Cuento corto para dormir

El Sueño de la Bicicleta y la Pistola de Juguete

Un hombre sueña con un viaje al médico, un paseo en bicicleta por una zona industrial y un encuentro aterrador con un ladrón. En el sueño, la valentía y la presencia de una niña, Vera, resultan ser la clave para superar el peligro.

A partir de: Era una mañana, aún de noche, íbamos al médico caminando, Ruben , Diana, franco , vera y yo, las calles parecían en Juárez (no logro disntinguir ) Luego cambia de escena: estamos estacionando el auto, yo el mío y ellos el de ellos, parece Tandil, o otra ciudad, entramos al médico, todo sale bien(no hay detalles en esa parte del sueño) Más tarde, siendo de día, voy en bicicleta con Veri, yo la llevaba en mi bici, las calles no eran en Juárez íbamos como por unas fábricas, en un momento quedamos como encerrados, xq estaban tranajando, una máquina a lo lejos, nos ostruia el paso, pero el hombre que estaba con la pala (pelo largo con Colita y barba, llevaba un overol azul )nos hace seña como que pasemos, y el conducto frena la máquina y nos dejan pasar, bajamos de la bici, pasamos x una reja y en eso el hombre nos saca charla y quedamos como encerrados el patio de una casa, y nos ponemos a charlar, el me pregunta de donde era, yo le dije de Juárez, el me dice de acá, aparece otro y dice “este finde habré Memo no?” Si Nosé le digo, quedo todo bien, (amistosos). “Chau chicos! Suerte” nos dicen! “Los que si me vas a tener que dar todo lo q tenes en tu billetera ” me apunta con la pistola en la panza, yo le dije que no tenía mucho, su cara de loco me decía : dale loco, me gritaba… quiero 150 mil me dice, y no tengo le dije, hasta q me abre la billetera (nunca dejo de apuntarme, ahora más de lejos) Y tenía 150, hasta q la billetera se cae se abre ,(vera parada cerca mío, espantada de todo lo q estaba viendo, pero nunca lloro, como si su energía supiera q eso iba a terminar bien) Cuando le doy la plata, hago una maniobra, forcejeo y le puedo sacar la pistola, caídos en el piso el queda abajo, le apunto en el pecho, dispare y: ch! Ch! Ch! No tenía balas, el hombre largo un llanto, lloro y se lamentaba de lo q había hecho, su compañero en frente nunca intervino, se fue asustado, y Vera parada al lado mio aterrorizada, pero sabiendo como terminaba, me despierto del sueño con el llanto del hombre, que nunca supo lo le que podía generar una una niña, que siempre fue testigo, y siempre pero siempre lo son!

Empezar a leer ↓Publicado el 14/04/2026

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Era una mañana oscura, aún de noche. Íbamos al médico caminando, Rubén, Diana, Franco, Vera y yo. Las calles parecían las de Juárez, aunque no podía distinguirlo bien. El aire era frío y nuestras respiraciones formaban pequeñas nubes blancas frente a nosotros. Recuerdo que Vera iba abrazada a mi brazo, con sus ojitos bien abiertos observando las luces de la ciudad.

De repente, ¡cambio de escena! Ahora estábamos estacionando el auto. Yo, el mío, y ellos, el de ellos. El lugar parecía Tandil, o quizás otra ciudad con sierras. Entramos al consultorio del médico, pero de esa parte del sueño no recuerdo mucho. Solo sé que todo salió bien, como si fuera un chequeo rutinario.

Más tarde, ya con el sol brillando en lo alto, iba en bicicleta con Veri. Yo la llevaba en el portaequipajes de mi bici, sujetándola fuerte para que no se cayera. Las calles no eran las de Juárez. Íbamos como por una zona llena de fábricas, con grandes chimeneas y camiones entrando y saliendo. El aire olía a metal y a humo.

En un momento, nos encontramos como encerrados. Estaban trabajando y una máquina enorme, como un monstruo de metal, nos obstruía el paso. Era una máquina amarilla y ruidosa que movía tierra de un lado a otro. Pero entonces, un hombre que estaba con una pala, un hombre con pelo largo recogido en una colita y una barba descuidada, vestido con un overol azul, nos hizo señas para que pasáramos. ¡Qué alivio! El conductor de la máquina gigante frenó y nos dejó pasar.

Bajamos de la bicicleta y pasamos por una reja oxidada. En ese momento, el hombre del overol nos sacó charla. No sé cómo, terminamos encerrados en el patio de una casa. Era un patio sencillo, con algunas plantas en macetas y una mesa de madera vieja. Empezamos a charlar amistosamente. El hombre me preguntó de dónde era. "De Juárez", le respondí. Él me dijo que era de "acá". Apareció otro hombre y dijo: "¿Este finde abre Memo, no?" "No sé", le contesté. Todo parecía estar bien, muy tranquilo.

"¡Chau, chicos! ¡Suerte!", nos dijo el hombre del overol. Estábamos a punto de despedirnos cuando, de repente, todo cambió.

"Lo que sí me vas a tener que dar todo lo que tenés en tu billetera", me dijo, apuntándome con una pistola en la panza. ¡Mi corazón empezó a latir rapidísimo! Le dije que no tenía mucho dinero. Su cara de loco me decía lo contrario. "¡Dale, loco!", me gritaba. "¡Quiero 150 mil!", me exigió. Le repetí que no tenía esa cantidad. Entonces, me abrió la billetera (nunca dejó de apuntarme, aunque ahora lo hacía desde más lejos).

¡Y allí estaban! 150 mil pesos. Justo la cantidad que me pedía. La billetera se me cayó al suelo y se abrió, esparciendo los billetes por el suelo. Vera estaba parada cerca de mí, espantada por todo lo que estaba viendo, pero extrañamente no lloraba. Era como si su energía supiera que todo iba a terminar bien.

Cuando le di la plata, hice una maniobra rápida. Forcejeé con él y logré sacarle la pistola. Caímos al piso y él quedó abajo. Le apunté al pecho. ¡Disparé! ¡Ch! ¡Ch! ¡Ch! ¡La pistola no tenía balas!

El hombre largó un llanto. Lloraba y se lamentaba de lo que había hecho. Su compañero, el que había preguntado por Memo, nunca intervino. Se fue corriendo, asustado. Vera, parada a mi lado, estaba aterrorizada, pero en el fondo sabía que todo terminaría bien.

Me desperté del sueño con el llanto del hombre resonando en mis oídos. Nunca supo el daño que podía causar una niña, que siempre fue testigo, ¡y siempre, pero siempre, lo son!

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Publicado el 14/04/2026

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