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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de campos de flores, un niño llamado Tomás. A Tomás le encantaba jugar al fútbol más que a cualquier otra cosa. Tenía un balón rojo, su tesoro más preciado, que siempre llevaba consigo. Un día soleado, Tomás estaba jugando en el parque con su amigo Lucas. Lucas era un poco más grande y a veces, un poco brusco.
Mientras jugaban, Tomás chutó el balón con todas sus fuerzas. ¡Pum! El balón salió volando por encima de la cerca del parque y aterrizó en el jardín del vecino, Don Ernesto, un señor mayor que siempre parecía un poco gruñón.
Tomás corrió hacia la cerca. Don Ernesto estaba en su jardín, regando sus rosales. Tomás no vio el balón por ningún lado.
"¡Don Ernesto! ¡Don Ernesto!" gritó Tomás. "¿Ha visto mi balón rojo? Cayó en su jardín."
Don Ernesto se enderezó lentamente, frunció el ceño y miró a Tomás por encima de sus gafas. "¿Un balón? No he visto ningún balón. Y además, estoy muy ocupado regando mis rosas."
Tomás se sintió muy frustrado. Estaba seguro de que el balón estaba en el jardín de Don Ernesto. Pensó en gritarle, en saltar la cerca y buscar el balón él mismo. Pero recordó lo que su mamá siempre le decía: "Tomás, antes de enfadarte, intenta hablar y escuchar. A veces, las cosas no son lo que parecen."
Respiró hondo y dijo con calma: "Don Ernesto, estoy seguro de que mi balón cayó aquí. Es rojo y muy brillante. ¿Podría, por favor, buscarlo un momento? Es muy importante para mí."
Don Ernesto suspiró. "Está bien, está bien," dijo. "Pero no prometo nada. Mis rosas son muy delicadas y no quiero que nadie las pise."
Don Ernesto dejó la manguera y caminó lentamente por el jardín. Tomás esperó ansiosamente junto a la cerca. Después de unos minutos, Don Ernesto regresó, pero no tenía el balón.
"Te lo dije," dijo Don Ernesto. "No hay ningún balón aquí. Quizás voló a otro lugar."
Tomás se sintió muy triste. Estaba seguro de que Don Ernesto no estaba diciendo la verdad. Pero en lugar de enfadarse, recordó las palabras de su mamá. Decidió intentar hablar con Don Ernesto de nuevo.
"Don Ernesto," dijo Tomás con voz suave. "Estoy muy triste porque he perdido mi balón. Era un regalo de mi abuelo y lo quiero mucho. ¿De verdad no lo ha visto? Quizás está escondido detrás de un rosal."
Tomás vio que la expresión de Don Ernesto cambiaba un poco. Parecía menos gruñón y más… preocupado.
"Mira, muchacho," dijo Don Ernesto. "La verdad es que… sí vi un balón. Pero… pensé que era un balón viejo y abandonado. Lo puse en el cobertizo."
Tomás sintió un gran alivio. "¿De verdad? ¿Puedo verlo, por favor?"
Don Ernesto asintió. "Claro, vamos al cobertizo."
Don Ernesto llevó a Tomás al cobertizo, que estaba lleno de herramientas y objetos antiguos. Buscó un poco y, finalmente, sacó el balón rojo de Tomás. Estaba un poco sucio, pero era el mismo balón.
Tomás saltó de alegría. "¡Es mi balón! ¡Muchas gracias, Don Ernesto!"
Don Ernesto sonrió un poco. "De nada, muchacho. Lo siento, pensé que no era importante. A veces, uno se equivoca."
Tomás abrazó su balón con fuerza. "No importa, Don Ernesto. Lo importante es que lo encontré. ¿Le gustaría jugar al fútbol conmigo alguna vez?"
Don Ernesto se sorprendió. "¿Yo? Jugar al fútbol… Bueno, hace mucho que no juego. Pero… quizás algún día."
Tomás y Don Ernesto salieron del cobertizo. Tomás le dio las gracias a Don Ernesto una vez más y corrió de vuelta al parque, donde Lucas lo estaba esperando.
"¡Lo encontré!" gritó Tomás, mostrando el balón a Lucas.
Lucas estaba muy contento de ver a Tomás de nuevo con su balón. Le preguntó cómo lo había encontrado, y Tomás le contó toda la historia.
"¡Wow!" dijo Lucas. "Pensé que Don Ernesto era muy gruñón y que nunca te devolvería el balón. Pero veo que hablar ayuda."
Tomás asintió. "Sí, Lucas. Hablar, escuchar y expresar cómo me siento es mucho mejor que enfadarse. Aprendí que a veces, las personas no son tan malas como parecen, solo necesitan que las entendamos."
Desde ese día, Tomás y Lucas siguieron jugando al fútbol en el parque. Y a veces, Don Ernesto los observaba desde su jardín, con una pequeña sonrisa en su rostro. Incluso, un día, Don Ernesto se animó a dar unos toques al balón con Tomás. Todos aprendieron que la comunicación es la llave para resolver malentendidos y construir amistades inesperadas.
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