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Gratis · elegí una vozRosita vivía en un valle mágico donde las emociones tenían colores. No eran colores que se veían en el cielo o en las flores, sino colores que se sentían en el corazón. Cada emoción importante tenía su propio color, y Rosita, más que nadie, lo sabía. En su jardín secreto, las emociones florecían como plantas exóticas.
El color rosado representaba el amor. Cuando Rosita sentía amor por su familia, por su perrito Trueno, o incluso por el sabor dulce de una fresa, pequeñas rosas rosadas brotaban en su jardín. Algunas eran pálidas como el amanecer, cuando el amor era suave y tierno. Otras eran de un rosa intenso, casi fucsia, cuando el amor era fuerte y apasionado.
El amarillo era la alegría. Oh, la alegría! Cuando Rosita reía a carcajadas al jugar con Trueno, o cuando aprendía algo nuevo en la escuela, girasoles amarillos gigantes aparecían, iluminando todo a su alrededor. Cuanto más intensa era la alegría, más brillantes y radiantes eran los girasoles. A veces, pequeñas mariposas amarillas revoloteaban alrededor de las flores, llevando la alegría a otros jardines.
Y luego estaba el verde, el color de la calma. Cuando Rosita se sentía tranquila, serena y en paz, helechos verdes y suaves alfombraban el suelo de su jardín. El verde olivo era para la tranquilidad suave, como cuando leía un libro bajo la sombra de un árbol. El verde esmeralda era para la calma profunda, como cuando meditaba con su abuela mirando el atardecer.
Un día, una tormenta terrible azotó el valle. El viento soplaba con fuerza, las nubes eran negras y amenazantes, y la lluvia caía a cántaros. Rosita se sintió asustada. En su jardín, las rosas rosadas se marchitaron, los girasoles amarillos se doblaron y los helechos verdes se escondieron bajo la tierra. El miedo, un color gris y turbio, invadió todo.
Rosita corrió a buscar a su abuela, quien siempre sabía qué hacer. "Abuela, mi jardín de las emociones está desapareciendo! El miedo lo está consumiendo todo!" lloró Rosita.
Su abuela la abrazó con cariño. "Rosita," dijo suavemente, "el miedo es una emoción como cualquier otra. No podemos ignorarlo, pero tampoco dejar que nos controle. Recuerda, incluso después de la tormenta, el sol siempre vuelve a salir."
La abuela le sugirió a Rosita que intentara encontrar algo que le diera calma, a pesar del miedo. Rosita pensó un momento. Recordó las historias que su abuela le contaba, las canciones que le cantaba, el olor de las galletas recién horneadas.
Respiró hondo y cerró los ojos. Se imaginó a sí misma acurrucada en el regazo de su abuela, escuchando una de sus historias. Poco a poco, sintió que la calma volvía a ella.
Volvió corriendo a su jardín. Al principio, todo seguía gris y desolado. Pero entonces, vio un pequeño brote verde que asomaba entre las hojas caídas. Era un helecho, pequeño pero persistente.
Rosita se concentró en la calma. Respiró profundamente, sintiendo el olor a tierra mojada. Recordó la voz suave de su abuela, la sensación cálida de su abrazo. Poco a poco, más helechos comenzaron a brotar. El verde se extendió por el jardín, calmando el miedo.
Luego, Rosita pensó en Trueno, su perrito, que probablemente estaba tan asustado como ella. Pensó en lo mucho que lo amaba, en sus juegos, en sus lamidos cariñosos. Una pequeña rosa rosada, pálida pero presente, apareció junto a los helechos.
Finalmente, recordó lo feliz que se sentía al ayudar a su abuela en la cocina, al aprender cosas nuevas, al reír con sus amigos. Un pequeño girasol amarillo, tembloroso pero brillante, se elevó hacia el cielo gris.
La tormenta eventualmente pasó. El sol volvió a brillar, y el jardín de las emociones de Rosita floreció con más fuerza que nunca. Había aprendido una lección importante: todas las emociones son valiosas, incluso el miedo. Y con la ayuda del amor, la alegría y la calma, siempre podía superar cualquier tormenta.
Desde ese día, Rosita cuidó aún más su jardín. Sabía que era un reflejo de su corazón, y que al nutrir sus emociones, nutría su propia felicidad. Y cada vez que sentía el miedo acercarse, recordaba el pequeño helecho verde, la rosa rosada y el girasol amarillo, y sabía que todo estaría bien.
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