brillante y las flores empezaron a saltar y a bailar. El aire olía a palomitas de maíz y a chocolate.
—¡Esta es la Alegría! —exclamó Lucas, empezando a saltar.
—¡Exacto! —rió Destello—. La alegría es saltarina y contagiosa. Es el sol que hace que todo brille. Cuando estés alegre, compártelo, ríe fuerte y abraza a quienes quieres.
Lucas bailó con las flores amarillas y sintió que su pecho se llenaba de luz. Pero entonces, el camino se volvió estrecho y aparecieron sombras largas y de color morado oscuro. Lucas se detuvo, sintiendo que sus piernas temblaban un poquito.

—Eso es el Miedo —dijo Destello suavemente—. El miedo intenta protegernos, pero a veces nos hace ver sombras donde no hay nada. ¿Ves esa cueva oscura?
Lucas asintió con miedo. Destello le dio una linterna invisible. —Para vencer al miedo, solo tienes que encender la luz de la valentía y mirar de cerca. El miedo se hace pequeño cuando lo miramos a los ojos y pedimos ayuda.
Lucas respiró hondo, imaginó su linterna y caminó hacia la sombra. Descubrió que la sombra no era un monstruo, sino solo un árbol viejo con ramas divertidas. El miedo desapareció y Lucas se sintió muy valiente.
Finalmente, llegaron a un prado verde y suave, donde soplaba una brisa fresca. No había ruidos fuertes, solo el sonido de las hojas moviéndose.
—Esta es la Calma —dijo Destello, acostándose en la hierba—. Es el lugar donde descansamos después de todas las aventuras. Aquí es donde podemos pensar con claridad.
Lucas se acostó junto a Destello. Cerró los ojos y escuchó su propio corazón. Ya no había nudos, solo una melodía tranquila.
—Recuerda, Lucas —dijo el pequeño ser de luz—, todas estas emociones viven dentro de ti. No hay ninguna que sea mala. El truco es conocerlas, ponerles nombre y saber qué hacer con ellas. Si estás enojado, respira. Si estás triste, habla. Si tienes miedo, busca la luz. Y si estás feliz, ¡disfruta!
De repente, Lucas abrió los ojos y estaba de vuelta en el parque. Su torre de madera seguía caída, pero ya no sentía el nudo en la garganta. Sonrió, respiró profundo como le enseñó Destello y comenzó a construir de nuevo, esta vez con mucha paciencia.
Desde ese día, cada vez que Lucas siente algo fuerte, cierra los ojos un momento, busca a Destello en su imaginación y visita su jardín mágico para saludar a sus emociones.
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- ¿Qué hizo Lucas cuando se encontró con el volcán rojo del enojo?
- ¿Por qué Destello dice que la tristeza es como la lluvia para el jardín?
- ¿Cómo podemos hacer que el miedo se vuelva pequeño?
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