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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de campos verdes y flores silvestres, un niño llamado Tomás. Tomás no era como los demás niños. No le gustaba jugar al fútbol ni coleccionar canicas. A Tomás le encantaba saltar. Saltaba sobre las piedras, sobre los charcos, incluso sobre las hormigas (con mucho cuidado, ¡claro!).
Un día, mientras Tomás saltaba en el jardín de su casa, vio un sapo enorme sentado sobre una hoja de lechuga. El sapo era verde brillante y tenía unos ojos grandes y dorados. Tomás se detuvo y lo observó con curiosidad.
"¡Hola!" dijo Tomás al sapo.
El sapo lo miró fijamente y luego, ¡zas!, saltó. Dio un salto increíblemente alto, mucho más alto de lo que Tomás había visto saltar a ningún sapo antes. Tomás quedó boquiabierto.
"¡Guau! ¡Qué salto!" exclamó Tomás. "Yo también quiero saltar así."
El sapo, que se llamaba Rufino (aunque Tomás no lo sabía aún), se sintió halagado. Nunca nadie le había elogiado tanto por sus saltos. "Bueno, jovencito," dijo Rufino con una voz ronca, "saltar no es tan fácil como parece. Se necesita práctica y técnica."
Tomás, emocionado, se acercó al sapo. "¿Me enseñarías? Por favor, por favor, por favor…"
Rufino lo pensó por un momento. Nunca había enseñado a nadie a saltar, y la verdad, le parecía una idea un poco extraña. Pero la insistencia de Tomás y su mirada llena de ilusión lo convencieron. "Está bien," dijo Rufino. "Te enseñaré. Pero tendrás que seguir mis instrucciones al pie de la letra."
Así comenzó el entrenamiento de Tomás. Rufino le explicó la importancia de flexionar las rodillas, de usar los brazos para impulsarse y de concentrarse en el objetivo. Tomás escuchaba atentamente cada palabra y practicaba sin descanso. Al principio, sus saltos eran torpes y bajos. Se caía a menudo y se llenaba de barro. Pero no se rendía. Sabía que con la ayuda de Rufino, podría lograr saltar tan alto como él.
Rufino era un entrenador muy exigente. Le hacía saltar sobre obstáculos, le cronometraba los saltos y le corregía la postura. A veces, Tomás se frustraba y quería tirar la toalla. Pero Rufino siempre estaba ahí para animarlo y recordarle que la perseverancia es la clave del éxito.
Con el paso de los días, Tomás comenzó a mejorar. Sus saltos eran cada vez más altos y más precisos. Ya no se caía tan a menudo y empezaba a disfrutar de verdad del entrenamiento. Rufino estaba muy orgulloso de su alumno. Había visto en Tomás una determinación y una pasión que le recordaban a él mismo cuando era un joven sapo saltarín.
Un día, Rufino le propuso a Tomás un desafío. "Mañana," dijo Rufino, "organizaremos una competición de salto en el prado. Competirás contra mí. Si me vences, te coronaré como el campeón del salto."
Tomás se sintió nervioso. Competir contra Rufino era un gran reto. Sabía que el sapo era un saltador experimentado y muy hábil. Pero también sabía que había trabajado duro y que estaba preparado para dar lo mejor de sí.
Al día siguiente, todo el pueblo se reunió en el prado para presenciar la competición. Los niños animaban a Tomás, mientras que los otros sapos animaban a Rufino. El ambiente era emocionante y lleno de expectación.
La competición comenzó. Rufino dio un salto espectacular, elevándose por encima de todos los demás. El público aplaudió con entusiasmo. Luego, fue el turno de Tomás. Respiró hondo, flexionó las rodillas, usó los brazos para impulsarse y saltó con todas sus fuerzas.
Para sorpresa de todos, Tomás saltó aún más alto que Rufino. Aterrizó suavemente sobre la hierba, con una sonrisa radiante en su rostro. El público estalló en vítores y aplausos. ¡Tomás había ganado!
Rufino se acercó a Tomás y le dio una palmada en la espalda. "¡Enhorabuena, campeón!" dijo Rufino. "Has demostrado ser un saltador excepcional. Te mereces este título."
Rufino colocó una corona de flores silvestres sobre la cabeza de Tomás. Tomás se sintió feliz y orgulloso. Había logrado su sueño: saltar más alto que el sapo. Pero lo más importante es que había aprendido el valor de la perseverancia, la disciplina y la amistad.
Desde ese día, Tomás siguió saltando. Pero ya no saltaba solo para competir. Saltaba para divertirse, para explorar el mundo y para inspirar a otros niños a perseguir sus sueños. Y cada vez que veía a Rufino, le daba las gracias por haberle enseñado a volar, aunque fuera solo por un instante.
Y así, el niño que saltaba más alto que el sapo se convirtió en una leyenda en su pequeño pueblo. Una leyenda que recordaba a todos que con esfuerzo y dedicación, ¡todo es posible!
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