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Gratis · elegí una vozLas sombras de la noche me abrazaban. Eran suaves y frías, como una manta tejida con estrellas apagadas. Caminé por senderos que ya no recordaba haber visto antes. Árboles retorcidos se alzaban como gigantes dormidos, y la luna, escondida tras las nubes, apenas dejaba filtrar un hilo de plata. Me sentía extraño, como si me llamara desde lejos una voz. Era un susurro débil, persistente, que me guiaba a través del bosque oscuro.
Al llegar, un silbido suave como una flauta rompió el silencio grave. Era una melodía triste y hermosa, que hacía eco en mi pecho. Allí, al final del sendero, lo vi: un lago oscuro y misterioso, rodeado de juncos altos y temblorosos. Y en medio del lago, una figura etérea se elevaba sobre la superficie. La vi.
-Te estuve esperando -habló con voz que resonó en mi mente. No era un sonido, sino una sensación, como si las palabras nacieran directamente en mi cabeza.
-¿Tú eres...?
-Ella. La que duerme bajo el lago sin nombre. Soy el eco de tus sueños olvidados, la guardiana de las memorias perdidas.
-¿Qué soy sin sueños? -pregunté, sintiendo un vacío inmenso en mi interior.
Sentí un ramo marchito en mis manos. Las flores, una vez vibrantes, ahora estaban secas y quebradizas. Me atrapaba como si los pétalos pesaran todos los años allí. Las tomé con cuidado, notando que cada pétalo era una hoja de papel diminuta. Leí entre susurros: "No puedes quedarte. Aún no."
-¿Debo irme?
-Las sombras de tus facciones las necesito -respondió ella. -La oscuridad en tu corazón es un espejo de la mía. Necesito tu tristeza para mantenerme viva.
Sentí miedo, pero también una extraña compasión por esta criatura del lago. Su soledad era palpable, casi tangible.
-¿Por qué yo? -pregunté.
-Porque eres el único que ha olvidado cómo soñar. Y solo aquel que ha perdido sus sueños puede entender mi dolor.
Cerré los ojos, intentando recordar mis sueños. Pero solo encontraba un vacío negro, una nada absoluta. Sentí las lágrimas correr por mis mejillas.
-No recuerdo nada -dije con voz temblorosa.
-Entonces, debes irte -respondió ella. -Aún no es tu hora. Debes encontrar tus sueños perdidos. Debes recordar quién eres.
La figura del lago extendió una mano hacia mí. Sus dedos eran largos y pálidos, casi transparentes. Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo.
-Pero... ¿cómo puedo encontrarlos?
-Busca en los recuerdos de tu infancia. En las risas de tus amigos. En el amor de tu familia. Ahí encontrarás las semillas de tus sueños.
La luz del lago comenzó a desvanecerse. La figura se hizo más borrosa, hasta que desapareció por completo.
-¡Espera! -grité, pero ya era demasiado tarde. Estaba solo en la oscuridad, con el ramo marchito en mis manos.
Al día siguiente, por fin desperté. Fue como si nunca hubiera salido del pueblo. El sol brillaba con fuerza, y los pájaros cantaban alegremente. Todo parecía normal. No había rastro de ella ni del lago. Solo el ramo marchito sobre mi almohada.
Me levanté de la cama, sintiendo una extraña sensación de alivio y tristeza. El ramo seguía allí, con sus pétalos secos y quebradizos. Lo tomé con cuidado y lo observé detenidamente. En una de las hojas de papel diminutas, pude leer una palabra: "Recuerda".
Corrí con mi propia sombra que se alargaba en direcciones contrarias. El pueblo se extendía ante mí, lleno de vida y movimiento. Gente caminando, niños jugando, el sonido de las campanas de la iglesia. Todo era tan familiar y a la vez tan extraño.
Cuando llegué al mesón, el dueño seguía ahí en la misma posición, limpiando la barra con un trapo. Me miró con sorpresa.
-¡Hombre! ¿Salió a dar un paseo?
-Sí, y traje menos de lo que llevaba -respondí, sintiendo un nudo en la garganta.
-¿Qué dice? -preguntó el dueño, frunciendo el ceño.
-Nada, nada. Solo pensaba en voz alta.
El dueño sacudió la cabeza y volvió a su trabajo. Yo me senté en una mesa y pedí un café. Mientras lo bebía, observé a la gente a mi alrededor. Intentaba recordar algo, cualquier cosa, pero mi mente estaba en blanco.
Al día siguiente salí de ese pueblo. No volví a recordar lo que pasó ese día. No quise ni pude. Pero el ramo marchito siempre me acompañó, como un recordatorio constante de que mis sueños estaban en alguna parte, esperando ser encontrados.
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