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Gratis · elegí una vozSemillita era una pequeña semilla de girasol, redondita y llena de esperanza. Vivía en un bolsillo de tela junto a muchas otras semillas, esperando el día en que la mano bondadosa de Don José la plantara en su jardín. Semillita soñaba con crecer alta, muy alta, más que cualquier otro girasol, y tener una flor dorada tan grande como el sol.
Finalmente, llegó el día. Don José sacó a Semillita del bolsillo y la depositó con cuidado en un pequeño agujero en la tierra. La cubrió con tierra suave y le susurró: "Crece, Semillita, crece fuerte." Semillita se sintió feliz y llena de energía.
Empezó a intentarlo. Con todas sus fuerzas, empujó hacia arriba, tratando de romper la barrera de tierra. Intentó, intentó e intentó, pero nada. La tierra parecía demasiado pesada. "¡No te rindas!", se decía a sí misma Semillita. "¡Debes crecer!"
Pasaron los días. El sol brillaba, la lluvia caía, y Semillita seguía intentándolo. Se esforzaba al máximo, enviando pequeñas raíces hacia abajo en busca de agua y energía. Pero, a pesar de todo su esfuerzo, seguía siendo solo una pequeña semilla bajo la tierra. No lograba brotar.
Otros girasoles a su alrededor, semillas plantadas al mismo tiempo, ya habían germinado. Sus tallos verdes se alzaban orgullosos hacia el cielo, y sus hojas se estiraban para recibir el sol. Semillita los veía desde abajo, sintiendo una mezcla de admiración y frustración. "¡Cómo lo hacen!", se preguntaba. "¿Qué estoy haciendo mal?"
Un día, una lombriz curiosa se acercó a Semillita. "Hola", dijo la lombriz. "Te veo esforzándote mucho. ¿Qué intentas hacer?"
"Intento crecer", respondió Semillita con tristeza. "Pero no lo consigo. Lo intento e intento, pero no logro romper la tierra."
La lombriz sonrió. "A veces", dijo la lombriz, "no se trata solo de intentarlo con fuerza. A veces, se trata de encontrar la manera correcta. Quizás la tierra aquí es demasiado compacta. Quizás necesitas algo de ayuda."
Semillita nunca había pensado en pedir ayuda. Siempre había creído que tenía que hacerlo todo sola. Pero las palabras de la lombriz le dieron una idea. "¿Crees que podrías ayudarme?", preguntó Semillita.
"Claro que sí", dijo la lombriz. "Conozco este jardín muy bien. Puedo remover un poco la tierra alrededor tuyo para que sea más fácil para ti."
La lombriz se puso a trabajar, cavando pequeños túneles alrededor de Semillita. La tierra se aflojó, y Semillita sintió un poco de esperanza renovada. Volvió a intentarlo. Esta vez, con un poco menos de resistencia, logró romper la superficie de la tierra. ¡Había brotado!
Un pequeño brote verde salió a la luz, tembloroso pero lleno de vida. Semillita respiró el aire fresco y sintió el calor del sol en su pequeña hoja. Estaba feliz, muy feliz.
Pero su aventura no había terminado. A pesar de haber brotado, Semillita seguía siendo muy pequeña. Los otros girasoles la superaban en altura, y a Semillita le costaba conseguir suficiente luz solar. Intentaba estirarse, intentaba crecer más rápido, pero los otros girasoles le hacían sombra.
De nuevo, Semillita se sintió desanimada. "Nunca seré tan alta como ellos", pensó. "Nunca tendré una flor tan grande como el sol."
Un día, Don José, al ver a Semillita luchando, decidió ayudarla. Con cuidado, trasplantó a Semillita a un lugar más soleado del jardín, donde no tuviera que competir con los otros girasoles.
En su nuevo hogar, Semillita floreció. Recibió mucha luz solar, agua y nutrientes. Creció alta, muy alta, más alta que la mayoría de los otros girasoles. Y su flor, cuando finalmente floreció, era dorada y grande, casi tan grande como el sol.
Semillita aprendió una valiosa lección. Aprendió que es importante intentarlo con todas tus fuerzas, pero también es importante saber cuándo pedir ayuda y cuándo buscar un nuevo camino. Y, sobre todo, aprendió que incluso la semilla más pequeña puede florecer si encuentra el lugar adecuado y recibe el apoyo que necesita.
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