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Gratis · elegí una vozHabía una vez un joven llamado John que estudiaba en una gran escuela. Era un lugar lleno de salones enormes, patios extensos y muchos, muchos estudiantes. John era un chico inteligente, pero a veces se sentía un poco perdido en medio de tanta gente y tantas clases.
Un día, mientras caminaba por uno de los largos pasillos de la escuela, John vio a un señor que limpiaba. El señor llevaba un uniforme azul un poco desgastado y empujaba un carrito lleno de escobas, trapos y productos de limpieza. Lo que más llamó la atención de John no era su trabajo, sino su sonrisa. El señor siempre estaba feliz, tarareando una melodía alegre mientras barría y fregaba.
John comenzó a notar al señor todos los días. Siempre estaba allí, temprano en la mañana y tarde en la tarde, asegurándose de que la escuela estuviera limpia y ordenada. Y siempre, siempre, con una sonrisa en el rostro.
Con el tiempo, John se dio cuenta de que el señor era muy pobre. Su abrigo era viejo y raído, y una vez, al pasar por la parte trasera de la escuela, John lo vio durmiendo sobre un cartón en el suelo. A pesar de su pobreza, el señor nunca perdía su alegría. Seguía sonriendo, saludando a los estudiantes y ofreciendo una palabra amable a todos los que se cruzaban en su camino.
Intrigado y conmovido, John decidió hablar con él. Un día, después de clases, se acercó al señor que estaba barriendo cerca de la entrada principal.
—Hola, señor —dijo John tímidamente.
El señor levantó la vista y le regaló una sonrisa radiante.—¡Hola, jovencito! ¿En qué puedo ayudarte?
John respiró hondo y preguntó:—¿Cómo puedes ser tan feliz si tienes tan poquito?
El señor dejó de barrer y miró a John con ojos sabios y brillantes. Su sonrisa se hizo aún más grande.—Ah, jovencito, esa es una buena pregunta. La felicidad no está en tener mucho, sino en apreciar lo que tienes.
Se inclinó un poco y continuó:—Doy gracias a Dios por darme vida, un corazón para amar y fuerzas para ayudar a otros. Tengo un techo sobre mi cabeza, aunque sea un pequeño rincón. Tengo comida en mi plato, aunque sea sencilla. Y tengo la oportunidad de hacer el bien, de hacer sonreír a la gente. ¿Qué más puedo pedir?
John se quedó sin palabras. Nunca había escuchado una respuesta así. Siempre había pensado que la felicidad dependía de tener cosas materiales, de ser popular, de sacar buenas notas. Pero el señor, que no tenía casi nada, parecía ser la persona más feliz que había conocido.
John pensó mucho en esas palabras durante los días siguientes. La imagen del señor, durmiendo sobre un cartón pero con una sonrisa en el rostro, lo perseguía. Se dio cuenta de que el verdadero gozo no está en tener muchas cosas, sino en tener un corazón lleno de amor y gratitud.
Con el tiempo, John cambió su vida. Empezó a ser más agradecido por lo que tenía, por su familia, sus amigos, su salud. Dejó de quejarse por las pequeñas cosas y comenzó a enfocarse en lo positivo.
Pero lo más importante es que John empezó a ayudar a los demás. Se ofreció como voluntario en un comedor social, donó ropa y juguetes a los niños necesitados, y siempre estaba dispuesto a escuchar a aquellos que se sentían solos o tristes. Compartió todo lo que tenía, no solo cosas materiales, sino también su tiempo, su energía y su amor.
Descubrió que ayudar a los demás le daba una alegría mucho mayor que cualquier cosa que pudiera comprar con dinero. Ver la sonrisa en el rostro de alguien a quien había ayudado era la mejor recompensa que podía recibir.
Un día, John regresó a la escuela y buscó al señor que limpiaba los pasillos. Lo encontró barriendo cerca de la biblioteca.
—Señor Ricardo —dijo John, usando el nombre que había averiguado.—Quería agradecerle.
El señor Ricardo sonrió.—¿Agradecerme? ¿Por qué?
—Por enseñarme el secreto de la felicidad —respondió John.—Aprendí que el verdadero gozo está en amar, servir y dar gracias.
El señor Ricardo le dio una palmada en el hombro.—Me alegro mucho, jovencito. Sigue así y serás muy feliz.
Desde ese día, John y el señor Ricardo se convirtieron en grandes amigos. John aprendió mucho del señor Ricardo, y el señor Ricardo se sintió orgulloso de ver cómo John se había convertido en una persona generosa y compasiva.
Y así, John descubrió el verdadero gozo: amar, servir y dar gracias. Un gozo que no dependía de tener mucho, sino de tener un corazón grande y una sonrisa sincera, como la de Don Ricardo, el humilde señor que limpiaba los pasillos de su escuela.
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