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En un reino lejano, donde las almohadas eran montañas y las sábanas ríos de seda, vivía el Príncipe Cabezadita. No se llamaba así porque fuera dormilón, ¡al contrario! Era un príncipe muy bueno y generoso, siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitara. Su nombre venía de un peculiar tic: cada vez que pensaba mucho, su cabeza daba un pequeño cabezazo. Un día, llegaron noticias alarmantes al reino. Un dragón, llamado Roncador por su estruendoso sueño, había invadido una gruta cercana y estaba aterrorizando a los aldeanos. No quemaba aldeas ni robaba tesoros, ¡pero roncaba tan fuerte que las casas temblaban y las ovejas no podían dormir! El rey, preocupado, ofreció una recompensa a quien liberara al reino del Dragón Roncador. Muchos caballeros intentaron enfrentarlo, pero todos regresaban con los oídos zumbando y la moral por los suelos. El Príncipe Cabezadita, a pesar de su juventud y su peculiar tic, decidió que él era el indicado para ayudar. "¡No puedo permitir que el reino siga temblando!", exclamó, y su cabeza dio un pequeño cabezazo. Se armó con una espada de madera pulida (para no lastimar al dragón), un escudo hecho con la tapa de una olla (que resonaba como un gong) y un saco lleno de tapones para los oídos. Al día siguiente, el Príncipe Cabezadita se dirigió a la gruta tenebrosa. La entrada era oscura y húmeda, y el aire vibraba con el rugido sordo de los ronquidos. El príncipe respiró hondo, se colocó dos tapones en los oídos y entró. Dentro, la gruta era aún más oscura. El suelo estaba cubierto de polvo y telarañas, y el aire olía a azufre y… ¡lavanda! Al final de la gruta, sobre una montaña de piedras preciosas, dormía el Dragón Roncador. Era enorme, con escamas verdes y brillantes, y su pecho subía y bajaba al ritmo de sus ronquidos ensordecedores. El Príncipe Cabezadita se acercó con cuidado. Intentó hablarle, pero sus palabras eran ahogadas por el estruendo. Entonces, recordó algo que su abuela, la Reina Arrumacos, siempre le decía: "A veces, la solución no está en la fuerza, sino en la astucia." Su cabeza dio un pequeño cabezazo. El príncipe sacó la tapa de la olla y la golpeó con su espada de madera, creando un estruendo aún mayor que los ronquidos del dragón. El Dragón Roncador abrió un ojo, confundido. "¿Qué… qué pasa?", gruñó, somnoliento. El Príncipe Cabezadita, aprovechando el momento de confusión, le ofreció un tapón para los oídos. "Tome, señor dragón. Creo que necesita esto más que nadie." El Dragón Roncador lo miró con desconfianza, pero al final tomó el tapón y se lo colocó en una oreja. El silencio fue casi ensordecedor. El dragón abrió el otro ojo, sorprendido. "¡Qué maravilla!", exclamó. "Nunca había escuchado el silencio." El Príncipe Cabezadita explicó al Dragón Roncador que sus ronquidos estaban molestando a los aldeanos. El dragón se sintió muy apenado. "No tenía idea", dijo. "Simplemente, no puedo evitarlo. Tengo un problema de sueño." Su cabeza dio un pequeño cabezazo, esta vez por empatía. El Príncipe Cabezadita tuvo una idea. "Mi abuela, la Reina Arrumacos, es experta en remedios para dormir. Tal vez ella pueda ayudarlo." El Dragón Roncador aceptó la propuesta con entusiasmo. Juntos, el Príncipe Cabezadita y el Dragón Roncador regresaron al reino. La Reina Arrumacos, después de examinar al dragón, descubrió que tenía una alergia al polen de unas flores que crecían cerca de la gruta. Le preparó una infusión de hierbas aromáticas y le recomendó dormir sobre un colchón de plumas suaves. El remedio funcionó de maravilla. El Dragón Roncador dejó de roncar y se convirtió en un miembro más del reino. Ayudaba a los aldeanos a transportar cargas pesadas y protegía el reino con su aliento cálido (ya no ardiente). El Príncipe Cabezadita se hizo famoso por su valentía y su ingenio. Aprendió que la verdadera fuerza no está en la violencia, sino en la bondad y la comprensión. Y aunque su cabeza seguía dando pequeños cabezazos cada vez que pensaba mucho, nadie se reía. Todos sabían que esos cabezazos eran la señal de que un acto de bondad estaba a punto de ocurrir.
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