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Gratis · elegí una vozGustavo Echeverría vivía en la comunidad de la Compañía, cerca de San Pablo del Lago, en el sector del Desaguadero. Una tarde, cuando el sol empezaba a despedirse y las sombras se alargaban, su padre, Telmo Echeverría, le dijo: “¡Gustavo, vamos a recoger maíz para el tostado de mañana!”. A Gustavo le encantaba ayudar a su papá, así que saltó de alegría.
Salieron caminando hacia el terreno de maíz, sintiendo la frescura de la noche en sus mejillas. No llevaban linterna, pues estaban acostumbrados a la oscuridad del campo. Las estrellas brillaban como pequeños diamantes en el cielo oscuro. Gustavo iba cantando una canción que había aprendido en la escuela, mientras su papá le contaba historias de cuando era niño.
Llegaron al maizal. Las plantas eran altas y sus hojas susurraban con la brisa. Empezaron a buscar las mazorcas más grandes y maduras. Gustavo se sentía como un pequeño explorador en una selva verde. De repente, todo se iluminó.
No era la luna, que todavía estaba escondida detrás de las montañas. Tampoco eran las estrellas, que ahora parecían palidecer ante la nueva luz. Era algo completamente diferente. Una luz brillante, de colores rojo, azul, amarillo y plateado, apareció en el cielo. Las luces estaban dispuestas en un círculo y giraban rápidamente.
Gustavo y su papá se quedaron boquiabiertos. La luz venía de un objeto que nunca habían visto antes. Era como un plato gigante que volaba sobre ellos, ¡un platillo volador! El objeto se encontraba a la altura de un eucalipto grande.
El miedo los invadió. Sin pensarlo dos veces, se tiraron al suelo, escondiéndose entre las plantas de maíz. Se quedaron quietos como estatuas, conteniendo la respiración. El silencio era absoluto, excepto por el zumbido suave de las luces que giraban. No sabían qué era esa cosa extraña ni qué quería.
“¡Papá, qué es eso?”, susurró Gustavo, con la voz temblorosa.
“No lo sé, hijo”, respondió su papá, apretándolo contra el suelo. “Pero no te muevas. Quédate quieto y en silencio”.
El platillo volador siguió girando sobre ellos, iluminando el maizal con sus luces de colores. Parecía que los estaba observando. Gustavo sentía que el corazón le latía tan rápido que podría salirse de su pecho. Tenía mucho miedo, pero también sentía una gran curiosidad. ¿Qué había dentro de ese plato brillante? ¿Quiénes lo manejaban?
Después de lo que pareció una eternidad, el platillo volador empezó a elevarse lentamente. Las luces fueron perdiendo intensidad hasta que se convirtieron en un pequeño punto brillante en el cielo. Finalmente, desapareció en la oscuridad, dejando a Gustavo y a su papá temblando en el maizal.
Se levantaron del suelo, cubiertos de tierra y hojas secas. Se miraron el uno al otro, con los ojos llenos de asombro y miedo.
“¿Lo viste, papá? ¿De verdad lo vimos?”, preguntó Gustavo, todavía incrédulo.
“Sí, hijo, lo vimos”, respondió su papá, con la voz seria. “Vimos algo que no podemos explicar”.
Recogieron unas pocas mazorcas de maíz, ya sin ganas de quedarse mucho tiempo en el maizal. Caminaron de regreso a casa en silencio, pensando en lo que acababan de presenciar. La noche ya no parecía la misma. Las estrellas brillaban con una luz diferente, y el viento susurraba historias misteriosas.
Al llegar a casa, le contaron a la mamá de Gustavo lo que había sucedido. Ella los escuchó con atención, sin interrumpirlos. Al final, les dijo: “Tal vez era solo un avión con luces raras, o un satélite que pasó cerca. No hay que asustarse”.
Pero Gustavo y su papá sabían que lo que habían visto no era un avión ni un satélite. Era algo más, algo inexplicable, algo que los había dejado marcados para siempre. Esa noche, Gustavo no pudo dormir bien. Soñó con platillos voladores, luces de colores y pequeños seres verdes que lo saludaban desde el espacio.
Al día siguiente, mientras comían el tostado hecho con el maíz que habían recogido, Gustavo le preguntó a su papá: “¿Crees que volveremos a ver el platillo volador?”.
Su papá sonrió y le dijo: “No lo sé, hijo. Pero si lo volvemos a ver, ya sabremos qué hacer: ¡tirarnos al suelo y esperar a que se vaya!”.
Y así, la historia del maíz y el platillo volador se convirtió en una anécdota familiar, una historia que contarían a sus nietos y bisnietos, recordando siempre la noche en que la magia y el misterio descendieron sobre el maizal.
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