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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de campos dorados, un niño llamado Tomás. La gente del pueblo lo llamaba "Tomás el Tonto" porque, aunque era muy trabajador, a veces hacía cosas un poco… extrañas. Por ejemplo, intentaba hablar con las piedras y creía que las nubes eran ovejas gigantes. Pero Tomás no se preocupaba por lo que decían los demás. Él vivía feliz trabajando duro, cuidando el jardín de su abuela.
La abuela Elena era una mujer sabia y cariñosa. Le había enseñado a Tomás todo lo que sabía sobre plantas y animales. Tomás cultivaba las zanahorias más grandes y jugosas del pueblo, y sus tomates eran tan rojos y dulces como caramelos. Todos los días, Tomás se levantaba temprano, regaba las plantas, quitaba las malas hierbas y cantaba canciones a las verduras. Sí, cantaba a las verduras. Creía que la música las hacía crecer más rápido y fuertes.
Un día, el pueblo fue azotado por una sequía terrible. El sol quemaba la tierra, y las plantas se marchitaban. Los pozos se secaron, y la gente empezó a preocuparse. Incluso las zanahorias de Tomás, que siempre habían sido tan alegres, empezaron a perder su color naranja brillante. Tomás estaba muy triste. No quería que las zanahorias murieran.
Una noche, mientras Tomás cantaba una canción triste a las zanahorias, escuchó un pequeño susurro. "¡Ayúdanos!", decía la voz. Tomás se asustó, pero luego se dio cuenta de que la voz venía de una de las zanahorias. Era una zanahoria pequeña y arrugada, con una carita muy seria. "¿Me has hablado?", preguntó Tomás, asombrado. "Sí, Tomás", respondió la zanahoria. "Somos las zanahorias cantarinas. Necesitamos agua para sobrevivir. Pero el pozo está seco".
Tomás pensó un momento. Sabía que había un manantial secreto en la montaña, pero nadie se atrevía a ir allí porque se decía que estaba custodiado por un dragón. Pero Tomás no tenía miedo. Estaba decidido a salvar a las zanahorias cantarinas. "No os preocupéis", dijo Tomás. "Iré a la montaña y traeré agua del manantial".
A la mañana siguiente, Tomás preparó una mochila con pan y queso, y emprendió el camino hacia la montaña. El camino era largo y empinado, y el sol quemaba su piel. Pero Tomás no se rindió. Siguió caminando, pensando en las zanahorias cantarinas y en lo mucho que las quería. Después de muchas horas, llegó a la cima de la montaña. Allí, en medio de las rocas, encontró el manantial secreto. El agua era cristalina y fresca.
Pero justo cuando Tomás se disponía a llenar su mochila con agua, escuchó un rugido terrible. Un dragón enorme, con escamas rojas y ojos amarillos, apareció frente a él. El dragón abrió su boca y echó una bocanada de fuego. Tomás se asustó mucho, pero recordó a las zanahorias cantarinas. Cerró los ojos y empezó a cantar la canción que siempre les cantaba. La canción era dulce y melodiosa, y hablaba del amor y la amistad.
El dragón se quedó paralizado al escuchar la canción. Nunca había oído una melodía tan hermosa. Poco a poco, el fuego en su boca se apagó, y sus ojos amarillos se suavizaron. Cuando Tomás terminó de cantar, el dragón bajó la cabeza y le dijo: "¿Por qué cantas, niño? Nunca nadie me ha cantado".
Tomás le explicó al dragón la sequía que azotaba el pueblo y cómo las zanahorias cantarinas necesitaban agua para sobrevivir. El dragón escuchó atentamente la historia de Tomás. Al final, sonrió y dijo: "Entiendo. Te ayudaré". El dragón usó su aliento para crear una nube de lluvia que regó los campos del pueblo. Luego, le dio a Tomás una semilla mágica y le dijo: "Planta esta semilla en tu jardín. Crecerá una planta que nunca se secará y siempre dará agua".
Tomás regresó al pueblo con la semilla mágica. La plantó en su jardín, y al día siguiente, una hermosa planta con hojas brillantes y flores de colores creció. La planta daba agua fresca y cristalina, y las zanahorias cantarinas volvieron a estar alegres y jugosas. El pueblo entero se salvó de la sequía.
Desde ese día, Tomás ya no fue llamado "Tomás el Tonto". La gente del pueblo lo llamaba "Tomás el Valiente" y "Tomás el Amigo de las Zanahorias". Y Tomás siguió trabajando duro en su jardín, cantando canciones a las verduras y cuidando de la planta mágica. Y el dragón, de vez en cuando, bajaba de la montaña para escuchar las canciones de Tomás y comer algunas zanahorias cantarinas. Todos vivieron felices para siempre, y Tomás aprendió que incluso el niño más "tonto" puede hacer cosas maravillosas si tiene un corazón bueno y trabaja duro. Y las zanahorias, bueno, ellas seguían cantando sus alegres melodías bajo el sol. Y así, la magia nunca se fue de aquel pequeño pueblo, gracias a un niño tonto y unas zanahorias muy especiales.
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