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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un valle escondido tras las Montañas Susurrantes, un pueblo peculiar llamado Villa Fea. Sus habitantes, los Feísimos, eran… bueno, digamos que no ganaban concursos de belleza. Tenían narices torcidas, orejas puntiagudas, dientes desparejos y colores de piel un tanto extraños: verde lima, azul celeste y rosa chicle, entre otros.
Un día, una pequeña Feísima llamada Lila, de piel morada con lunares amarillos y una nariz que apuntaba hacia el cielo, escuchó un comentario que la dejó pensando. Un viejo Feísimo, Don Rufino, suspiró diciendo: "Hola feisisimos, porque yo si ay tantos." Lila no entendió bien. ¿Por qué había tantos Feísimos? ¿Y por qué Don Rufino sonaba tan triste?
Lila decidió investigar. Primero, fue a ver a la anciana Doña Petunia, la sabia del pueblo. Doña Petunia, con su piel verde musgo y una verruga en la barbilla que parecía un higo, le explicó: "Verás, Lila, hace muchos años, Villa Fea era un lugar como cualquier otro. Pero un día, una bruja malhumorada, llamada Bruja Bella, lanzó un hechizo sobre el valle. Quería que todos fueran tan perfectos como ella. Pero el hechizo salió mal. En lugar de hacer a todos perfectos, los hizo… diferentes. Muy diferentes."
Lila frunció el ceño morado. "¿Y por qué Don Rufino está triste? ¿No le gusta ser Feísimo?"
Doña Petunia sonrió, mostrando sus dientes amarillentos. "Don Rufino ha olvidado algo importante. La Bruja Bella no logró quitarles algo muy valioso: la alegría. Los Feísimos, a pesar de su aspecto, son las criaturas más felices del mundo. Se ríen, cantan, bailan y se quieren tal como son."
Lila, animada, fue a buscar a Don Rufino. Lo encontró sentado en una roca, mirando el río Burbujeante. "Don Rufino", dijo Lila, "Doña Petunia dice que usted ha olvidado lo felices que somos los Feísimos."
Don Rufino suspiró de nuevo. "Pero mira cómo somos, Lila. Somos… feos."
Lila se sentó a su lado. "Pero somos únicos, Don Rufino. Y somos felices. Mire a su alrededor. Ve a Doña Hortensia, con sus tres ojos y su pelo de zanahoria, horneando pasteles de barro. Ve a los gemelos Grog y Glug, con sus diez dedos en cada mano, jugando a las canicas de piedra. Todos son diferentes, y todos son felices."
Don Rufino miró a su alrededor. Vio a los Feísimos haciendo sus actividades diarias, riendo y disfrutando. Vio a Lila, con su piel morada y su nariz apuntando al cielo, sonriéndole con sinceridad.
De repente, Don Rufino soltó una carcajada. "¡Tienes razón, Lila! Somos feos, pero somos felices. La Bruja Bella no pudo quitarnos eso."
Lila y Don Rufino se unieron a los demás Feísimos. Bailaron, cantaron y comieron pasteles de barro. Lila entendió que la belleza no era lo más importante. Lo importante era ser feliz y aceptar a los demás tal como eran.
Al día siguiente, Lila tuvo una idea brillante. Decidió organizar un festival en honor a la diferencia. Invitó a todos los pueblos vecinos, incluso a la Bruja Bella (aunque no esperaba que viniera). Preparó juegos, bailes y comidas extrañas y deliciosas.
Para su sorpresa, la Bruja Bella apareció. Estaba arrugada, gruñona y, para ser honesta, bastante fea. Lila se acercó a ella sin miedo. "Bruja Bella", dijo Lila, "queremos mostrarle lo felices que somos los Feísimos. No importa cómo seamos por fuera. Lo importante es lo que sentimos por dentro."
La Bruja Bella observó a los Feísimos bailar y reír. Vio la alegría en sus ojos y la sinceridad en sus corazones. Por primera vez en mucho tiempo, sintió una punzada de envidia. No envidia por su belleza, sino por su felicidad.
Lentamente, una sonrisa se dibujó en el rostro arrugado de la Bruja Bella. "Quizás", dijo, "quizás la belleza no lo es todo."
La Bruja Bella se unió al festival. Bailó con los Feísimos, comió pasteles de barro y, por primera vez en su vida, se sintió aceptada. Al final del día, la Bruja Bella deshizo el hechizo. Pero algo curioso sucedió. Los Feísimos no cambiaron. Estaban tan acostumbrados a ser diferentes, que preferían quedarse como estaban.
Villa Fea siguió siendo Villa Fea, el pueblo de los Feísimos felices. Y Lila, la pequeña Feísima con la nariz apuntando al cielo, aprendió que la verdadera belleza reside en la diferencia y en la alegría de ser uno mismo.
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