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Había una vez una niña llamada Samantha, de cinco años, que tenía el cabello castaño muy rizado y siempre llevaba puesto su vestido amarillo favorito, el que giraba como una campana cuando ella bailaba. Aquella mañana, Samantha se despertó con una energía especial. El sol entraba por su ventana como hilitos de oro y los pajaritos parecían cantar una melodía solo para ella. Al llegar al jardín de niños, Samantha se sentía como si tuviera mariposas de colores en la panza, pero de las que dan ganas de saltar. Entró al salón saludando a todos con una mano en alto y una hilera de dientes blancos asomándose en su rostro.
—¡Estoy feliz! —gritó con entusiasmo mientras corría hacia el rincón de los bloques. Sus amigos, al verla tan radiante, se contagiaron de su risa. Samantha comenzó a construir un castillo altísimo, imaginando que era un refugio para sus mejores amigos. En ese momento, su mundo era de color brillante, como el sol del mediodía. Saltaba de un lado a otro, ayudando a los demás y compartiendo sus piezas de madera. La alegría era una música suave que la hacía sentir ligera, casi como si pudiera flotar sobre las nubes del salón.
Sin embargo, a media mañana, algo cambió. Samantha quiso buscar a su compañero fiel, un pequeño conejo de peluche azul llamado Copito, que siempre la acompañaba en sus aventuras. Buscó en su mochila, pero estaba vacía. Buscó debajo de las mesas, pero solo encontró migajas de galleta. Buscó en la caja de los cuentos, y Copito no aparecía por ninguna parte. De repente, la música en su interior se detuvo. Sus hombros se encogieron, las comisuras de su boca se curvaron hacia abajo y sus ojos se llenaron de un brillo cristalino. Samantha se sentó en un rincón, sintiendo que un pequeño nudo se le formaba en la garganta.
Su maestra, la señorita Clara, que siempre estaba atenta a los corazones de sus alumnos, se acercó despacio y se puso a su altura. Con una voz dulce como la miel, le preguntó:
—Samantha, ¿qué te pasa? Te veo un poco apagada.
Samantha suspiró y una pequeña lágrima rodó por su mejilla.
—Estoy triste porque no encuentro mi juguete —respondió con un hilo de voz—. Copito se ha perdido y me siento sola sin él.
La señorita Clara le tomó la mano con ternura y le explicó que estar triste es como un día de lluvia: a veces es necesario para que luego las flores crezcan con más fuerza. Le aseguró que la ayudaría a buscarlo más tarde, pero que por ahora, estaba bien sentir esa nostalgia.
Mientras Samantha intentaba recuperar el ánimo, un estruendo repentino sacudió el salón. ¡BUM! Una ráfaga de viento había cerrado la puerta principal con una fuerza descomunal. El sonido fue tan seco y potente que Samantha dio un brinco. Sus ojos se abrieron como dos lunas llenas, su corazón empezó a latir rápido, rápido, como un tambor en plena fiesta, y sus manos se cerraron con fuerza. El miedo la había visitado de repente. Se quedó paralizada por un segundo, mirando hacia la puerta con desconfianza. El miedo era como una sombra gris que la hacía querer esconderse detrás de la maestra.
La señorita Clara, notando el susto de la niña, la abrazó suavemente y le explicó que el miedo es un guardián que nos avisa de los peligros, pero que en ese salón, ella siempre estaría a salvo. Poco a poco, los latidos de Samantha se calmaron y sus ojos recuperaron su tamaño normal. Al poco rato, mientras acomodaban los libros de la biblioteca, Samantha vio algo azul asomando detrás de un gran cojín verde. ¡Era la oreja de Copito!
Al ver a su conejo, la tristeza se evaporó como el rocío del jardín. Samantha corrió a recogerlo y lo apretó contra su pecho con todas sus fuerzas. El alivio y la felicidad volvieron a inundar su cuerpo. Estaba tan agradecida y emocionada que corrió hacia la señorita Clara y le dio el abrazo más grande y cálido del mundo. Sus brazos rodeaban a la maestra con una fuerza llena de cariño.
Al final del día, cuando su mamá llegó a buscarla, Samantha no solo llevaba su mochila y a Copito bajo el brazo, sino también una gran lección en su corazón. Había aprendido que su cara podía cambiar muchas veces: podía ser una cara de sol con la alegría, una cara de nube con la tristeza o una cara de sorpresa con el miedo. Pero lo más importante de todo era que siempre podía usar sus palabras para contar lo que sentía y que pedir ayuda era el superpoder más grande que tenía. Samantha salió del jardín saltando, lista para enfrentar cualquier emoción que el mañana le trajera, sabiendo que cada carita era una parte especial de quién era ella.
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