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Gratis · elegí una vozEl sol brillaba con fuerza aquel día de verano. El aire olía a pino y a flores silvestres. Tres niños, Sofía, Mateo y Lucía, se adentraron en el Bosque Encantado, un lugar que todos en el pueblo conocían por sus leyendas de duendes juguetones y casitas escondidas entre los árboles. Sofía, la mayor, era valiente y curiosa; Mateo, el mediano, era observador y callado; y Lucía, la más pequeña, era imaginativa y siempre sonreía.
"¿Creéis que de verdad existen los duendes?" preguntó Lucía, mirando a su alrededor con ojos brillantes.
"Mi abuela dice que sí," respondió Sofía. "Dice que son pequeños y traviesos, y que cuidan del bosque."
Mateo, que iba recogiendo hojas y piedras, no dijo nada, pero asintió con la cabeza. Él creía en todo lo que el bosque le mostraba.
De repente, escucharon un susurro. Era un sonido suave, como el viento acariciando las hojas, pero más profundo, más mágico.
"¿Qué ha sido eso?" preguntó Lucía, agarrándose a la mano de Sofía.
"No lo sé," dijo Sofía, intentando disimular su propio asombro. "Vamos a ver."
Siguiendo el susurro, los niños llegaron a un claro del bosque. Allí, entre las raíces de un enorme roble, se escondía una pequeña casita. No era una casita normal; estaba hecha de ramas, hojas y flores, y brillaba con una luz tenue y dorada.
"¡Mirad!" exclamó Mateo, señalando la casita.
Se acercaron con cautela y llamaron a la puerta. Al principio, no hubo respuesta. Pero entonces, la puerta se abrió lentamente, revelando a un pequeño duende. Era viejo y arrugado, con una larga barba blanca y ojos que brillaban como esmeraldas.
"Bienvenidos," dijo el duende con una voz suave y rasposa. "Estaba esperando vuestra visita."
Los niños se quedaron boquiabiertos. No sabían qué decir.
"No tengáis miedo," continuó el duende. "Soy Elías, el guardián del Bosque Encantado. He estado observando vuestra bondad y vuestro amor por la naturaleza."
Elías les invitó a entrar en su casita. Por dentro, era aún más mágica que por fuera. Las paredes estaban cubiertas de flores secas y hierbas aromáticas. Había pequeñas mesas y sillas hechas de madera, y en el centro de la habitación ardía un fuego en una chimenea de piedra.
"¿Qué queréis saber?" preguntó Elías, sentándose en una de las sillas.
"¿Es verdad que cuidas del bosque?" preguntó Sofía.
"Sí," respondió Elías. "Esa es mi misión. Cuido de los árboles, de los animales y de las plantas. Me aseguro de que el bosque esté sano y feliz."
"¿Y cómo lo haces?" preguntó Mateo.
"Con magia," dijo Elías, sonriendo. "Pero también con la ayuda de los animales y las plantas. Todos trabajamos juntos para mantener el equilibrio del bosque."
Lucía, que había estado observando todo en silencio, se acercó a Elías y le preguntó: "¿Puedes enseñarnos a usar la magia?"
Elías sonrió aún más. "La magia está en todas partes," dijo. "Está en el sol, en el viento, en la lluvia. Está en el amor que sentimos por la naturaleza. Para usar la magia, solo tenéis que abrir vuestros corazones y escuchar al bosque."
Elías les contó historias del bosque, de animales sabios y plantas curativas. Les enseñó a reconocer las huellas de los animales, a identificar las diferentes especies de árboles y a escuchar el susurro del viento. Los niños escucharon con atención, maravillados por todo lo que aprendían.
El sol empezó a ponerse, tiñendo el cielo de colores anaranjados y rosados. Era hora de volver a casa.
"Gracias, Elías," dijo Sofía. "Hemos aprendido mucho hoy."
"Volved pronto," dijo Elías. "El bosque siempre estará aquí para vosotros."
Los niños se despidieron de Elías y salieron de la casita. Mientras caminaban de vuelta al pueblo, sintieron que algo había cambiado en ellos. Habían descubierto un secreto, un secreto que les uniría para siempre al Bosque Encantado.
Al llegar a casa, Lucía guardó una pequeña flor que Elías le había regalado. Mateo dibujó la casita del duende en su cuaderno. Y Sofía, miró al cielo, sintiendo la magia del bosque en su corazón. Sabían que volverían pronto, porque el Bosque Encantado les esperaba con los brazos abiertos. A partir de ese día, los niños visitaron a Elías con frecuencia, aprendiendo más sobre el bosque y la magia que lo habitaba. Se convirtieron en guardianes del bosque, protegiéndolo de aquellos que no lo respetaban. Y así, el Bosque Encantado siguió siendo un lugar mágico y especial, gracias a la amistad entre los duendes y los niños.
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