Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozLucía apretaba su lonchera de ositos con fuerza. Hoy era su primer día en el Colegio Arcoíris, y un nudo gigante le revoloteaba en el estómago. Todo era nuevo: los pasillos largos y llenos de carteles coloridos, las caras desconocidas de los niños, y el olor a plastilina fresca que flotaba en el aire. Había tenido que mudarse de ciudad y dejar atrás su antigua escuela, sus amigos y su árbol favorito en el parque.
Al entrar a su clase, la Sra. Margarita, con su sonrisa cálida y su chaleco lleno de flores bordadas, la recibió con un abrazo. “¡Bienvenida, Lucía! Estamos muy contentos de tenerte aquí.” Lucía intentó sonreír, pero el nudo en su estómago seguía apretando. Se sentó en el único pupitre vacío, al lado de un niño con un corte de pelo gracioso y unas gafas enormes. Él le sonrió tímidamente.
Durante la clase de matemáticas, Lucía se esforzó por prestar atención, pero su mente vagaba. Pensaba en su antigua escuela, en sus amigos, y en lo mucho que los extrañaba. De repente, escuchó un susurro que venía de atrás.
“¿Escuchaste? Dicen que Lucía…dicen que es una extraterrestre,” dijo una niña con dos coletas altas.
“¡¿Una extraterrestre?! ¡No te creo!” respondió otra.
“Sí, sí. Dicen que se tuvo que ir de su otra escuela porque… ¡se transformó en una ardilla en medio de la clase de historia!”
Lucía sintió que sus mejillas se ponían rojas. ¡Eso era ridículo! Ella no era una extraterrestre ni se había transformado en una ardilla. Pero, ¿cómo iba a convencerlos de lo contrario?
El rumor se extendió como la pólvora. Durante el recreo, los niños la miraban con curiosidad y desconfianza. Algunos se reían a sus espaldas, otros la señalaban. Lucía se sintió más sola que nunca. Se sentó debajo de un gran árbol de mango, con las rodillas pegadas al pecho, intentando ignorar las miradas.
De repente, sintió que alguien se sentaba a su lado. Era el niño de las gafas grandes.
“Hola,” dijo él. “Me llamo Tomás. ¿Estás bien?”
Lucía negó con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas. “Todos piensan que soy una extraterrestre,” susurró.
Tomás se encogió de hombros. “¿Y eso qué importa? A mí me gustan los extraterrestres. Siempre he querido conocer uno.”
Lucía lo miró sorprendida. “¿En serio?”
Tomás asintió. “Claro. Son diferentes, especiales. Y además, ¿qué tan aburrido sería el mundo si todos fuéramos iguales?”
Lucía sonrió tímidamente. “Supongo que tienes razón.”
Tomás sacó de su bolsillo una canica brillante. “Mira, tengo una canica que encontré en el parque. Dicen que es de otro planeta. ¿Quieres verla?”
Lucía se olvidó por un momento del rumor y se concentró en la canica. Era preciosa, con remolinos de colores que parecían galaxias en miniatura. Empezó a hablar con Tomás sobre sus libros favoritos, sobre los animales que le gustaban, y sobre lo mucho que le gustaba dibujar. Se dio cuenta de que Tomás era un niño muy interesante y divertido.
Al día siguiente, Lucía decidió enfrentar el rumor. Durante la clase de arte, cuando todos estaban pintando, se puso de pie y dijo: “Escuchen todos. No soy una extraterrestre. Soy solo Lucía, y me gusta dibujar ositos y comer helado de fresa.”
Algunos niños se rieron, pero otros la miraron con curiosidad. Tomás se acercó a ella y le dio una sonrisa de apoyo.
“Además,” continuó Lucía, “si pudiera transformarme en algo, no sería en una ardilla. ¡Sería en un dragón que escupe fuego!”
Esta vez, todos se rieron. Incluso los niños que habían estado propagando el rumor. Poco a poco, el hielo se rompió. Los niños empezaron a hacerle preguntas a Lucía, a conocerla de verdad. Se dieron cuenta de que era una niña normal, como ellos, solo que un poco más tímida y con una historia diferente.
Con el tiempo, el rumor se desvaneció. Lucía hizo nuevos amigos, se unió al club de arte y empezó a sentirse como en casa en el Colegio Arcoíris. Aprendió que no importa lo que digan los demás, lo importante es ser uno mismo. Y también aprendió que a veces, los amigos más inesperados pueden aparecer cuando menos te lo esperas, incluso si uno de ellos colecciona canicas espaciales. Y aunque nunca se transformó en un dragón, Lucía sí descubrió el poder de su propia voz y el brillo especial que la hacía única.
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