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Gratis · elegí una vozDesde hace un tiempo, cada mañana, veía a una chica parada en la orilla del mar. Siempre estaba allí, inmóvil, como una estatua olvidada entre las olas y la bruma. El viento marino jugaba con su largo cabello, tan claro que casi parecía fundirse con la niebla. Cada vez que el viento soplaba, mechones pálidos danzaban en el aire como hilos desprendidos enredándose entre corrientes invisibles. Su postura era tensa, casi antinatural, como si todo su cuerpo estuviera anclado al suelo por un peso que no podía verse, incapaz de avanzar o retroceder. Su vestido blanco era delgado, casi translúcido bajo la luz gris del cielo. El viento lo agitaba en oleadas suaves y erráticas. A veces, cuando las ráfagas eran más violentas, el vestido se enroscaba alrededor de sus piernas delgadas, como si intentara retenerla, aferrarse a ella antes de que el viento pudiera llevársela.
No sabía quién era, ni por qué siempre estaba allí, sola frente al mar. Algo dentro de mí se tensaba cada vez que el autobús pasaba por esa carretera donde permanecía la chica, la observaba desde la ventana empañada del autobús. Cada vez que la veía, un escalofrío me recorría, no era miedo exactamente… era más bien una presión en el pecho que me carcomía por dentro. Mis ojos la encontraban sin que yo ordenara, era instintivo e inevitable. Como si algo me atara a esa figura, tirando suavemente de mí.
Apenas crucé el umbral del colegio, un peso cayó sobre mis hombros y cada paso me costaba más que el anterior. El murmullo indiferente de los estudiantes, el eco de pasos acelerado... todo sonaba muy lejano y apagado. No había comenzado siquiera el acto de formación y ya sentía que no me quedaban fuerzas para soportar el día. El aula olía a tizas viejas y hojas húmedas. Las explicaciones del profesor llegaban a mis oídos como un eco lejano imposible de atrapar. Mis ojos vagaban por las palabras que llenaban el pizarrón, pero no podía sostenerlas en mi mente. Sin pensarlo, mis manos buscaban refugio en el cuaderno abierto sobre el pupitre, como era habitual. Dejando fluir mi mente, empecé a dibujar líneas torpes que se enroscaban, rostros sin forma, olas... siempre olas. En el margen de mis hojas siempre solía aparecer la figura de aquella chica, quien no salía de mi mente.
Un día, la curiosidad pudo más que yo. Decidí bajarme del autobús una parada antes de la mía. El corazón me latía con fuerza mientras caminaba hacia la playa. La arena estaba fría y húmeda bajo mis pies descalzos. La chica seguía allí, en el mismo lugar, con la misma expresión distante. Me acerqué lentamente, sintiendo un nudo en la garganta.
"Hola," dije en voz baja. Ella no se movió. "Me llamo Leo. Te veo aquí todos los días."
La chica permaneció inmóvil. Pensé que tal vez no me había oído. Me acerqué un poco más y repetí: "Hola. ¿Estás bien?"
Finalmente, ella giró la cabeza muy lentamente. Sus ojos eran del color del mar en un día de tormenta, grises y profundos. Una tristeza inmensa parecía inundarlos. Habló con una voz tan suave que casi no pude oírla.
"Estoy esperando," dijo.
"¿Esperando a quién?" pregunté.
"A mi hermano. Él era pescador. Un día, salió a navegar y nunca regresó."
Comprendí entonces la tristeza en sus ojos, el peso que la anclaba a la orilla. Ella esperaba, con la esperanza de que el mar le devolviera a su hermano.
"¿Cuánto tiempo llevas esperando?" pregunté.
"No lo sé. El tiempo ya no importa."
Me senté a su lado en la arena. El silencio nos envolvió, roto solo por el sonido de las olas. No sabía qué decir. ¿Cómo consolar a alguien que había perdido a un ser querido en el mar?
De repente, vi algo que flotaba en el agua. Era una pequeña barca de madera, casi deshecha por el tiempo. La barca se acercaba a la orilla, impulsada por las olas. La tomé y se la mostré a la chica.
"Mira," dije. "Una barca. Tal vez tu hermano la envió para ti."
Ella tomó la barca en sus manos y la miró fijamente. Una lágrima rodó por su mejilla. Lentamente, una sonrisa tímida apareció en sus labios.
"Gracias," dijo.
Desde ese día, ya no vi la misma tristeza en sus ojos. Seguía esperando, pero ahora tenía una pequeña barca para recordarle a su hermano. Y yo, ya no sentía esa presión en el pecho. Había descubierto su secreto y, de alguna manera, eso me había liberado. A veces, después de la escuela, me unía a ella en la orilla. Juntos, observábamos el mar, esperando, recordando, y compartiendo el silencio que nos unía. Y aunque el dolor de la pérdida nunca desapareciera por completo, sabíamos que no estábamos solos. El mar, con su inmensidad y su misterio, nos había unido en un lazo de esperanza y amistad.
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