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Gratis · elegí una vozHabía una vez una abuelita llamada Juana que vivía en un bosque muy lejos de la ciudad. Su casita, hecha de madera y con un techo de hojas secas, era un remanso de paz, rodeada de árboles altísimos y flores silvestres de colores vibrantes. A la abuelita Juana le encantaba vivir en el bosque. Amaba el canto de los pájaros al amanecer, el suave murmullo del viento entre las hojas y el olor a tierra mojada después de la lluvia. Pero, sobre todo, a la abuelita Juana le encantaba mantener su salud bucal. Oler rico era importante, pero tener una sonrisa sana y brillante era su mayor tesoro. No quería ni una sola caries en su boca.
Por lo tanto, la abuelita Juana se cepillaba los dientes tres veces al día, ¡religiosamente! Usaba un cepillo hecho de ramitas suaves y un poquito de ceniza. Sí, ¡ceniza! Vivir tan lejos de la ciudad le hacía imposible viajar hasta un lugar donde pudiera comprar pasta de dientes. Pero Juana era muy ingeniosa y había descubierto que la ceniza, con su textura fina y suave, limpiaba muy bien sus dientes, dejándolos relucientes.
Cada mañana, después de desayunar bayas silvestres y pan de nueces, la abuelita Juana iba al río que corría cerca de su casa. Se sentaba en una piedra lisa, mojaba su cepillo en el agua cristalina y luego lo untaba con un poquito de ceniza que guardaba en una pequeña calabaza. Con movimientos circulares suaves, cepillaba cada uno de sus dientes, asegurándose de llegar a todos los rincones. Luego, enjuagaba su boca con el agua fresca del río, sintiéndose renovada y lista para empezar el día.
A la hora del almuerzo, después de disfrutar de una sopa de champiñones y una ensalada de hierbas frescas, repetía el ritual. Y por la noche, antes de dormir, después de leer un cuento a la luz de una vela hecha con cera de abejas, se cepillaba los dientes por tercera vez. Para la abuelita Juana, este era un momento sagrado, una forma de agradecer a la naturaleza por su bondad y de cuidar de su cuerpo, que era su templo.
Un día, mientras la abuelita Juana se cepillaba los dientes junto al río, escuchó un ruido extraño. Era un llanto suave, como el de un animalito herido. Juana dejó su cepillo a un lado y siguió el sonido hasta encontrar a un pequeño conejito atrapado en una zarza. El conejito estaba asustado y tenía una patita lastimada.
La abuelita Juana, con mucho cuidado, liberó al conejito de la zarza. Lo tomó en sus brazos y lo llevó a su casa. Allí, limpió la patita del conejito con agua tibia y la vendó con una hoja grande y suave. Le dio zanahoria fresca y agua para beber. El conejito, agradecido, se acurrucó en el regazo de la abuelita Juana y se quedó dormido.
Al día siguiente, el conejito se había recuperado por completo. Saltaba y jugaba por toda la casa, haciendo reír a la abuelita Juana. Pero, de repente, el conejito se detuvo frente a la abuelita Juana y señaló sus dientes. ¡El conejito estaba preocupado por la ceniza en los dientes de Juana! Juana se dio cuenta de que el conejito pensaba que la ceniza era algo malo.
La abuelita Juana sonrió y le explicó al conejito cómo la ceniza la ayudaba a mantener sus dientes limpios y sanos. Le contó que vivía muy lejos de la ciudad y que no podía comprar pasta de dientes. El conejito escuchó atentamente y luego, con su naricita rosada, empujó un pequeño saco lleno de bayas hacia la abuelita Juana.
Juana se sorprendió. El conejito había recolectado bayas especiales, bayas que crecían solo en lo profundo del bosque y que tenían propiedades mágicas. Estas bayas, al ser masticadas, dejaban los dientes limpios y brillantes. El conejito quería compartir su secreto con la abuelita Juana, agradecido por haberlo salvado.
La abuelita Juana, conmovida por la generosidad del conejito, lo abrazó con cariño. Desde ese día, la abuelita Juana siguió cepillándose los dientes, pero ahora combinaba la ceniza con las bayas mágicas del conejito. Sus dientes brillaban aún más y su sonrisa era aún más radiante. Y es así como la abuelita Juana, con la ayuda de la naturaleza y la amistad de un conejito, cuidó de sus dientes y mantuvo su secreto brillante. Y así es como Juanita cuidó de sus dientes.
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