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Gratis · elegí una vozEn la Escuela Risueña, vivía un profesor de matemáticas llamado Don Gruñón. Era famoso no por su alegría, sino por su mal humor y una peculiaridad aún más extraña: ¡tenía una varita mágica! Pero no una varita que creaba conejos o hacía aparecer flores, no, no. La varita de Don Gruñón tenía un propósito mucho más... burresco. Si un alumno sacaba menos de un 4 en un examen, ¡puf!, se convertía en un asno.
Imagínense el pánico en la clase. Cada examen era una ruleta rusa de números y rebuznos potenciales. Los niños estudiaban con desesperación, temiendo más la transformación que la nota en sí. Todos, excepto uno: Pablito.
Pablito era un genio. Los números bailaban para él, las ecuaciones se resolvían solas en su cabeza. Siempre obtenía 10 sobre 10, sin importar lo difícil que fuera el examen. Era la envidia (y el alivio) de toda la clase. Todos sabían que mientras Pablito sacara un 10, la clase estaría a salvo de la burrificación.
Llegó el día del examen final. El aire estaba cargado de tensión. Don Gruñón, con una sonrisa maliciosa, vigilaba desde su escritorio, con la varita mágica lista para entrar en acción. Los alumnos temblaban mientras resolvían los problemas, cada error potencial un paso más cerca de convertirse en un adorable, pero inútil, burro.
Uno por uno, los estudiantes comenzaron a sucumbir. El primero en transformarse fue Juanito, que siempre confundía el más con el menos. ¡Puf! Un pequeño asno gris apareció en su lugar, moviendo la cola tímidamente. Luego fue el turno de Rosita, que odiaba las fracciones. ¡Puf! Otro asno, esta vez con un lazo rosa en su oreja. La clase se estaba convirtiendo rápidamente en un establo.
Pablito observaba con tristeza cómo sus compañeros se transformaban. El profesor Gruñón se reía a carcajadas, disfrutando de su poder. Pablito sabía que tenía que hacer algo. Tenía que detener esta locura, pero ¿cómo?
Entonces, una idea brillante le iluminó la mente. Una idea tan audaz como arriesgada. Respiró hondo y comenzó a escribir en su examen. Pero en lugar de resolver los problemas correctamente, los resolvió... ¡mal! Deliberadamente mal. Sumó donde debía restar, multiplicó donde debía dividir, y escribió respuestas completamente absurdas.
Don Gruñón, con los ojos inyectados en sangre, se acercó al escritorio de Pablito. "¿Qué estás haciendo, Pablito?", rugió. "¡Tú siempre sacas 10!"
Pablito lo miró con determinación. "Quiero que todos mis amigos vuelvan a ser niños", dijo con valentía. "Y la única forma de hacerlo es que usted me convierta en asno a mí también."
Don Gruñón estaba confundido. Nunca antes había visto algo así. Pero su sed de transformar a alguien era demasiado grande. Tomó el examen de Pablito, lo miró con incredulidad y gritó: "¡Cero! ¡Cero patatero! ¡Te convertirás en asno!".
¡Puf! Una nube de humo llenó el aula. Pero cuando el humo se disipó, algo inesperado sucedió. Pablito seguía siendo Pablito. Don Gruñón, en cambio, había desaparecido. En su lugar, había un pequeño asno con un gorro de profesor.
La varita mágica, que había caído al suelo, comenzó a brillar. De repente, todos los asnos de la clase volvieron a ser niños. Juanito, Rosita y todos los demás miraban al asno-profesor con asombro.
Pablito recogió la varita. Sabía que tenía que usarla sabiamente. Apuntó hacia el asno-profesor y dijo: "¡Vuelve a ser Don Gruñón, pero esta vez con un corazón más amable!"
¡Puf! Don Gruñón reapareció, tosiendo y mirando a su alrededor con confusión. Ya no tenía la sonrisa maliciosa. En cambio, parecía avergonzado.
Pablito le explicó lo que había hecho. Don Gruñón, avergonzado por su comportamiento, prometió cambiar. Devolvió la varita a un lugar seguro (lejos de su alcance) y comenzó a enseñar matemáticas con paciencia y alegría.
Desde ese día, la Escuela Risueña fue aún más risueña. Los exámenes seguían siendo importantes, pero ya no eran motivo de terror. Y cada vez que Don Gruñón se sentía tentado a volver a sus viejos hábitos, escuchaba los suaves rebuznos de la clase, un recordatorio constante de la lección que había aprendido gracias a la valentía y la inteligencia de Pablito. Y cada vez que escuchaba un rebuzno, sonreía. Sabía que, después de todo, un poco de rebuzno podía ser una buena forma de recordar que la amabilidad es siempre la mejor ecuación.
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