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Gratis · elegí una vozTimoteo no era un ogro como los demás. Para empezar, era pequeñito, casi del tamaño de un niño humano. Su piel era verde pálido, no del verde musgo oscuro de su papá, el Gran Gruñón. Y, lo más importante, a Timoteo no le gustaba gruñir. Le gustaba reír y cantar, algo que exasperaba a su padre. Su madre, Mamá Habichuela, era diferente. Ella entendía el corazón bondadoso de Timoteo.
Mamá Habichuela no era una ogresa ordinaria. Tenía un jardín secreto lleno de habichuelas mágicas que brillaban a la luz de la luna. De esas habichuelas, algunas crecían hasta el cielo, otras concedían deseos, y algunas... bueno, algunas solo hacían cosquillas. Pero su posesión más preciada era un arpa dorada que heredó de su abuela hada. El arpa no solo tocaba melodías hermosas, sino que también tenía el poder de calmar hasta al ogro más enojado.
El Gran Gruñón detestaba el arpa. Decía que las melodías afeminaban a los ogros y que un ogro de verdad solo debía escuchar el rugido del trueno y el crujir de los huesos. Un día, en un arrebato de ira, el Gran Gruñón encerró el arpa en una jaula de hierro y la escondió en la cueva más profunda y oscura de la montaña.
Timoteo estaba desconsolado. Sin el arpa, su madre estaba triste. Su canto, que siempre llenaba la casa de alegría, se había apagado. Timoteo decidió que tenía que recuperar el arpa. Sabía que su padre era fuerte y temible, pero también sabía que el amor y la música eran aún más poderosos.
Una mañana, mientras su padre dormía la siesta, Timoteo se escabulló fuera de la casa. Llevaba consigo una pequeña bolsa de habichuelas mágicas que su madre le había dado. "Úsalas con sabiduría, Timoteo," le había dicho.
La cueva más profunda era oscura y laberíntica. Timoteo avanzó con cuidado, guiándose por el eco de sus propios pasos. De repente, escuchó un gruñido bajo. Un enorme troll con ojos brillantes bloqueaba el camino.
"¿A dónde crees que vas, ogrito?" rugió el troll. "Esta es la guarida del Gran Gruñón. Nadie pasa sin su permiso."
Timoteo, aunque asustado, mantuvo la calma. Recordó las palabras de su madre. Abrió su bolsa de habichuelas y le ofreció una al troll. "Esta es una habichuela de la amistad," dijo Timoteo. "Si te la comes, seremos amigos."
El troll, curioso, tomó la habichuela y se la comió. Al instante, una sonrisa enorme se dibujó en su rostro. "¡Eres mi mejor amigo!" exclamó el troll, abrazando a Timoteo con tanta fuerza que casi lo aplasta.
"Necesito llegar hasta el final de la cueva," dijo Timoteo. "Mi padre ha escondido algo importante allí."
El troll, ahora amigo de Timoteo, lo guio a través de la cueva, esquivando charcos de lodo y murciélagos dormilones. Finalmente, llegaron a una puerta de hierro reforzado. Tras la puerta, Timoteo podía oír el débil sonido de un arpa.
"Esta es la jaula del arpa," dijo el troll. "Tu padre puso un hechizo para que nadie pueda abrirla."
Timoteo buscó en su bolsa de habichuelas. Encontró una pequeña habichuela brillante. "Esta es una habichuela de la llave," dijo Timoteo. La plantó en el suelo frente a la puerta, y al instante, una enredadera creció, abriéndose paso entre los barrotes de la jaula y liberando el arpa.
Timoteo tomó el arpa en sus manos. Era pesada, pero él la abrazó con fuerza. Comenzó a tocar una melodía suave y dulce. La música llenó la cueva, ahuyentando la oscuridad y el miedo.
El Gran Gruñón, que había estado durmiendo, se despertó de golpe. Oyó la música y sintió una extraña sensación en su corazón. No era ira, sino algo parecido a la paz.
Timoteo y el troll salieron de la cueva. El Gran Gruñón estaba parado en la entrada, con el ceño fruncido, pero sus ojos no estaban tan enojados como de costumbre.
Timoteo tocó una melodía para su padre. Una melodía que hablaba de amor, de amistad y de la importancia de la felicidad. El Gran Gruñón escuchó en silencio. Lentamente, su ceño se relajó y una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Desde ese día, el Gran Gruñón permitió que el arpa dorada llenara su casa de música. Aprendió a reír y a cantar con Timoteo y Mamá Habichuela. Y aunque seguía siendo un ogro grande y fuerte, también se convirtió en un ogro feliz. Timoteo, el ogrito bondadoso, había demostrado que la música y el amor pueden cambiar hasta al corazón más duro.
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