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Gratis · elegí una vozEn el Colegio Arcoíris, en el corazón de Bogotá, se encontraba la clase de danza más vibrante de toda la ciudad. Treinta estudiantes, un crisol de culturas y personalidades, llenaban el salón con su energía. Había niños de tercero, cuarto y quinto grado, con edades entre los 8 y los 12 años. Algunos habían nacido en Bogotá, pero otros venían de lugares tan diversos como Santander, Tolima, Cundinamarca, Boyacá e incluso la calurosa Barranquilla. También había pequeños de Colombia y Venezuela, cada uno aportando un pedacito de su tierra a la clase. Algunos vivían con papá y mamá, otros solo con sus mamás, en casas acogedoras o apartamentos llenos de vida.
Les encantaba el fútbol, el patinaje y el voleibol. En sus ratos libres, jugaban fútbol, veían televisión (¡aunque no tanto!), jugaban con los celulares de sus padres (¡a escondidas, a veces!) o corrían libres en el parque. ¡Casi a todos les gustaban las verduras y las frutas! Y no faltaba nunca una buena botella de agua. Sus comidas favoritas eran tan variadas como ellos: pasta, arroz chino, arroz con pollo, pescado, arepa con queso, ensaladas coloridas, hayacas navideñas, tamal humeante y, por supuesto, ¡chocolate caliente! Lo que más amaban del colegio era compartir con sus amigos, jugar en el recreo y aprender cosas nuevas, ¡además de la deliciosa comida que les daban! Lo que no les gustaba tanto era el brócoli (¡puaj!) y el exceso de sal en la comida. Y entre las tareas del hogar, tender la cama y lavar los platos eran las menos populares. Muchos solo comían bien durante la semana, gracias a la comida del colegio. Sus personas favoritas eran sus papás, mamás, abuelos y primos. Y, por supuesto, ¡a todos les encantaban los animales!
La clase de danza era un hervidero de energía positiva. Todos eran activos, dinámicos y, en su mayoría, respetuosos. ¡Les encantaba bailar y cantar! Siempre llegaban con buena energía y disposición para aprender. Eran creativos y se fascinaban con cada nueva coreografía. Siempre cuestionaban los movimientos, preguntando el porqué de cada paso. Algunos manejaban la lateralidad a la perfección, mientras que a otros les costaba un poco más. Algunos tenían más resistencia física que otros. Y algunos, ¡ay!, tenían un ritmo innato que contagiaba a todos.
Pero, como en toda clase, había desafíos. Una niña, Sofía, un día confesó sentirse avergonzada de sus movimientos. "¡Es que me veo rara!", dijo con voz temblorosa. Y luego estaban Juan, Pedro y Carlos, tres traviesos que a veces hacían de las suyas. Les costaba seguir las instrucciones, a menudo interrumpían la clase, gritaban y, en ocasiones, incluso empujaban a sus compañeros. Parecía que siempre buscaban llamar la atención, ya fuera con su voz o con sus acciones. Además, varios estudiantes tropezaban con sus propios pies, lo que a veces les causaba dolores musculares y calambres.
Un día, algo extraño ocurrió. Durante la práctica de una nueva coreografía inspirada en los bailes tradicionales colombianos y venezolanos, el ritmo pareció desvanecerse. La música sonaba, pero los pies no respondían. Los estudiantes se sentían torpes y desorientados. Incluso los más talentosos parecían haber olvidado los pasos. Era como si alguien hubiera robado el ritmo de la clase.
La profesora Elena, una mujer sabia y paciente, notó la frustración en los rostros de sus alumnos. Se detuvo un momento y los reunió en círculo. "¿Qué está pasando?", preguntó con suavidad.
Sofía levantó la mano. "Profesora, creo que alguien nos robó el ritmo", dijo con seriedad.
Juan, Pedro y Carlos, sorprendentemente, asintieron con la cabeza. Parecía que incluso ellos sentían la falta del ritmo.
La profesora Elena sonrió. "Tal vez no nos robaron el ritmo, sino que lo perdimos", dijo. "A veces, cuando nos preocupamos demasiado por hacerlo perfecto, olvidamos disfrutar el movimiento. Cuando nos comparamos con los demás, olvidamos que cada uno tiene su propio ritmo".
Entonces, la profesora Elena propuso un ejercicio diferente. Les pidió a todos que cerraran los ojos y sintieran la música en su interior. Que olvidaran los pasos y simplemente se dejaran llevar por el ritmo de sus corazones.
Poco a poco, la magia regresó. Los estudiantes comenzaron a moverse con mayor libertad y confianza. Sofía descubrió que sus movimientos no eran raros, sino únicos. Juan, Pedro y Carlos encontraron una manera de canalizar su energía en el baile, sin interrumpir a los demás. Todos entendieron que el ritmo no era algo que se podía robar, sino algo que se encontraba dentro de cada uno. Y que la danza no se trataba de ser perfecto, sino de expresar su alegría, su creatividad y su individualidad. Al final de la clase, el salón volvió a vibrar con la energía y la alegría de siempre. El misterio del ritmo robado se había resuelto, no con una investigación detectivesca, sino con una lección de autodescubrimiento y aceptación.
De camino a casa, reflexionaron. ¿Qué significaba realmente tener ritmo? ¿Era solo seguir los pasos correctamente, o era algo más profundo, conectado con el corazón y la alegría? ¿Y cómo podían ayudar a Sofía a sentirse más segura de sus movimientos, y a Juan, Pedro y Carlos a encontrar una manera positiva de expresar su energía? La clase de danza era mucho más que solo aprender a bailar; era un lugar para crecer, aprender y descubrirse a sí mismos.
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