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Gratis · elegí una vozEra una mañana oscura, aún de noche. Íbamos al médico caminando, Rubén, Diana, Franco, Vera y yo. Las calles parecían las de Juárez, aunque no podía distinguirlo bien. El aire era frío y nuestras respiraciones formaban pequeñas nubes blancas frente a nosotros. Recuerdo que Vera iba abrazada a mi brazo, con sus ojitos bien abiertos observando las luces de la ciudad.
De repente, ¡cambio de escena! Ahora estábamos estacionando el auto. Yo, el mío, y ellos, el de ellos. El lugar parecía Tandil, o quizás otra ciudad con sierras. Entramos al consultorio del médico, pero de esa parte del sueño no recuerdo mucho. Solo sé que todo salió bien, como si fuera un chequeo rutinario.
Más tarde, ya con el sol brillando en lo alto, iba en bicicleta con Veri. Yo la llevaba en el portaequipajes de mi bici, sujetándola fuerte para que no se cayera. Las calles no eran las de Juárez. Íbamos como por una zona llena de fábricas, con grandes chimeneas y camiones entrando y saliendo. El aire olía a metal y a humo.
En un momento, nos encontramos como encerrados. Estaban trabajando y una máquina enorme, como un monstruo de metal, nos obstruía el paso. Era una máquina amarilla y ruidosa que movía tierra de un lado a otro. Pero entonces, un hombre que estaba con una pala, un hombre con pelo largo recogido en una colita y una barba descuidada, vestido con un overol azul, nos hizo señas para que pasáramos. ¡Qué alivio! El conductor de la máquina gigante frenó y nos dejó pasar.
Bajamos de la bicicleta y pasamos por una reja oxidada. En ese momento, el hombre del overol nos sacó charla. No sé cómo, terminamos encerrados en el patio de una casa. Era un patio sencillo, con algunas plantas en macetas y una mesa de madera vieja. Empezamos a charlar amistosamente. El hombre me preguntó de dónde era. "De Juárez", le respondí. Él me dijo que era de "acá". Apareció otro hombre y dijo: "¿Este finde abre Memo, no?" "No sé", le contesté. Todo parecía estar bien, muy tranquilo.
"¡Chau, chicos! ¡Suerte!", nos dijo el hombre del overol. Estábamos a punto de despedirnos cuando, de repente, todo cambió.
"Lo que sí me vas a tener que dar todo lo que tenés en tu billetera", me dijo, apuntándome con una pistola en la panza. ¡Mi corazón empezó a latir rapidísimo! Le dije que no tenía mucho dinero. Su cara de loco me decía lo contrario. "¡Dale, loco!", me gritaba. "¡Quiero 150 mil!", me exigió. Le repetí que no tenía esa cantidad. Entonces, me abrió la billetera (nunca dejó de apuntarme, aunque ahora lo hacía desde más lejos).
¡Y allí estaban! 150 mil pesos. Justo la cantidad que me pedía. La billetera se me cayó al suelo y se abrió, esparciendo los billetes por el suelo. Vera estaba parada cerca de mí, espantada por todo lo que estaba viendo, pero extrañamente no lloraba. Era como si su energía supiera que todo iba a terminar bien.
Cuando le di la plata, hice una maniobra rápida. Forcejeé con él y logré sacarle la pistola. Caímos al piso y él quedó abajo. Le apunté al pecho. ¡Disparé! ¡Ch! ¡Ch! ¡Ch! ¡La pistola no tenía balas!
El hombre largó un llanto. Lloraba y se lamentaba de lo que había hecho. Su compañero, el que había preguntado por Memo, nunca intervino. Se fue corriendo, asustado. Vera, parada a mi lado, estaba aterrorizada, pero en el fondo sabía que todo terminaría bien.
Me desperté del sueño con el llanto del hombre resonando en mis oídos. Nunca supo el daño que podía causar una niña, que siempre fue testigo, ¡y siempre, pero siempre, lo son!
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