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Érase una vez, en una casita color pastel, vivía Don Despistado. Don Despistado era... bueno, digamos que no era el mejor en nada. Olvidaba las llaves, dejaba el grifo abierto, compraba zapatos del mismo pie, y siempre, siempre, siempre llegaba tarde. Era un mal padre, un mal ciudadano (siempre tiraba la basura fuera del cesto), un mal amigo (nunca recordaba los cumpleaños), un mal esposo (olvidaba los aniversarios), un mal consumidor (compraba comida que odiaba) y un mal trabajador (siempre se equivocaba en los informes).
Su hijo, Mateo, era todo lo contrario. Inteligente como un zorro, siempre sacaba dieces en la escuela y era el primero en ayudar a los demás. Intentaba recordarle a su padre las cosas importantes, pero Don Despistado siempre estaba en las nubes.
La esposa de Don Despistado, Elena, era una mujer dulce y trabajadora. Amaba a su esposo, aunque a veces se preguntaba si vivían en el mismo planeta. No se daba cuenta de la magnitud de los descuidos de Don Despistado; lo veía como algo gracioso, una peculiaridad encantadora.
Luego estaba Sofía, la hija mediana. ¡Oh, Sofía! Era la personificación de la travesura. Le encantaba esconder los calcetines de su padre, cambiar el azúcar por sal en el café de su madre y dibujar bigotes en las fotos familiares. Era un torbellino de energía y risa.
Y, por último, estaba Lili, la bebé. Lili era un misterio. Aunque ya tenía dos años, no decía ni una palabra. En realidad, Lili *podía* hablar. Observaba a su familia, escuchaba sus conversaciones (o la falta de ellas por parte de su padre), y pensaba: "¿Para qué hablar si nadie escucha?"
Un día, Don Despistado tenía que llevar a Lili al pediatra. Elena se lo recordó cinco veces. Mateo le escribió una nota gigante. Sofía le pegó un recordatorio con forma de elefante en la frente (con pegamento lavable, por supuesto). Pero, adivinen qué? Don Despistado se olvidó.
En lugar de ir al pediatra, Don Despistado fue al parque. Se sentó en un banco, sacó un libro de colorear (¡para él!), y se puso a pintar. Lili, sentada en su carrito, observaba a los niños jugar. Veía cómo se comunicaban, cómo compartían juguetes, cómo reían. Y sintió un poquito de envidia.
De repente, una pelota de fútbol salió volando y golpeó a Don Despistado en la cabeza, tirándolo al suelo. Don Despistado se levantó, aturdido, y empezó a regañar a los niños. "¡Tengan cuidado! ¡Casi me rompen la nariz!" Los niños, asustados, se alejaron corriendo.
Lili, viendo la escena, sintió una rabia inmensa. ¡Su papá siempre arruinaba todo! Siempre era torpe, desconsiderado y... ¡despistado! Y, por primera vez, sintió la necesidad imperiosa de decir algo. De verdad decir algo.
Respiró hondo, miró a su papá a los ojos, y con una voz clara y fuerte, dijo: "¡Papá, eres un tonto!"
Don Despistado se quedó boquiabierto. Elena, que había llegado al parque preocupada por el retraso, también se quedó sin palabras. Mateo y Sofía, que la acompañaban, se miraron asombrados.
Lili había hablado.
La noticia corrió como la pólvora. La familia entera estaba eufórica. Elena abrazó a Lili con lágrimas en los ojos. Mateo le dio un beso en la frente. Sofía le hizo cosquillas en los pies.
Don Despistado, sin embargo, seguía un poco aturdido. Pero, al ver la alegría en los ojos de su familia, sintió algo diferente. Algo que no había sentido antes. Una punzada de vergüenza, sí, pero también un deseo profundo de ser mejor. Tal vez, solo tal vez, el "¡Papá, eres un tonto!" de Lili había sido el empujón que necesitaba para empezar a cambiar.
Esa noche, Don Despistado lavó los platos (sin romper ninguno), leyó un cuento a Lili (sin dormirse), y le dio un abrazo a Elena (recordando que era el aniversario de su primer beso). No fue perfecto, claro que no. Pero fue un comienzo. Y Lili, con una sonrisa en la cara, supo que, aunque su papá fuera Don Despistado, tal vez, solo tal vez, las cosas estaban empezando a mejorar. El futuro era incierto, pero una cosa era segura: Lili ya no se quedaría callada.
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