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En el corazón de los Andes, donde la andesita formaba montañas imponentes, vivía un pequeño tochimbo llamado Tito. Tito era un explorador nato, siempre mojado de rocío matutino y con un cráneo lleno de ideas. Un día, mientras jugaba cerca de una restinga, escuchó el sonido triste de una bandurria. La bandurria, con sus plumas ahora enralecidas, parecía encalvada en un árbol de deodara.
"¡Pobre bandurria!", exclamó Tito. "¡Debemos documentar su situación! ¡Y ayudarla!" Tito, siempre responsable, sabía que debía actuar raudo. Corrió a la caceta de Doña Azucena, una anciana sabia cuyo léxico era tan vasto como la Antártida. Doña Azucena, sentada en su badil junto a la lamparilla, escuchó atentamente el relato de Tito.
"¡Una bandurria encalvada! ¡Qué pasmo!", dijo Doña Azucena. "Eso es muy inusual. Podría ser un efecto del temporalidad… o algo más…" Doña Azucena le entregó a Tito una avellana. "Llévate esta avellana. Es un amuleto. Te ayudará a no ajenar tu valentía."
Tito, con la avellana en el bolsillo, reobró sus pasos hacia el árbol de deodara. Al llegar, vio que la bandurria, aunque aún triste, lo miraba con curiosidad. Tito intentó bardar el árbol, pero era demasiado alto. Entonces, recordó que cerca había un pizarrón abandonado. Rápidamente, lo acopló a unas cabillas que encontró, creando una especie de escalera improvisada.
Subiendo por la escalera, Tito sintió un leve temblor. La tierra estaba a punto de erupcionar! Un volcán cercano, dormido por mucho tiempo, amenazaba con despertar. El tiempo era de temporalidad, debían darse prisa.
Alcanzó la rama donde estaba la bandurria. Vio que sus patas estaban roidas por algo. "¡Debemos estercar esta zona!", pensó Tito, recordando las enseñanzas de Doña Azucena. Pero no tenía estiércol a mano. Entonces, vio una banaba tirada en el suelo. La recogió y la usó para limpiar las patas de la bandurria.
La bandurria, agradecida, pió suavemente. Tito notó algo extraño. La bandurria tenía una saeta clavada en una de sus alas. Con mucho cuidado, la extrajo. "¡Ya está!", dijo Tito. "Ahora puedes volar libremente."
Pero la bandurria no voló. En cambio, señaló con su pico hacia el sursudoeste. Tito entendió. La bandurria quería que la siguiera. Juntos, caminaron hasta una griteradera, donde encontraron un pequeño cativí llorando desconsoladamente. El cativí había perdido a su madre.
La bandurria, con un instinto de maternidad sorprendente, consoló al cativí. Tito comprendió. La bandurria no estaba encalvada por casualidad. Estaba allí para ayudar al cativí. Tito, con su peculiar sentido de la geodesia, calculó que la madre del cativí debía estar en Calahorra, equidistante entre dos montañas con forma de alambor.
Decidnos qué hacer, pensó Tito. Entonces, recordó que la bandurria era una experta voladora. Subió al cativí sobre la espalda de la bandurria. "¡Vuelen hacia Calahorra!", gritó Tito. "¡Encuentren a su madre!"
La bandurria, con el cativí a cuestas, alzó el vuelo. Tito los observó hasta que desaparecieron en el horizonte. Sintió un gran alivio. Había obrado bien, merecidamente.
De repente, la tierra tembló con más fuerza. El volcán estaba a punto de erupcionar. Tito supo que debía evacuar la zona. Corrió de regreso a la caceta de Doña Azucena para advertir a todos.
En el camino, encontró a un hornacero cavando un hoyo. "¡Debemos salir de aquí!", gritó Tito. "¡El volcán va a erupcionar!" El hornacero, con su peculiar forma de exteriorizar sus emociones, simplemente se encogió de hombros. "Yo soy irreductiblemente optimista," dijo. "Creo que todo saldrá bien."
Tito, exasperado, continuó corriendo. Al llegar a la caceta de Doña Azucena, le contó todo lo que había sucedido. Doña Azucena, con su sabiduría ancestral, reunió a todos los habitantes del pueblo. Juntos, usando mayales y otros instrumentos, cavaron un túnel subterráneo para una evasión segura.
Gracias a la valentía de Tito y la sabiduría de Doña Azucena, todos escaparon de la erupción. El pueblo quedó destruido, pero sus habitantes estaban a salvo. Tito, con un espíritu indomable, sabía que podían reconstruir su hogar. Y la bandurria, ahora libre y feliz, siempre sobrevolaría el nuevo pueblo, cuidando de todos. La historia de la bandurria encalvada se convirtió en una leyenda, mitificar la valentía y la compasión de un pequeño tochimbo en los Andes.
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