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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un bosque lleno de árboles altos y arroyos cristalinos, un niño llamado Mateo. Mateo no era un niño cualquiera; podía hablar con los animales. Conejos, ardillas, incluso el viejo búho sabio, todos compartían sus secretos con él. Un día, mientras jugaba cerca del arroyo, escuchó un llanto suave y lastimero. Siguió el sonido hasta llegar a una pequeña cueva, donde encontró… ¡un dragón!
Pero este no era un dragón temible como los de los cuentos. Era pequeño, del tamaño de un perro grande, con escamas de color verde esmeralda y ojos grandes y tristes. Se acurrucaba en un rincón, temblando. Mateo, sin dudarlo, se acercó al dragón.
"¿Qué te pasa?", preguntó Mateo, con su voz suave y tranquilizadora.
El dragón levantó la vista, sorprendido. Nunca antes había visto a un humano que no saliera corriendo de miedo. "Me he perdido", sollozó el dragón. "Estaba explorando el bosque y me alejé demasiado de mi hogar. Ahora no sé cómo volver".
Mateo sintió pena por el pequeño dragón. "No te preocupes", dijo. "Te ayudaré a volver a casa. Me llamo Mateo, ¿y tú?".
"Me llamo Chispa", respondió el dragón, secándose las lágrimas con una de sus pequeñas garras.
Así comenzó la aventura de Mateo y Chispa. Mateo reunió a sus amigos del bosque: a la liebre saltarina, al ardilla listilla y al búho sabio. La liebre conocía todos los senderos del bosque, la ardilla recordaba la ubicación de cada árbol gigante y el búho, desde lo alto, podía ver el paisaje a kilómetros de distancia.
"Chispa dice que su hogar está cerca de una cascada que brilla a la luz de la luna", explicó Mateo a sus amigos.
El búho sabio alzó sus grandes ojos. "¡Ah! Conozco esa cascada. Está al otro lado de la Colina del Viento. Es un camino largo y peligroso, pero juntos podemos lograrlo".
Emprendieron el viaje al amanecer. La liebre iba delante, marcando el camino con saltos rápidos. La ardilla recolectaba nueces y bayas para que comieran durante el camino. Mateo caminaba junto a Chispa, animándolo y contándole historias divertidas. El búho volaba sobre ellos, vigilando cualquier peligro.
El camino a la Colina del Viento fue difícil. Tuvieron que cruzar ríos caudalosos, escalar rocas resbaladizas y evitar las trampas de los astutos zorros. Pero la amistad y la determinación los mantuvieron unidos. Cada vez que Chispa se sentía desanimado, Mateo lo animaba con una palabra amable o un abrazo. La liebre lo hacía reír con sus chistes tontos y la ardilla le ofrecía una nuez para darle energía.
Finalmente, llegaron a la cima de la Colina del Viento. Desde allí, el búho señaló una cascada que brillaba a lo lejos, incluso a la luz del sol. "¡Esa es!", exclamó Chispa, con los ojos llenos de alegría. "¡Ese es mi hogar!"
Corrieron hacia la cascada, y cuando llegaron, vieron una cueva grande y acogedora. De la cueva salieron un dragón grande y fuerte y una dragona hermosa y elegante. Eran los padres de Chispa.
"¡Chispa!", gritaron los padres, abrazando a su hijo con fuerza. "¡Estábamos tan preocupados!"
Chispa les contó a sus padres sobre Mateo y sus amigos del bosque, y cómo lo habían ayudado a volver a casa. Los padres de Chispa estaban muy agradecidos.
"Mateo, eres un niño muy valiente y bondadoso", dijo el padre dragón. "Te recompensaremos por tu amabilidad".
El padre dragón le ofreció a Mateo una escama brillante de color oro. "Esta escama te protegerá del peligro y te traerá buena suerte", dijo.
La madre dragón le regaló una semilla mágica. "Esta semilla florecerá en un árbol que dará los frutos más deliciosos del mundo", dijo.
Pero el mejor regalo de todos fue la amistad de Chispa. Chispa prometió a Mateo que siempre serían amigos y que siempre lo visitaría en el bosque.
Mateo regresó al bosque con sus amigos, con la escama dorada en su bolsillo y la semilla mágica en su mano. Plantó la semilla cerca del arroyo, y al día siguiente, un árbol hermoso y lleno de flores había crecido. El árbol daba frutos dulces y jugosos, que Mateo compartía con todos los animales del bosque.
Y Chispa, el pequeño dragón perdido, nunca olvidó la amabilidad de Mateo y sus amigos. A menudo volaba al bosque para visitarlos, y juntos jugaban y exploraban el bosque, creando recuerdos felices que durarían para siempre. El bosque, antes solo hermoso, ahora era un bosque sonriente, gracias a la amistad entre un niño, los animales y un dragón feliz.
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