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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un valle verde y soleado, una familia muy unida. Estaban los padres, Sofía y Miguel, y sus dos hijos, Leo, el mayor, de diez años, y Luna, la pequeña, de seis. Un domingo por la mañana, Sofía anunció con entusiasmo: "¡Hoy tendremos un picnic! Vamos a ir al bosque cerca del río."
Leo y Luna saltaron de alegría. Les encantaban los picnics. Prepararon una cesta llena de sándwiches de jamón y queso, galletas de chocolate, manzanas rojas y zumo de naranja. Miguel cargó la manta a cuadros y una pelota de fútbol.
Cuando llegaron al bosque, encontraron un lugar perfecto junto al río. El sol brillaba a través de las hojas de los árboles, creando un ambiente mágico. Después de comer, Leo y Luna comenzaron a jugar a la pelota mientras Sofía y Miguel se relajaban en la manta.
De repente, Luna gritó: "¡Mira, Leo! ¡Una casa!"
Leo siguió la mirada de Luna. A lo lejos, entre los árboles, se alzaba una casa vieja y abandonada. Tenía las ventanas rotas, las paredes cubiertas de enredaderas y un aspecto un poco tenebroso.
"¡Vamos a verla!", exclamó Leo, sintiéndose aventurero.
"¡No, Leo! ¡Da miedo!", dijo Luna, un poco asustada.
Miguel y Sofía, al escuchar el alboroto, se acercaron.
"¿Qué pasa, chicos?", preguntó Sofía.
"Queremos ir a ver esa casa", respondió Leo, señalando la casa abandonada.
Miguel miró la casa con cautela. "No sé, chicos. Parece un poco peligrosa. Está abandonada y podría haber animales salvajes."
Pero Leo y Luna insistieron tanto que, al final, Miguel cedió. "Está bien, pero vamos todos juntos y tengamos mucho cuidado", dijo.
Así que, la familia entera se dirigió hacia la casa abandonada. A medida que se acercaban, el ambiente se volvía más silencioso y oscuro. Los árboles parecían susurrar secretos y el viento soplaba con un sonido fantasmal.
Cuando llegaron a la puerta de la casa, Leo la empujó con cuidado. La puerta chirrió al abrirse, revelando un interior lleno de polvo y telarañas. El olor a humedad era muy fuerte.
"¡Uf, qué asco!", exclamó Luna, tapándose la nariz.
Entraron con precaución. La casa estaba llena de muebles viejos y rotos, cuadros descolgados y objetos cubiertos de polvo. A pesar del miedo, Leo y Luna estaban fascinados.
De repente, escucharon un ruido extraño que venía del piso de arriba. Era como un gruñido suave y ronco.
"¿Qué ha sido eso?", preguntó Luna, temblando.
Miguel la abrazó con fuerza. "Tranquila, cariño. Probablemente sea un animal."
Leo, más valiente, propuso: "¡Vamos a ver!"
Subieron las escaleras con cuidado, intentando no hacer ruido. Cada escalón crujía bajo sus pies, haciendo que el corazón de Luna latiera más rápido.
Al llegar al piso de arriba, encontraron una habitación grande y desordenada. Había libros tirados por el suelo, ropa vieja colgada de un perchero y un espejo roto en la pared.
Y entonces, lo vieron. En un rincón oscuro de la habitación, acurrucado en el suelo, había… ¡un monstruo!
Era pequeño y peludo, con ojos grandes y tristes. Tenía unas orejas largas y puntiagudas y una nariz roja y brillante. No parecía muy amenazante.
Leo y Luna se quedaron paralizados por el miedo. Pero el monstruo no se movió. Parecía asustado.
Miguel se acercó con cautela al monstruo. "Hola", dijo con voz suave. "No te vamos a hacer daño."
El monstruo levantó la vista y los miró con sus ojos tristes. Parecía hambriento y cansado.
Luna, sintiendo pena por el monstruo, le ofreció una galleta de chocolate. El monstruo la olisqueó con desconfianza y luego la tomó con sus pequeñas manos peludas. La comió lentamente, saboreando cada bocado.
Después de comer la galleta, el monstruo pareció relajarse. Se acurrucó en el suelo y cerró los ojos.
"Creo que está cansado", dijo Sofía.
Decidieron dejar al monstruo descansar. Bajaron las escaleras en silencio y salieron de la casa abandonada.
De vuelta en la manta del picnic, Leo y Luna no podían dejar de hablar del monstruo. Se preguntaban quién era y por qué vivía solo en esa casa abandonada.
Al día siguiente, Leo y Luna volvieron a la casa abandonada con una cesta llena de comida: sándwiches, fruta y zumo. Dejaron la cesta en la puerta y se escondieron detrás de un árbol para observar.
Al poco tiempo, el monstruo salió de la casa y encontró la cesta. Miró a su alrededor con cautela y luego cogió la cesta y entró de nuevo en la casa.
Leo y Luna repitieron esto durante varios días. Cada día, dejaban comida para el monstruo y lo observaban desde lejos.
Poco a poco, el monstruo empezó a confiar en ellos. Un día, cuando Leo y Luna dejaron la cesta, el monstruo salió de la casa y se acercó a ellos.
"Gracias", dijo con una voz suave y ronca.
Leo y Luna se quedaron sorprendidos. No sabían que el monstruo podía hablar.
"¿Cómo te llamas?", preguntó Luna.
"Me llamo Remigio", respondió el monstruo.
Desde ese día, Leo y Luna se hicieron amigos de Remigio. Lo visitaban todos los días, le llevaban comida y jugaban con él en el bosque. Descubrieron que Remigio era un monstruo muy amable y divertido, aunque un poco solitario.
Remigio les contó que había vivido en esa casa abandonada durante mucho tiempo y que se había escondido de la gente porque tenía miedo de que lo rechazaran por ser un monstruo.
Leo y Luna le explicaron que no todos los monstruos son malos y que ellos lo querían tal como era.
Con el tiempo, Remigio se hizo más sociable y empezó a salir de la casa abandonada. Conoció a otras personas del pueblo y se hizo muchos amigos. Ya no tenía miedo de ser un monstruo.
Y así, el valle verde y soleado se convirtió en un lugar aún más feliz, donde la amistad y la aceptación eran más importantes que las apariencias. Y todo gracias a un picnic, una casa abandonada y un monstruo llamado Remigio.
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