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Gratis · elegí una vozHabía una vez una niña llamada Luna. Luna tenía un jardín muy especial dentro de su corazón. No se veían flores ni árboles a simple vista; era un jardín mágico que guardaba cómo se veía y se sentía ella misma.
Un día Luna se preguntó:
— ¿Qué cosas crecen en mi jardín?
Entonces su abuela le dijo:
— Ese jardín se llama autoestima. Es todo lo que piensas y sientes sobre ti. Hay plantas que son tus alegrías, otras que son tus ganas de intentar cosas, y algunas que necesitan más cuidado cuando están marchitas.
Luna miró su jardín y vio de todo:
Había flores coloridas cuando se sentía valiente.
Había una planta pequeña que era su paciencia.
Había semillas de curiosidad listas para brotar.
Y, a veces, había malas hierbas de dudas y miedo.
La abuela le explicó:
— No pasa nada si algunos días tu jardín se ve triste. Todos los jardines tienen días de sol y días de lluvia. Lo importante es aprender a cuidarlo con cariño.
Luna aprendió que cuidar su jardín no significa que siempre vaya a estar perfecto. A veces regaría mucho una planta y la otra se olvidaría; otras veces la regaría poco. Aprendió a escuchar su jardín:
— ¿Qué necesita hoy? ¿Más agua? ¿Más palabras bonitas?
Así empezó Luna a hablar con su jardín. Cuando cometía un error, en vez de gritarse, le decía:
— Gracias, error, por ayudarme a aprender.
Y poco a poco las plantas frágiles volvían a ponerse fuertes.
La abuela también le enseñó que no debía comparar su jardín con el de su amiga. Cada jardín es distinto: unas plantas crecen rápido, otras despacio. Lo importante es amarlo y cuidarlo todos los días.
Luna se volvió jardinera de sí misma. Regó sus habilidades, sacó las malas hierbas de las dudas y celebró cada pequeño brote nuevo. Y así, su jardín fue creciendo, cambiando y volviéndose cada vez más suyo.
Un día, mientras jugaba en el parque, Luna vio a su amigo Mateo muy triste. Se había caído mientras intentaba subirse al tobogán y ahora pensaba que nunca podría hacerlo.
Luna se acercó a él y le dijo:
— Mateo, ¿sabes? Todos tenemos un jardín secreto dentro de nosotros. A veces, en ese jardín, las plantas se marchitan y aparecen malas hierbas. Pero podemos cuidarlas y hacerlas crecer de nuevo.
Mateo la miró con curiosidad.
— ¿Un jardín?
— Sí —dijo Luna—. Tu jardín es tu autoestima. Ahora mismo, tu jardín está un poco triste porque te has caído. Pero tienes semillas de valentía y curiosidad. Si las riegas con cariño, verás cómo florecen.
Luna le contó a Mateo sobre las flores de valentía que crecían en su propio jardín cuando se sentía segura de sí misma, y sobre cómo a veces aparecían malas hierbas de dudas que debía arrancar con cuidado.
Mateo escuchó atentamente. Luego, con la ayuda de Luna, intentó subirse al tobogán otra vez. Esta vez, tuvo más cuidado y, aunque al principio sintió un poco de miedo, logró llegar hasta arriba. Cuando se deslizó hacia abajo, una gran sonrisa iluminó su rostro.
— ¡Lo hice! —exclamó Mateo—. Creo que mi jardín se siente un poco más feliz ahora.
Luna sonrió. Sabía que Mateo había empezado a cuidar su propio jardín interior.
Desde ese día, Luna compartió su secreto con otros amigos. Les enseñó que todos tienen un jardín mágico dentro de ellos, un lugar donde crecen sus sentimientos y pensamientos. Les enseñó a regar sus virtudes, a arrancar las malas hierbas de la inseguridad y a celebrar cada pequeño logro.
Un día, la maestra de Luna les pidió a los niños que dibujaran su jardín interior. Algunos dibujaron flores gigantes y coloridas, otros dibujaron árboles fuertes y frondosos. Algunos incluso dibujaron pequeños monstruos graciosos que representaban sus miedos.
Cuando Luna mostró su dibujo, la maestra se sorprendió. El jardín de Luna era un jardín en constante cambio, con plantas de todos los tamaños y colores. Había flores radiantes, pequeñas hierbas que apenas asomaban y algunas zonas que aún estaban en proceso de florecer.
— Tu jardín es muy especial, Luna —dijo la maestra—. Muestra que estás aprendiendo a cuidarte y a aceptarte tal como eres.
Luna se sintió orgullosa de su jardín, no porque fuera perfecto, sino porque era suyo, un reflejo de su propio crecimiento y aprendizaje.
— ¿Sabes? —dijo Luna— No se trata de tener un jardín perfecto, sino de aprender a quererlo y cuidarlo.
Y colorín, coloradito: Luna y su jardín siguieron creciendo día a día.
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