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Gratis · elegí una vozJuanito era un niño de cinco años con una sonrisa más brillante que el sol de la mañana. Le encantaba hablar, ¡podía charlar con una ardilla si se le presentaba la oportunidad! Pero lo que más le gustaba era ir al parque con su mamá. El parque era un mundo de aventuras para Juanito, lleno de columpios que volaban alto, arena para construir castillos y, su favorito, ¡el resbaladero gigante!
Un día soleado, Juanito y su mamá llegaron al parque. Juanito corrió hacia el resbaladero con tanta energía que parecía un pequeño cohete. Pero al llegar, ¡oh, sorpresa! Había otros niños esperando su turno. Un niño con una gorra roja, una niña con coletas rubias y otro niño con una camiseta de dinosaurio.
Juanito frunció el ceño. No le gustaba esperar. Quería subirse al resbaladero ¡ahora mismo! Empezó a mover los pies impaciente y a murmurar. "¡Yo quiero subirme! ¡Ahora! ¡Es mi turno!"
Su mamá se agachó a su lado y le tomó la mano con suavidad. "Juanito, cariño," le dijo con una voz dulce como la miel, "todos queremos jugar en el resbaladero, pero hay que esperar nuestro turno. Así es como jugamos de forma justa y respetuosa."
Juanito cruzó los brazos y puso cara de pocos amigos. "¡Pero no quiero esperar! Es aburrido."
"Esperar no tiene por qué ser aburrido," respondió su mamá con una sonrisa. "Mira, puedes observar a los otros niños mientras se deslizan. ¡Mira cómo se ríen y se divierten! O puedes hablar con ellos mientras esperas. ¿Quizás puedas hacer un nuevo amigo?"
Juanito miró a los otros niños. El niño con la gorra roja se deslizaba con los brazos extendidos como un avión. La niña con coletas rubias gritaba de alegría mientras bajaba. Y el niño con la camiseta de dinosaurio hacía sonidos de rugido mientras se deslizaba como un T-Rex. Parecían estar pasándolo muy bien.
Respiró hondo y desvió su mirada a su mamá. "¿De verdad puedo hablar con ellos?", preguntó con un poco de duda en su voz.
"¡Por supuesto que sí!", dijo su mamá con entusiasmo. "Solo sé amable y preséntate. Verás que es fácil hacer amigos cuando eres paciente y respetuoso."
Juanito se acercó tímidamente a la niña con coletas rubias. "Hola," dijo en voz baja. "Me llamo Juanito."
La niña con coletas rubias le sonrió. "Hola Juanito, yo me llamo Sofía. ¿También quieres subirte al resbaladero?"
"Sí," respondió Juanito. "Pero estoy esperando mi turno. No me gusta esperar, pero mi mamá dice que es importante."
Sofía asintió con la cabeza. "Sí, es importante. Si no esperamos, todos nos empujaríamos y nadie se divertiría. Además, mientras esperamos, podemos jugar a otra cosa."
"¿A qué podemos jugar?", preguntó Juanito con curiosidad.
"Podemos jugar a adivinar qué animal va a bajar por el resbaladero," sugirió Sofía. "Yo digo que ahora bajará un león."
Juanito sonrió. "¡Buena idea! Yo digo que bajará un elefante."
Mientras esperaban, Juanito y Sofía jugaron a adivinar animales y a contar los pájaros que volaban por el cielo. Juanito se dio cuenta de que esperar no era tan aburrido después de todo. ¡De hecho, se estaba divirtiendo mucho!
Cuando finalmente llegó su turno, Juanito subió las escaleras del resbaladero con una sonrisa. Se sentó, se agarró fuerte y se deslizó hacia abajo con una explosión de alegría. "¡Wiiii!", gritó mientras aterrizaba suavemente en el suelo.
Después de deslizarse un par de veces más, Juanito se dio cuenta de que ya no tenía tanta prisa por subirse al resbaladero. Estaba disfrutando mucho jugando con Sofía y los otros niños.
Jugaron a las escondidas detrás de los árboles, construyeron un castillo de arena gigante y se turnaron para columpiarse en los columpios. Juanito aprendió que esperar su turno no solo era lo correcto, sino que también le había dado la oportunidad de hacer nuevos amigos.
Cuando llegó la hora de irse a casa, Juanito abrazó a Sofía y le prometió que volverían a jugar juntos al día siguiente. Se fue del parque con una sonrisa aún más brillante que la del sol de la mañana. Había aprendido una valiosa lección ese día: que a veces, esperar puede ser el inicio de una gran amistad.
Y desde ese día en adelante, Juanito siempre esperó su turno con paciencia y una gran sonrisa, sabiendo que la espera podría traerle nuevas aventuras y nuevos amigos. El resbaladero ya no era solo un lugar para deslizarse, ¡era un lugar para hacer amigos!
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