Cuento corto para niños

El Secreto del Viento Llorón de Nariño

En las montañas de Nariño, se cuenta la historia de una Llorona diferente que atrae a los hombres con su llanto dulce. Una noche, Tomás es seducido por esta aparición, mientras que Evaristo escapa, dejando a Tomás a un destino terrible, convirtiendo la leyenda en una advertencia sobre los peligros de la noche y la mirada.

A partir de: Ese cuento me lo contó mi mamá, y a ella se lo habían contado cuando era niña, una noche en las montañas frías de Nariño. No sé si sea verdad, pero cada vez que el viento sopla fuerte entre los árboles y se escucha como si alguien llorara a lo lejos, siento que esa historia no murió del todo. Dicen que hace muchos años, en una vereda perdida entre neblinas y cafetales, los hombres solían bajar los fines de semana a las cantinas del pueblo. Tomaban aguardiente hasta tarde, y entre risas y canciones, se olvidaban del tiempo. Pero algunos nunca regresaban. Los encontraban días después, en los caminos, con los ojos abiertos y una expresión de terror tan fuerte que parecía que hubieran visto al mismo demonio. Mi mamá decía que era La Llorona, pero no la típica que lloraba por sus hijos. Esta era otra… una que se aparecía solo a los hombres borrachos, sobre todo a los que miraban a las mujeres con deseo y pecado en la mirada. Se decía que su llanto no era triste, sino dulce, como si invitara a seguirla. Una noche, dos hombres —Evaristo y Tomás— salieron de la cantina después de una fiesta patronal. Evaristo era un tipo tranquilo, callado, de esos que solo toman por acompañar. Pero Tomás… Tomás era distinto: siempre mirando a las mujeres con descaro, lanzando piropos, y riéndose de todo. Bajaban por el camino empedrado, con la luna apenas alumbrando entre la neblina. De repente, Tomás se detuvo. —¿La viste? —dijo con voz temblorosa. Evaristo lo miró confundido—. ¿A quién? No hay nadie, hombre. Pero Tomás insistía. Decía que una mujer hermosa los estaba mirando desde el borde del camino, vestida de blanco, con el cabello largo cubriéndole el rostro. Evaristo no veía nada. Solo escuchaba el viento y el crujir de las hojas. —Ya estás borracho, Tomás. Caminemos. Pero Tomás no se movía. Tenía los ojos clavados en algo invisible para los demás. Sonreía como hipnotizado. —Está llorando —susurró—. Pobrecita… dice que necesita ayuda. Evaristo sintió un escalofrío. —Tomás, no hay nadie. ¡Vámonos ya! Pero Tomás dio un paso adelante, luego otro. La neblina lo fue envolviendo hasta que Evaristo solo escuchó un grito agudo, largo, que hizo callar hasta a los grillos. Era un llanto que se convirtió en carcajada… una risa rota, llena de dolor. Evaristo corrió como pudo hasta el pueblo. Nadie le creyó del todo, decían que el susto y el trago le habían jugado una mala pasada. Pero al amanecer, lo encontraron a él, tirado cerca del río, temblando, con los labios morados y los ojos desorbitados. No hablaba, solo repetía: —“Se la llevó… se la llevó…” A Tomás lo hallaron tres días después, en un barranco de las montañas. Su cuerpo estaba seco, como si le hubieran chupado el alma, y su rostro… dicen que era lo más aterrador de todo. Tenía los ojos abiertos, mirando al cielo, la boca torcida en un grito eterno, y una expresión que no parecía de este mundo. Algunos aseguraron que, cuando lo bajaron, se escuchó un sollozo entre los árboles, un lamento suave, como si alguien todavía lo llamara. Mi mamá siempre terminaba el cuento igual, con la voz baja y los ojos serios: —“Por eso, mijo, cuando escuches a una mujer llorando en la noche, no te acerques. Porque si la ves y te gusta… ya estás perdido.” Y aunque yo no creo en fantasmas, cada vez que paso por los caminos oscuros de Nariño y el viento sopla entre la montaña, juro que se escucha ese llanto lejano… como si La Llorona siguiera buscando al próximo que se atreva a mirarla.

Empezar a leerPublicado el 14/04/2026

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Ese cuento me lo contó mi mamá, y a ella se lo habían contado cuando era niña, una noche en las montañas frías de Nariño. No sé si sea verdad, pero cada vez que el viento sopla fuerte entre los árboles y se escucha como si alguien llorara a lo lejos, siento que esa historia no murió del todo.

Dicen que hace muchos años, en una vereda perdida entre neblinas y cafetales, los hombres solían bajar los fines de semana a las cantinas del pueblo. Tomaban aguardiente hasta tarde, y entre risas y canciones, se olvidaban del tiempo. Pero algunos nunca regresaban. Los encontraban días después, en los caminos, con los ojos abiertos y una expresión de terror tan fuerte que parecía que hubieran visto al mismo demonio.

Mi mamá decía que era La Llorona, pero no la típica que lloraba por sus hijos. Esta era otra… una que se aparecía solo a los hombres borrachos, sobre todo a los que miraban a las mujeres con deseo y pecado en la mirada. Se decía que su llanto no era triste, sino dulce, como si invitara a seguirla.

Una noche, dos hombres —Evaristo y Tomás— salieron de la cantina después de una fiesta patronal. Evaristo era un tipo tranquilo, callado, de esos que solo toman por acompañar. Pero Tomás… Tomás era distinto: siempre mirando a las mujeres con descaro, lanzando piropos, y riéndose de todo. Bajaban por el camino empedrado, con la luna apenas alumbrando entre la neblina.

De repente, Tomás se detuvo.

—¿La viste? —dijo con voz temblorosa.

Evaristo lo miró confundido—. ¿A quién? No hay nadie, hombre.

Pero Tomás insistía. Decía que una mujer hermosa los estaba mirando desde el borde del camino, vestida de blanco, con el cabello largo cubriéndole el rostro.

Evaristo no veía nada. Solo escuchaba el viento y el crujir de las hojas.

—Ya estás borracho, Tomás. Caminemos.

Pero Tomás no se movía. Tenía los ojos clavados en algo invisible para los demás. Sonreía como hipnotizado.

—Está llorando —susurró—. Pobrecita… dice que necesita ayuda.

Evaristo sintió un escalofrío.

—Tomás, no hay nadie. ¡Vámonos ya!

Pero Tomás dio un paso adelante, luego otro. La neblina lo fue envolviendo hasta que Evaristo solo escuchó un grito agudo, largo, que hizo callar hasta a los grillos. Era un llanto que se convirtió en carcajada… una risa rota, llena de dolor.

Evaristo corrió como pudo hasta el pueblo. Nadie le creyó del todo, decían que el susto y el trago le habían jugado una mala pasada. Pero al amanecer, lo encontraron a él, tirado cerca del río, temblando, con los labios morados y los ojos desorbitados. No hablaba, solo repetía:

—“Se la llevó… se la llevó…”

A Tomás lo hallaron tres días después, en un barranco de las montañas. Su cuerpo estaba seco, como si le hubieran chupado el alma, y su rostro… dicen que era lo más aterrador de todo. Tenía los ojos abiertos, mirando al cielo, la boca torcida en un grito eterno, y una expresión que no parecía de este mundo. Algunos aseguraron que, cuando lo bajaron, se escuchó un sollozo entre los árboles, un lamento suave, como si alguien todavía lo llamara.

Mi mamá siempre terminaba el cuento igual, con la voz baja y los ojos serios:

—“Por eso, mijo, cuando escuches a una mujer llorando en la noche, no te acerques. Porque si la ves y te gusta… ya estás perdido.”

Y aunque yo no creo en fantasmas, cada vez que paso por los caminos oscuros de Nariño y el viento sopla entre la montaña, juro que se escucha ese llanto lejano… como si La Llorona siguiera buscando al próximo que se atreva a mirarla.

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Publicado el 14/04/2026

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