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En la Escuela Arcoíris, en un aula llena de colores y risas, existía un rincón muy peculiar. No era un rincón de juegos, ni de lectura, ni siquiera de arte. Era... diferente. En ese rincón, detrás de una cortina de baño floreada (¡sí, de baño!), colgaba un viejo caño de ducha, y una silla desvencijada esperaba pacientemente. La Señorita Rufina, la dueña de la escuela (algunos la llamaban la Bruja Rufina, ¡pero solo en secreto!), lo mostraba con orgullo. "¡Este es el Rincón de la Calma para Pedrito!", anunciaba con una voz que resonaba por todo el aula.
Yo era nueva en la escuela. Me llamo Sofía y me encantaban las ideas creativas. Cuando vi el "Rincón de la Calma", se me ocurrió algo mucho mejor. "Señorita Rufina", pregunté con entusiasmo, "¿por qué no hacemos un espacio de la calma para todos? Podríamos poner alfombras suaves, gomas blanditas para sentarnos, almohadones coloridos, ¡incluso trapos de diferentes texturas para tocar! Sería un lugar mágico para todos los niños cuando se sientan tristes o nerviosos".
La Señorita Rufina frunció el ceño. "No, Sofía, no podemos gastar dinero en esas cosas. Tenemos que ser prácticos".
Pero… justo en ese momento, ¡la escuela estaba preparándose para una gran fiesta! El Maestro Don Ramón, un profesor muy querido, se jubilaba. Había globos, serpentinas, manteles nuevos y un montón de adornos. ¡Estaban gastando dinero en todo eso!
Me acerqué a la Señorita Rufina con una idea. "Señorita Rufina", le dije tímidamente, "¿podríamos usar algunos de los adornos de la fiesta para el espacio de la calma? Quizás las serpentinas que sobran, o algunos de los manteles que no se usen".
Intenté hablar con las auxiliares también. Les mostré un viejo cojín que había encontrado en el armario. "¿Podríamos usar esto?", pregunté. "¡Podríamos forrarlo con tela vieja y quedaría precioso!".
Las auxiliares se miraron entre sí. "Pero… ya hay cosas ahí para hacer un rincón de la calma", dijo una, señalando la cortina de baño y la silla. "No necesitamos nada más".
Volví a la Señorita Rufina, con un dibujo lleno de ideas para el espacio de la calma. "Mire, Señorita Rufina", le dije, "podríamos hacer un móvil con hojas secas, o pintar piedras de colores para que los niños las toquen. No costaría nada".
Ella me miró fijamente. "No, Sofía. No. No. No". Repitió la palabra "no" tantas veces que empezó a sonar como un disco rayado. "No tenemos tiempo para eso. No tenemos dinero para eso. No tenemos… nada para eso".
Me sentí muy triste. El Rincón de la Calma, con su cortina de baño y su caño de ducha, parecía aún más triste que antes. Intenté animar a Pedrito, el niño que usaba el rincón. Le propuse pintar la silla de colores, pero la Señorita Rufina dijo que no. Le sugerí colgar dibujos en la cortina, pero ella también dijo que no. Parecía que no quería que nadie tocara su rincón secreto (y no tan secreto).
Pasaron las semanas, y nada cambió. El Rincón de la Calma siguió siendo el mismo, con su cortina de baño, su caño de ducha y su silla desvencijada. Un día, Pedrito no vino más a la escuela. Su familia se había mudado a otra ciudad.
Yo también me sentía cada vez más triste en la Escuela Arcoíris. Extrañaba las ideas creativas, la alegría de compartir y la posibilidad de hacer cosas nuevas. Así que, al final del año, mi familia decidió que yo también cambiaría de escuela.
Antes de irme, miré por última vez el Rincón de la Calma. La cortina de baño seguía colgada, el caño de ducha seguía ahí, y la silla seguía esperando a alguien que nunca llegaría. Después de que Pedrito y yo nos fuimos, la Señorita Rufina desarmó el rincón. La cortina de baño y la silla desaparecieron, y el rincón volvió a ser un simple rincón vacío.
Me fui de la Escuela Arcoíris con una lección importante: a veces, las ideas más sencillas y los espacios más pequeños pueden hacer una gran diferencia, si tan solo alguien está dispuesto a abrir su corazón y su mente.
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