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Gratis · elegí una vozLa Profesora Camila era conocida en todo el pueblo de Villa Dulce por su mal humor. ¡Ay, qué genio tenía! Si un pajarito cantaba demasiado fuerte, se quejaba. Si el sol brillaba con demasiada intensidad, fruncía el ceño. Si un niño olvidaba su lápiz, ¡ay, ay, ay! Era una profesora enojona, sí señor. Vivía en una casita pintada de un amarillo pálido, rodeada de rosales que, a pesar de todo, florecían hermosos.
Un martes por la mañana, la Profesora Camila salió de su casa, refunfuñando porque el rocío había mojado sus zapatos. Iba de camino a la escuela, donde tenía que dar una lección sobre… ¡fracciones! Solo de pensarlo, su ceño se fruncía aún más.
Justo al salir de su jardín, ¡zas! ¡Pum! ¡Cataplum! La Profesora Camila resbaló con algo suave y amarillo. ¡Una cáscara de plátano! Sus pies se fueron para un lado, sus brazos para el otro, y terminó sentada en el suelo, con el trasero lleno de tierra y la falda arrugada.
"¡Ay, mi espalda! ¡Qué desastre! ¡Quién habrá tirado esta cosa aquí!" gritó la Profesora Camila, más enojada que nunca. Miró la cáscara de plátano con furia. Era una cáscara grande, amarilla y un poco magullada. Parecía reírse de ella.
De repente, escuchó una risita. Levantó la vista y vio a dos niños escondidos detrás de un árbol. Eran Sofía y Mateo, dos de sus alumnos más traviesos.
"¿Fueron ustedes?" preguntó la Profesora Camila, con la voz temblorosa de ira.
Sofía y Mateo se miraron, asustados. Mateo, con la voz entrecortada, dijo: "Profesora… lo sentimos mucho. No queríamos que se cayera. Solo queríamos… darle una sorpresa a la ardilla Manuelito."
"¿Una sorpresa a la ardilla Manuelito? ¿Qué clase de sorpresa es esa?" preguntó la Profesora Camila, levantándose con dificultad.
"Es que Manuelito siempre tiene hambre", explicó Sofía. "Y a él le encantan los plátanos. Pensamos que si dejábamos la cáscara aquí, la encontraría."
La Profesora Camila miró a Sofía, luego a Mateo, y luego a la cáscara de plátano. Por primera vez en mucho tiempo, sintió algo diferente a la ira. Sintió… ¿compasión?
"Ya veo", dijo la Profesora Camila, suspirando. "Pero saben, tirar cáscaras de plátano en el camino es peligroso. Alguien podría lastimarse."
"Lo sabemos, Profesora. Lo sentimos mucho", repitió Mateo.
La Profesora Camila respiró hondo. "Está bien", dijo. "Pero como castigo, ustedes dos van a limpiar todo el camino hasta la escuela. Y después, le daremos a Manuelito un plátano fresco, en un lugar seguro."
Sofía y Mateo asintieron con entusiasmo. "¡Sí, Profesora!" dijeron al unísono.
Juntos, la Profesora Camila, Sofía y Mateo limpiaron el camino. Mientras recogían hojas y ramitas, la Profesora Camila les contó historias sobre las fracciones. Sofía y Mateo, sorprendentemente, estaban interesados. Tal vez porque la Profesora Camila no estaba gritando, ni frunciendo el ceño.
Cuando llegaron a la escuela, fueron a la tienda de frutas y compraron un plátano maduro para Manuelito. Lo colocaron en un pequeño plato debajo de un árbol, lejos del camino. Manuelito, al verlo, bajó corriendo y comenzó a comer con entusiasmo.
Esa tarde, en clase, la Profesora Camila sonrió. No gritó, no frunció el ceño. Incluso contó un chiste sobre plátanos y fracciones. Los niños se rieron.
Desde ese día, la Profesora Camila ya no fue tan enojona. Aprendió que a veces, un resbalón bananero puede cambiar la vida de una persona. Aprendió que la compasión y la paciencia son mejores que la ira. Y aprendió que incluso las ardillas merecen un plátano fresco. Y Sofía y Mateo aprendieron que tirar cáscaras de plátano no es una buena idea, pero ayudar a los demás, ¡sí que lo es! La Profesora Camila se dio cuenta de que era más feliz cuando sonreía, y que la vida, como un plátano maduro, era más dulce cuando se compartía. Así que, aunque a veces todavía se enfadaba un poquito, siempre recordaba el resbalón bananero y volvía a sonreír. Y Villa Dulce, gracias a una cáscara de plátano, se convirtió en un lugar un poquito más dulce aún. Y a Manuelito, bueno, Manuelito siguió disfrutando de sus plátanos, ¡pero siempre en un lugar seguro! La Profesora Camila incluso empezó a plantar árboles frutales en su jardín, para que Manuelito y sus amigos tuvieran comida deliciosa y segura. La vida, después del resbalón bananero, era mucho más divertida y llena de alegría, tanto para la Profesora Camila como para todos en Villa Dulce. ¡Y todo gracias a una cáscara de plátano y una ardilla hambrienta!
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