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Gratis · elegí una vozHabía una vez un niño llamado Mateo. Mateo era un niño muy alegre, pero ese día, algo no andaba bien. Estaba en su habitación, con la mirada perdida y el corazón un poquito triste. Las nubes grises parecían haberse mudado a su interior. No quería jugar con sus juguetes, ni leer sus cuentos favoritos. Se sentía... deprimido.
"¡Uf!" suspiró Mateo, dejando caer sus hombros. "No tengo ganas de nada".
Después de pensarlo un poco, decidió que la mejor solución sería dormir una siesta. Se metió en la cama, abrazó a su osito de peluche, Tito, y cerró los ojos con fuerza. Esperaba que un poco de sueño ahuyentara la tristeza que lo invadía.
Y así fue. Pero no fue una siesta ordinaria.
Cuando Mateo se quedó dormido, sintió como si flotara suavemente. De repente, se encontró en un lugar completamente nuevo. Estaba en un bosque, pero no era un bosque cualquiera. Los árboles eran altos y delgados, con hojas de todos los colores imaginables: rojo brillante, amarillo dorado, azul zafiro e incluso rosa chicle. El aire olía a miel y a flores silvestres. Y lo más asombroso de todo era que los árboles susurraban.
"Bienvenido, Mateo," susurró un árbol con hojas doradas. "Hemos estado esperando por ti".
Mateo, un poco asustado pero también muy curioso, preguntó: "¿Quiénes son ustedes? ¿Y dónde estoy?".
"Somos los Guardianes del Bosque Susurrante", respondió otro árbol, esta vez con hojas azules. "Y este es un lugar que solo se revela a aquellos que necesitan un poco de magia".
Un pequeño duende, con un gorro puntiagudo y una sonrisa traviesa, saltó desde la rama de un árbol. "¡Y yo soy Pip! Soy el guía de Mateo en esta aventura", exclamó Pip, dando una voltereta en el aire.
"¿Aventura?" preguntó Mateo, con los ojos brillando un poco. La tristeza empezaba a desvanecerse.
"¡Por supuesto!" dijo Pip. "El Bosque Susurrante está lleno de maravillas y desafíos. Pero primero, necesitamos encontrar la Flor de la Alegría. Dicen que tiene el poder de curar cualquier tristeza".
Mateo asintió con entusiasmo. La idea de encontrar algo que pudiera borrar la tristeza le pareció maravillosa. Juntos, Mateo y Pip se adentraron en el bosque.
El camino no fue fácil. Tuvieron que cruzar un río de chocolate (¡que Mateo no pudo resistirse a probar!), sortear un laberinto de setas gigantes y resolver un acertijo planteado por una ardilla muy sabia. En cada obstáculo, Mateo aprendía algo nuevo sobre sí mismo. Descubrió que era valiente, ingenioso y que tenía un gran corazón.
En un momento dado, se encontraron con un troll gruñón que guardaba un puente. El troll exigió un pago para dejarlos pasar. Pip intentó convencerlo, pero el troll no cedía.
Mateo pensó rápido. Recordó que había guardado un poco de chocolate del río. Se lo ofreció al troll.
Los ojos del troll se iluminaron. "¡Chocolate!" exclamó. "Hace siglos que no pruebo algo tan delicioso".
El troll, con la boca llena de chocolate, los dejó pasar sin dudarlo.
Finalmente, después de muchas aventuras, llegaron a un claro en el centro del bosque. Allí, en medio de un círculo de luz, florecía la Flor de la Alegría. Era una flor de pétalos brillantes y un aroma embriagador.
Pip le indicó a Mateo que la tomara. Mateo, con cuidado, cortó la flor y la sostuvo en sus manos. Una cálida luz lo envolvió, llenándolo de una sensación de paz y felicidad.
"Ahora," dijo Pip, "cierra los ojos y piensa en algo que te haga feliz".
Mateo cerró los ojos y pensó en su familia, en sus amigos, en sus juguetes favoritos y en todas las cosas buenas de su vida. Cuando abrió los ojos, la flor brillaba aún más.
De repente, el bosque empezó a desvanecerse. Mateo sintió que volvía a flotar. Se despertó en su cama, con Tito abrazado a él. La Flor de la Alegría había desaparecido, pero la sensación de felicidad permanecía.
Mateo se levantó de la cama, sintiéndose renovado. La tristeza se había ido. Sabía que el Bosque Susurrante había sido un sueño, pero también sabía que la magia que había encontrado allí era real. La alegría estaba dentro de él, esperando ser despertada.
Desde ese día, Mateo nunca olvidó su aventura en el Bosque Susurrante. Y cada vez que se sentía un poco triste, cerraba los ojos y recordaba los susurros de los árboles, la sonrisa de Pip y la luz de la Flor de la Alegría. Y así, encontraba la felicidad dentro de sí mismo, listo para enfrentar cualquier cosa con una sonrisa en el rostro.
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