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Gratis · elegí una vozTomás era un niño muy curioso. Le encantaba explorar el jardín, observar a las hormigas trabajar y escuchar el canto de los pájaros. Pero un día, algo no estaba bien. Su oído le dolía mucho. ¡Muchísimo!
"¡Mamá, me duele la oreja!" gritó Tomás, con lágrimas en los ojos.
Su mamá, con su voz suave como la miel, lo abrazó. "Ay, mi amor. Vamos a ver qué pasa." Lo llevó al sillón y suavemente examinó su oreja. "Parece que tienes un pequeño dolor de oído, Tomás. No te preocupes, vamos a cuidarlo."
Primero, la mamá le puso una toalla tibia en la oreja. "Esto te ayudará a sentirte mejor," le dijo. Tomás cerró los ojos, sintiendo el calor reconfortante. Pero el dolor seguía ahí, como un pequeño duende travieso pinchándole el oído.
"¿Qué más podemos hacer?" preguntó Tomás, preocupado.
Su mamá sonrió. "Tengo una idea. Vamos a visitar al Doctor Elefante. Él sabe todos los secretos de los oídos."
Tomás nunca había visitado al Doctor Elefante, pero había oído hablar de él. Se decía que tenía una trompa mágica que podía curar cualquier dolor. ¡Qué emocionante!
Cuando llegaron a la consulta del Doctor Elefante, Tomás se sintió un poco nervioso. El Doctor Elefante era enorme, con orejas gigantescas y una trompa larga y arrugada.
"¡Hola, Tomás!" saludó el Doctor Elefante con una voz profunda pero amable. "Tu mamá me ha contado que tienes un dolor de oído. No te preocupes, vamos a echarle un vistazo."
El Doctor Elefante usó una luz especial para mirar dentro del oído de Tomás. "¡Ajá!" exclamó. "Veo un pequeño visitante que no debería estar ahí. Es un… ¡un microbio juguetón!"
Tomás se sorprendió. ¿Un microbio juguetón? ¿Dentro de su oreja?
"No te preocupes," dijo el Doctor Elefante. "Tengo una poción especial que lo espantará. Es un jarabe de risa. Hace que los microbios se rían tanto que se van corriendo."
El Doctor Elefante le dio a Tomás una cucharada de jarabe de risa. ¡Tenía sabor a fresa y a cosquillas! Tomás se rio a carcajadas.
"¡Ja, ja, ja!" reía Tomás. "¡Qué cosquillas!"
El Doctor Elefante sonrió. "Eso es bueno. La risa está espantando al microbio juguetón."
Después de unos minutos, Tomás se sintió mucho mejor. El dolor de oído había desaparecido. ¡El jarabe de risa había funcionado!
"¡Gracias, Doctor Elefante!" dijo Tomás. "¡Ya no me duele la oreja!"
El Doctor Elefante le guiñó un ojo. "De nada, Tomás. Recuerda, a veces los dolores son solo pequeños visitantes que necesitan un poco de risa para irse."
De camino a casa, Tomás le preguntó a su mamá: "¿De verdad había un microbio juguetón en mi oreja?"
Su mamá sonrió. "Bueno, el Doctor Elefante tiene una forma muy especial de explicar las cosas. Lo importante es que ahora te sientes mejor."
Esa noche, antes de dormir, Tomás pensó en el Doctor Elefante y en el microbio juguetón. Se dio cuenta de que incluso las cosas que dan miedo, como los dolores de oído, pueden tener una explicación divertida. Y recordó el consejo del Doctor Elefante: ¡un poco de risa siempre ayuda!
Al día siguiente, Tomás volvió al jardín. Escuchó el canto de los pájaros con atención, observó a las hormigas trabajar con curiosidad y… ¡no le dolía nada la oreja! Decidió que, a partir de ese día, siempre intentaría encontrar el lado divertido de las cosas, incluso cuando le doliera algo. Porque, después de todo, el secreto susurrado del oído de Tomás era que la risa es la mejor medicina. Y de vez en cuando, se tomaba una cucharada de jarabe de fresa (aunque no le doliera nada) solo para recordar la aventura en la consulta del Doctor Elefante. Porque nunca se sabe cuándo un microbio juguetón podría necesitar un buen susto de risa.
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