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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un barrio lleno de árboles y casas coloridas, un señor llamado Don Ricardo. Pero todos lo conocían como el Señor Bigotes, porque tenía un bigote grande y esponjoso que siempre parecía estar sonriendo. El Señor Bigotes tenía cuarenta años y le encantaba pasear por el parque todos los domingos. Se sentaba en su banco favorito, leía el periódico y observaba a los niños jugar.
Un domingo soleado, mientras el Señor Bigotes leía sobre las aventuras de un gato detective, sintió algo que le rozaba la pierna. Bajó el periódico y ¡oh, sorpresa! Un perro pequeño, con el pelo revuelto y las orejas caídas, lo miraba con ojos brillantes y llenos de esperanza.
El perro movía la cola con tanta energía que parecía que iba a despegar. El Señor Bigotes le preguntó: "¿Hola, amiguito? ¿Estás perdido?" El perro ladró suavemente, como si le estuviera respondiendo. El Señor Bigotes le ofreció un trozo de su galleta de jengibre, y el perro la devoró en un segundo.
Después de la galleta, el perro no se movió de su lado. Lo siguió mientras caminaba alrededor del parque, olió cada árbol que el Señor Bigotes olía y hasta intentó subirse al banco con él. El Señor Bigotes se reía. Nunca había tenido un perro antes. Siempre había pensado que eran mucha responsabilidad, pero este perrito era diferente. Era como si lo hubiera conocido de toda la vida.
Cuando llegó la hora de volver a casa, el Señor Bigotes se despidió del perro. "Adiós, amiguito. Espero que encuentres a tu familia." Pero el perro no parecía entender. Lo siguió hasta la puerta de su casa y se sentó pacientemente a esperar. El Señor Bigotes sintió un vuelco en el corazón. No podía dejarlo ahí solo.
"Está bien, está bien," dijo el Señor Bigotes. "Puedes quedarte aquí por esta noche. Mañana buscaremos a tus dueños." Abrió la puerta y el perro entró corriendo, explorando cada rincón de la casa con entusiasmo. El Señor Bigotes le preparó un plato con agua y le dio un trozo de pollo que le había sobrado del almuerzo. El perro comió con ganas y luego se acurrucó a sus pies mientras el Señor Bigotes veía la televisión.
Al día siguiente, el Señor Bigotes puso un anuncio en el periódico y pegó carteles por todo el barrio. Decían: "Perro perdido encontrado. Pequeño, peludo y muy amigable. Si lo reconoces, llama al Señor Bigotes." Pero nadie llamó. Pasaron los días y el perro seguía ahí, feliz y contento de estar con el Señor Bigotes.
El Señor Bigotes comenzó a encariñarse con el perro. Le puso un nombre: Peluso, porque su pelo siempre estaba un poco despeinado. Lo sacaba a pasear por el parque todas las mañanas, jugaba con él a la pelota y le contaba historias sobre el gato detective del periódico. Peluso lo escuchaba atentamente, moviendo la cola y lamiendo su mano de vez en cuando.
Un día, mientras paseaban por el parque, el Señor Bigotes vio a una niña llorando. Se acercó a ella y le preguntó qué le pasaba. "He perdido a mi perro," dijo la niña entre sollozos. "Se llama Max y es muy pequeño y peludo." El Señor Bigotes sintió un nudo en el estómago. ¿Sería posible que Peluso fuera Max?
Llamó a Peluso y le dijo: "Peluso, ven aquí." El perro corrió hacia él, moviendo la cola. La niña lo miró con los ojos muy abiertos. "¡Max!" gritó. "¡Max, eres tú!" Corrió hacia el perro y lo abrazó con fuerza. Peluso, o mejor dicho, Max, lamió su cara con alegría.
El Señor Bigotes sintió una gran tristeza. Sabía que Max pertenecía a esa niña, pero se había acostumbrado tanto a tenerlo a su lado. La niña, llamada Sofía, le dio las gracias al Señor Bigotes una y otra vez. "Lo hemos estado buscando por todas partes," dijo. "Estaba muy preocupada."
El Señor Bigotes sonrió, aunque por dentro estaba triste. "Me alegro de haberlo encontrado," dijo. "Es un perro muy especial." Sofía invitó al Señor Bigotes a visitarlos cuando quisiera. "Max estará encantado de verte," dijo.
Esa noche, la casa del Señor Bigotes se sentía muy vacía. Se sentó en su sillón favorito y suspiró. Extrañaba los ladridos de Peluso, sus lametones y su compañía. De repente, escuchó un rasguño en la puerta. La abrió y ¡oh, sorpresa! Era Max, con Sofía a su lado.
"Max se escapó," dijo Sofía riendo. "Corrió hasta aquí. Creo que te extraña mucho." El Señor Bigotes abrazó a Max con fuerza. "Yo también te extrañé, amiguito," dijo. Sofía le propuso al Señor Bigotes que cuidara a Max algunos días a la semana. "Así los dos pueden estar felices," dijo.
El Señor Bigotes aceptó encantado. A partir de ese día, Max pasó algunos días con Sofía y otros con el Señor Bigotes. Los dos lo querían mucho y Max los quería a los dos. El Señor Bigotes ya no se sentía solo los domingos en el parque. Ahora tenía un amigo peludo que lo acompañaba a todas partes, y juntos vivieron muchas aventuras, incluso mejores que las del gato detective del periódico. Y así, el Señor Bigotes aprendió que a veces, las mejores sorpresas llegan cuando menos te lo esperas, y que la amistad puede encontrarse en el lugar más inesperado, ¡incluso en un perro perdido en el parque!
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