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Gratis · elegí una vozEn el tranquilo valle de Tulahuén, donde el sol besaba las vides y las cabras brincaban entre las rocas, se alzaba imponente el Cerro Tulahuén. Los abuelos contaban historias susurradas al viento sobre un castillo oculto en su cima, un castillo de hielo y cristal donde reinaban Eduardo, el Rey de las Nieves, y Matilde, la Reina de Hielo. Pero no eran reyes amables. Un dragón de escamas azuladas, llamado Ventisca, era su guardián y sembraba el terror en el pueblo.
Ventisca descendía del cerro con rugidos que hacían temblar las casas, robando ovejas y espantando a los niños. Los aldeanos vivían con miedo, evitando acercarse a las faldas del cerro. Un día, una niña llamada Sofía, con ojos tan brillantes como las estrellas y un corazón valiente como un león, decidió que ya era suficiente. No podía soportar ver a su abuela, que había perdido su oveja más querida, tan triste.
"¡Voy a hablar con el Rey Eduardo y la Reina Matilde!", anunció Sofía a sus amigos, Pedro y Lucía. Pedro, un chico delgado y ágil, era experto en trepar árboles. Lucía, con su cabello como el trigo dorado, conocía todos los secretos de las hierbas y las flores. Al principio, Pedro y Lucía intentaron disuadir a Sofía. "Es peligroso, Sofía. Ventisca es invencible", dijo Pedro. "Además, los Reyes de Hielo no escuchan a nadie", añadió Lucía. Pero la determinación en los ojos de Sofía era inquebrantable.
Así, al amanecer del día siguiente, los tres amigos comenzaron su ascenso al Cerro Tulahuén. El camino era empinado y lleno de rocas sueltas. A medida que subían, el aire se volvía más frío y el paisaje se cubría de escarcha. Pedro, con su agilidad, guiaba el camino. Lucía, con su conocimiento de las plantas, les indicaba cuáles eran seguras para pisar y cuáles debían evitar. Sofía, con su valentía, los animaba a seguir adelante.
Después de horas de caminata, llegaron a una zona cubierta de nieve. De repente, un muro de hielo brillante apareció ante ellos. Era la entrada al castillo. Con temor, Sofía tocó la superficie helada. Al instante, la puerta se abrió con un crujido. El castillo era aún más impresionante de lo que imaginaban. Pasillos de hielo se extendían en todas direcciones, iluminados por luces azuladas. En el centro, un gran salón de cristal brillaba con una luz gélida. Allí estaban sentados en tronos de hielo, el Rey Eduardo y la Reina Matilde. Parecían figuras talladas en el mismo hielo, frías e inexpresivas.
"¿Qué os trae hasta mi reino?", preguntó el Rey Eduardo con voz helada. Sofía dio un paso adelante. "Venimos a pedirles que detengan a Ventisca. Está aterrorizando a nuestro pueblo", dijo con voz firme, aunque un poco temblorosa. La Reina Matilde soltó una risita que sonó como el crujir del hielo. "Ventisca es nuestro protector. No permitiremos que nadie lo lastime", dijo con desdén.
De repente, un rugido ensordecedor sacudió el castillo. Ventisca apareció, echando humo por sus fosas nasales. Estaba listo para atacar. Pero Lucía, recordando una historia que le había contado su abuela, sacó un puñado de flores de lavanda que había recogido durante la subida. Las arrojó al aire. La lavanda, con su aroma dulce y relajante, era la única cosa que calmaba a Ventisca. El dragón, al oler la lavanda, se detuvo en seco. Sus ojos se suavizaron y un leve ronroneo salió de su garganta.
Sofía aprovechó el momento. Se acercó a Ventisca con cautela y le ofreció una manzana roja que había guardado en su bolsillo. El dragón, sorprendido, olfateó la manzana y luego la tomó con cuidado de la mano de Sofía. Mientras Ventisca comía la manzana, Sofía le habló con dulzura. Le contó sobre el pueblo de Tulahuén, sobre los niños que jugaban en la plaza y sobre las ovejas que pastaban en los campos. Le explicó que su rugido los asustaba y que sus visitas causaban mucho miedo.
El Rey Eduardo y la Reina Matilde observaban la escena con asombro. Nunca habían visto a Ventisca comportarse de esa manera. Sofía continuó hablando con Ventisca, hasta que el dragón, con la cabeza gacha, pareció comprender. Finalmente, Ventisca emitió un suave rugido, que esta vez no sonó amenazante, sino triste. El Rey Eduardo y la Reina Matilde se miraron entre sí. Por primera vez en mucho tiempo, sintieron algo diferente al frío.
El Rey Eduardo se levantó de su trono. "Hemos sido injustos", dijo con voz más suave. "Hemos estado tan preocupados por proteger nuestro reino que hemos olvidado el sufrimiento de los demás". La Reina Matilde asintió. "A partir de ahora, Ventisca no aterrorizará más a Tulahuén", prometió. "Y nosotros, como reyes, velaremos por la paz del valle".
Sofía, Pedro y Lucía regresaron a Tulahuén como héroes. Ventisca, ahora un dragón amigable, sobrevolaba el valle, protegiendo a los aldeanos. El Rey Eduardo y la Reina Matilde, con el tiempo, aprendieron a ser reyes justos y amables. Y el Cerro Tulahuén, con su castillo de hielo y cristal, se convirtió en un símbolo de esperanza y amistad para todo el valle.
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