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Gratis · elegí una vozLeo tenía diez años y un sueño tan grande como el mismísimo Marte: ¡viajar al planeta rojo! No tenía naves espaciales lujosas ni cohetes de la NASA. Lo que sí tenía era una imaginación desbordante y un montón de cajas de cartón, tubos de papel higiénico, botellas de plástico y cinta adhesiva que su vecina, la Señora Elena, guardaba para reciclar.
"¡Esto es oro puro!", exclamaba Leo cada vez que la Señora Elena le permitía rebuscar en su montón de tesoros reciclados. Con paciencia y dedicación, durante semanas, Leo construyó su propia nave espacial en el patio trasero. La llamó "El Cohete Soñador". Era un amasijo colorido de cartón y plástico, adornado con tapas de botellas a modo de botones y antenas hechas con limpiapipas. Tenía incluso un panel de control dibujado con rotuladores, donde aparecían botones con nombres divertidos como "Hipervelocidad Galáctica" y "Expulsor de Purpurina Cósmica".
Aunque "El Cohete Soñador" nunca despegó del suelo (a pesar de los fervorosos intentos de Leo y la ayuda ocasional de su perro, Max, que ladraba emocionado a la estructura), Leo no se desanimaba. Sabía que el verdadero viaje no se hacía con motores, sino con la mente. Se ponía su casco de astronauta hecho con un colador y entraba en su nave. Cerraba los ojos, apretaba el botón de "Hipervelocidad Galáctica" (que en realidad era una tapa de detergente) y... ¡BOOM! Estaba en el espacio.
Veía estrellas fugaces dibujando estelas brillantes, planetas gigantes con anillos de caramelo y nebulosas de algodón de azúcar. Pero su destino final siempre era Marte. A través de la ventanilla redonda hecha con un plato de plástico transparente, Leo observaba el paisaje rojizo. Imagínaba cráteres inmensos, cañones profundos y montañas cubiertas de polvo brillante.
Un día, en su viaje mental, Leo decidió que era hora de explorar Marte a pie. Se puso sus botas espaciales (botas de goma rojas de su papá) y abrió la escotilla (una puerta de cartón que crujía al abrirse). Al salir, sintió la arena marciana (arena del patio trasero, en realidad) bajo sus pies. Era una sensación extraña pero emocionante.
Con pasos cautelosos, exploró el planeta. Vio rocas extrañas con formas de animales, flores de colores imposibles que brillaban con luz propia y escuchó el susurro del viento marciano (el silbido de Max mientras dormía la siesta). De pronto, vio una colina alta. Decidió que ese era el lugar perfecto para plantar su bandera.
La bandera no era una bandera cualquiera. La había hecho su abuela, Doña Carmen, con retales de tela de colores y bordados brillantes. En el centro, había cosido una estrella dorada y las iniciales de Leo: L.C. Con cuidado, Leo clavó la bandera en la cima de la colina marciana. La bandera ondeaba orgullosa, mecida por el viento imaginario. En ese momento, Leo sintió una alegría inmensa. Había conquistado Marte. No con fuerza ni con tecnología, sino con su imaginación y su espíritu aventurero.
De repente, escuchó la voz de su mamá que lo llamaba para cenar. Abrió los ojos, se quitó el casco de astronauta y salió de "El Cohete Soñador". El sol se estaba poniendo y el cielo se teñía de colores anaranjados, muy parecidos a los colores que había visto en Marte.
Esa noche, mientras comía, Leo le contó a su familia sobre su viaje. Su papá sonrió y le dijo: "Leo, quizás algún día puedas viajar de verdad a Marte. Pero recuerda que el viaje más importante es el que haces en tu mente. Ahí puedes llegar a donde quieras".
Leo asintió, sabiendo que su papá tenía razón. Cerró los ojos por un instante y volvió a ver su bandera ondeando en Marte. Sabía que volvería a viajar, una y otra vez, porque en su Cohete Soñador, la aventura nunca terminaba. Y mientras tanto, seguiría añadiendo nuevos detalles a su nave, nuevos botones y luces, para hacer cada viaje aún más increíble. Al fin y al cabo, la imaginación era el combustible más poderoso de todos.
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