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Había una vez, en un rincón del bosque donde los helechos crecen más alto que los conejos y las luciérnagas juegan al escondite, un ratoncito llamado Tito. Tito era muy pequeño, con un pelaje suave como el terciopelo y unos bigotes que vibraban cada vez que olía algo emocionante. Pero lo que más destacaba de Tito no era su tamaño, sino su inmensa curiosidad.
Una noche de verano, mientras la luna llena colgaba del cielo como una gran lámpara de plata, Tito decidió salir a explorar más allá de las raíces de su viejo roble. Caminaba con cuidado sobre las hojas secas que crujían bajo sus patitas, cuando de repente, vio un resplandor inusual entre la hierba alta. No era el brillo verde de una luciérnaga, ni el reflejo plateado del rocío. Era algo diferente, algo que parecía brillar con luz propia.
Al acercarse, Tito abrió mucho los ojos. Allí, descansando sobre un lecho de musgo suave, había un objeto curvado y brillante, de un color amarillo tan intenso que parecía hecho de sol y miel. ¡Era un pedacito de luna! Tito miró hacia el cielo y vio que a la luna le faltaba un trocito, justo del mismo tamaño que el que tenía delante.
—¡Oh! —exclamó Tito en un susurro—. La luna se ha roto un poquito y este pedazo ha caído aquí.
Con mucha cautela, Tito se acercó y olfateó el objeto. Olía a flores frescas y a sueños dulces. No pudo resistirse y, con mucho cuidado, le dio un mordisquito minúsculo. ¡Qué maravilla! El pedacito de luna sabía a la mejor mermelada del mundo, mezclada con el frescor de la brisa nocturna y un toque de magia. Era el manjar más delicioso que Tito había probado jamás.

Sin embargo, después de ese primer bocado, Tito se detuvo. Miró el pedacito de luna, que seguía brillando con fuerza, y luego miró a su alrededor. El bosque estaba en silencio, y él estaba allí, solo, con el tesoro más grande del mundo. De repente, el pedacito de luna ya no le pareció tan sabroso. Se dio cuenta de que un tesoro así era demasiado especial para guardárselo solo para él.
—No puedo comer esto yo solo —se dijo Tito—. Sería una pena que nadie más probara esta delicia.
Así que, Tito corrió hacia el viejo sauce donde vivía el Búho Sabio. Con sus pequeñas patitas, trepó por la corteza y llamó a la puerta del Búho.
—¡Señor Búho! ¡Señor Búho! —gritó Tito—. He encontrado un pedacito de luna y es lo más rico del mundo. ¡Venga a probarlo!
El Búho, que siempre estaba dispuesto a aprender algo nuevo, bajó volando con sus grandes alas silenciosas. Luego, Tito fue a buscar a la Coneja Clara, que estaba saltando cerca del arroyo, y al Zorro Bruno, que descansaba en su madriguera. Pronto, un pequeño grupo de animales se reunió alrededor del resplandor amarillo en el claro del bosque.

Todos estaban asombrados. Nunca habían visto nada igual. Tito, con mucha generosidad, fue repartiendo trocitos del pedazo de luna a cada uno de sus amigos. La Coneja Clara dio un mordisco y sus orejas se agitaron de alegría. El Zorro Bruno probó un poco y su cola se movió de lado a lado con entusiasmo. El Búho Sabio cerró los ojos y suspiró de felicidad.
Mientras compartían, empezaron a reír y a contar historias. El claro del bosque se llenó de risas y de una calidez que no tenía nada que ver con el clima. Lo más extraño de todo fue que, aunque todos comían, el pedacito de luna no parecía hacerse más pequeño. Al contrario, cuanto más compartían y más felices se sentían, más brillante se volvía el resplandor.
—¿Os habéis fijado? —dijo el Búho Sabio—. El pedacito de luna brilla más ahora que estamos todos juntos.
Tito sonrió. Se dio cuenta de que el verdadero sabor de la luna no venía solo de su magia, sino de la compañía de sus amigos. Aquella noche, los animales del bosque descubrieron una gran verdad: la felicidad es el único tesoro que crece cuando se reparte.
Cuando terminaron el banquete, el pedacito de luna, que ahora brillaba como una pequeña estrella, se elevó suavemente en el aire. Subió y subió, atravesando las copas de los árboles, hasta que volvió a su lugar en el cielo. La luna volvía a estar completa, y brillaba con una intensidad especial, como si estuviera agradeciendo a Tito y a sus amigos por haber cuidado de su pequeño trozo.
Tito regresó a su madriguera bajo el roble, sintiéndose muy cansado pero con el corazón lleno de luz. Se quedó dormido soñando con banquetes brillantes, sabiendo que, a partir de ese día, el bosque sería un lugar mucho más unido, todo gracias a un pequeño mordisco de generosidad.
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