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Gratis · elegí una vozMarie era una niña hermosa, pero una sombra de tristeza siempre danzaba en sus ojos. Cuando cumplió ocho años, el mismo día de su cumpleaños, una terrible tormenta se llevó a sus padres. Desde entonces, la abuela Elena, una señora de cabello blanco como la nieve y manos suaves como la brisa, la cuidó con amor incondicional. Elena trabajó arduamente, llenando la pequeña casa con el aroma dulce del café de la cafetería donde trabajaba, hasta que Marie cumplió doce años.
Al crecer, Marie comenzó a ayudar a la abuela Elena en la cafetería. Allí, entre el tintineo de las tazas y el murmullo de las conversaciones, un chico llamó su atención. Se llamaba Dylan y llegaba cada mañana a la misma hora, pedía un croissant y un café con leche, y leía un libro con una sonrisa en los labios. Marie no se atrevía a hablarle, pero lo observaba. Sus ojos seguían cada uno de sus gestos, cada movimiento, cada sonrisa.
En secreto, Marie tenía un diario de tapas color manzana. En él, volcaba todos sus sentimientos, sus sueños, y sobre todo, sus observaciones sobre Dylan. Escribía sobre cómo se le arrugaba la nariz cuando reía, sobre el brillo en sus ojos cuando leía, sobre la forma en que mordisqueaba su croissant. Dylan, sin saberlo, era el protagonista de cada página.
Un día soleado, Marie decidió salir al parque del pueblo. Se sentó bajo un viejo árbol de manzanas, cuyas ramas ofrecían una sombra fresca y acogedora. Con su diario en las manos, se dejó llevar por la inspiración y escribió sobre Dylan, sobre su timidez y su anhelo de conocerlo. El tiempo pasó volando, y cuando se dio cuenta, el sol comenzaba a esconderse. Recogió sus cosas rápidamente y corrió a casa, olvidando sin darse cuenta su preciado diario bajo el árbol.
Al día siguiente, Dylan, como era su costumbre, fue al parque a leer. Bajo el árbol de manzanas, encontró un diario con una tapa colorida. La curiosidad lo invadió. Lo tomó entre sus manos, dudó por un momento, y finalmente, decidió abrirlo.
Al principio, pensó que era un simple cuaderno, pero al leer las primeras líneas, su corazón dio un vuelco. Era un diario, y no uno cualquiera. Estaba lleno de descripciones detalladas, de sentimientos profundos, de observaciones sobre… él. Dylan se ruborizó al leer cómo Marie describía su sonrisa, su forma de leer, incluso la forma en que se le caía un poco de azúcar glass del croissant.
Cuanto más leía, más se sorprendía. Nunca se había dado cuenta de que alguien lo observaba con tanta atención, con tanto cariño. Descubrió que Marie era la chica que trabajaba en la cafetería, la que siempre le sonreía tímidamente al servirle el café. Sintió una curiosidad creciente por ella, una necesidad de conocerla más allá de la simple interacción diaria.
Al día siguiente, Dylan fue a la cafetería con el diario en la mano. Marie estaba detrás del mostrador, con su habitual sonrisa tímida. Dylan respiró hondo y se acercó.
"Hola, Marie", dijo con una sonrisa nerviosa.
Marie se sobresaltó al escuchar su nombre. Sus mejillas se sonrojaron al instante.
"Hola, Dylan", respondió con un hilo de voz.
Dylan le extendió el diario. "Creo que esto es tuyo", dijo.
Marie abrió los ojos con sorpresa. Reconoció su diario al instante. Su corazón comenzó a latir con fuerza. Había sido descubierta.
"Yo… lo siento", balbuceó, sintiendo que las lágrimas amenazaban con brotar.
Dylan la interrumpió suavemente. "No tienes nada de qué disculparte, Marie. He leído tu diario", confesó.
El silencio se hizo denso entre ellos. Marie no sabía qué decir, qué hacer.
"Y… me ha gustado mucho", continuó Dylan, rompiendo el silencio. "Me ha gustado ver cómo me ves. Nunca nadie me había mirado así".
Marie levantó la mirada, sorprendida. Dylan le sonreía con sinceridad.
"Me gustaría conocerte mejor, Marie", dijo Dylan. "¿Te gustaría tomar un café conmigo… fuera de la cafetería?"
Una sonrisa tímida floreció en el rostro de Marie. "Sí, me gustaría", respondió.
Así comenzó una linda historia de amor. Una historia que nació de la observación, de la timidez, y del secreto de un diario color manzana. Dylan y Marie descubrieron que el amor, a veces, se encuentra donde menos lo esperas, escondido entre las páginas de un diario o bajo la sombra de un árbol de manzanas.
La abuela Elena, con sus ojos sabios, observaba la felicidad de Marie y Dylan. Sabía que el amor era la mejor medicina para las heridas del pasado, y que a veces, los secretos más dulces se revelan de la manera más inesperada. Y así, la cafetería se convirtió en el escenario de una historia de amor que endulzó la vida de todos los que la conocieron.
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